Furious

Hay series que empiezan con un crimen y nos preguntan quién fue. Furious tiene la inteligencia de resolver ese problema bastante rápido. Sabemos quién mata. La vemos matar. Y, peor todavía para nuestra tranquilidad moral, a medida que avanzan los capítulos empezamos a entender por qué.


8 Butacas



Es una de las mejores series del mainstream.

Arranca en un presente inevitablemente posterior a Jeffrey Epstein, al #MeToo y a la comprobación de que alrededor de ciertos monstruos casi nunca hay solamente víctimas y victimarios: hay secretarios, abogados, policías, amigos, empresarios, funcionarios y gente muy respetable que decidió mirar hacia otro lado.

Alice Black, interpretada por Emmy Rossum, es una exdetective de la policía de Nueva York que terminó trabajando para el FBI después de denunciar a su propia pareja, también policía, por violencia doméstica. Del otro lado está Catherine, Lola Petticrew, una joven que seduce hombres ricos y poderosos para después asesinarlos.

La policía busca una asesina serial.

Nosotros sabemos bastante pronto que la definición resulta insuficiente.

Porque Catherine no elige a sus víctimas al azar. Hay un hilo que une a esos hombres y conduce hacia un mundo de abuso sexual, tráfico de menores, dinero y protección. Y en el centro de ese universo aparece un multimillonario llamado Jay Easton.

Pero Furious es bastante más interesante cuando se aleja del paralelismo con Epstein y deja de ser una serie sobre un caso para convertirse en una serie sobre las consecuencias.

Porque acá hay dos mujeres recorriendo caminos aparentemente opuestos, una persigue a la asesina y la otra asesina.

Una todavía cree —o necesita creer— en las instituciones, la otra dejó de creer hace mucho tiempo.

Y las dos están rotas.

Ese espejo entre Alice y Catherine es lo mejor de la serie. Meriwether consigue algo bastante difícil: que nuestra relación con la asesina vaya cambiando sin convertirla en heroína. Furious no nos pide que aprobemos lo que hace Catherine. Hace algo bastante más perturbador: consigue que comprendamos cómo llegó hasta ahí.

Lola Petticrew, a quien vimos magnífica en Say Nothing, construye una Catherine extrañísima: puede parecer una criatura frágil, casi perdida, y segundos después producir verdadero miedo. Hay algo infantil que todavía sobrevive dentro de ella y eso vuelve mucho más inquietante la violencia.

Pero la serie pertenece sobre todo a Emmy Rossum.

La Fiona Gallagher de Shameless está extraordinaria. Su Alice Black vive permanentemente al borde del estallido. Es agresiva, incómoda, sexualmente autodestructiva, por momentos insoportable. Rossum no intenta hacerla simpática y ésa es probablemente su mejor decisión. Hay dolor debajo de esa furia, pero nunca nos lo entrega prolijamente envuelto para que podamos compadecernos de ella. Es posiblemente uno de los mejores trabajos de su carrera.

Y alrededor de las dos protagonistas hay un reparto excelente.

Quincy Tyler Bernstine está formidable como Nora Washington, una agente del FBI especializada en delitos sexuales que ha visto demasiado como para conservar intacta cualquier ilusión sobre el género humano. Scoot McNairy aporta humanidad y cansancio como Danny Kelly. Hope Davis vuelve a demostrar que pocas actrices pueden construir tanta frialdad simplemente entrando en una habitación. Y Steve Way aporta algo que parecía imposible dentro de semejante historia: humor y ternura sin banalizarla.

Hay momentos en los que la serie subraya demasiado aquello que ya habíamos entendido. Algunas coincidencias argumentales requieren cierta generosidad del espectador y, hacia el final, la necesidad de cerrar determinadas piezas del rompecabezas se nota un poco más de la cuenta. También juega peligrosamente con algo muy difícil: transformar la venganza en una fantasía reparadora.

Pero incluso cuando se equivoca, Furious se equivoca intentando decir algo.

La pregunta que flota todo el tiempo es:

¿qué hacemos cuando la Justicia conoce a los culpables y aun así no hace nada?

Ahí aparece la zona gris.

El Estado tiene leyes.

Los poderosos tienen abogados.

Y las víctimas tienen memoria.

A veces también tienen furia.

Furious es oscura, incómoda, por momentos brutal y sorprendentemente divertida. Un policial que empieza persiguiendo a una asesina y termina investigando algo bastante más difícil de capturar:

la impunidad.


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