La odisea
Yo recuerdo en mi infancia ver Sábados de Superacción esas películas monumentales, con elencos extraordinarios que podían mezclar a Burt Lancaster con Robert Mitchum y Spencer Tracy y musica inolvidable. Esta Odisea de Christopher Nolan es eso. Una película clásica desde su nacimiento y monumental en todo el sentido de la palabra.
9 Butacas
Esta es una historia que siempre estuvo ahí, se filmo tantas veces, nos precede.
Homero (si es que existió, Borges lo duda) contó hace casi tres mil años la historia de un hombre que vuelve de una guerra y descubre que regresar a casa puede ser bastante más difícil que conquistar una ciudad. Desde entonces cambiaron los imperios, las religiones, las fronteras y hasta la manera de contar historias. Pero seguimos intentando volver.
Christopher Nolan entendió eso. Conocemos partes de este poema colosal y eterno por tradición oral, por historias, por dichos populares (un presente griego, el caballo de Troya, los cantos de sirena, el cíclope)
Su Odisea es, naturalmente, una película gigantesca (y quizá sea de los pocos directores de la actualidad que puede hacer semejante proeza). Hay mares embravecidos, ejércitos, monstruos, dioses, barcos y paisajes que parecen construidos expresamente para recordarnos que todavía existe algo llamado pantalla grande. Nolan filma en IMAX como David Lean filmaba el desierto: no como decorado sino como parte del relato. El mar no rodea a Ulises. Lo amenaza.
Pero detrás de semejante despliegue hay una película bastante más sencilla, sobre un hombre que quiere volver a su casa.
Después de la Guerra de Troya, Odiseo —el Ulises de nuestra tradición latina— emprende el regreso a Ítaca. Lo que deberían ser semanas se convierte en años. En el camino aparecerán cíclopes, sirenas, dioses vengativos, brujas y mujeres fascinantes, compañeros que mueren y tentaciones suficientes como para que cualquier hombre razonable olvidara dónde había dejado las llaves de casa, entre tantas los famosos cantos de sirena.
Matt Damon compone un Odiseo menos heroico de lo que uno podría esperar. Y allí aparece una de las mejores decisiones de Nolan. Este no es Aquiles. Su principal arma no es la fuerza sino la inteligencia. Odiseo sobrevive porque piensa, engaña, negocia, espera y, cuando hace falta, también mata.
Pero sobre todo sobrevive porque tiene un lugar al cual regresar.
Damon carga al personaje con cansancio. Hay algo en su rostro que permite entender que Troya terminó pero la guerra continúa dentro de quienes regresaron de ella. Nolan encuentra allí una lectura contemporánea del poema: La Odisea también puede ser la historia del veterano que vuelve después de haber visto demasiado y ya no sabe exactamente quién era antes de partir.
Penélope es la otra mitad de ese regreso. Anne Hathaway evita convertirla simplemente en “la mujer que teje, desteje y espera”. Su espera es una forma de resistencia. Mientras Odiseo pelea contra monstruos, ella pelea contra el tiempo. Y acaso Homero ya sabía algo que Hollywood tardó siglos en comprender: quedarse también puede ser una aventura.
Tom Holland (lo vemos como el Hombre arana, pero hay un esfuerzo en no serlo) como Telémaco completa ese triángulo familiar. El hijo busca al padre mientras intenta convertirse en hombre sin haber tenido al padre cerca. De pronto aquella epopeya poblada de dioses empieza a parecerse sospechosamente a un drama familiar.
Y ahí está lo mejor de la película.
Cuando Nolan deja de demostrar que puede filmar La Odisea y simplemente la cuenta.
Porque también aparecen algunos de sus viejos pecados. La solemnidad. La música que por momentos parece empeñada en explicarnos que estamos asistiendo a algo importante. La necesidad de transformar cada revelación en acontecimiento. Nolan continúa siendo un director incapaz de entrar silenciosamente a una habitación: generalmente necesita derribar la puerta.
Pero hay que reconocerle algo, muchas cosas, pero en especial que en una época en la que buena parte del cine industrial parece pensado para ser visto en una pantalla de quince pulgadas mientras alguien consulta el teléfono, Nolan sigue creyendo obstinadamente en el cine como ceremonia colectiva.
Y La Odisea necesita esa dimensión.
Los monstruos funcionan, las tormentas funcionan y las batallas funcionan. Algunas imágenes poseen esa cualidad casi perdida del cine épico: uno comprende que está viendo personas, barcos, agua, fuego y paisaje ocupando realmente un espacio delante de una cámara.
Sin embargo, paradójicamente, la película alcanza sus mejores momentos cuando abandona la grandilocuencia.
Porque el verdadero monstruo de La Odisea nunca fue Polifemo el ciclope, es el tiempo.
Durante veinte años Odiseo intenta regresar al lugar que recuerda. Pero mientras él viaja, Ítaca cambia. Penélope cambia. Telémaco crece. Y él también se transforma.
Entonces aparece la pregunta que atraviesa tanto a Homero como a Nolan:
¿Es posible regresar?
Quizás esa sea la razón por la que seguimos leyendo esta historia después de casi tres mil años. Todos tenemos alguna Ítaca.
Puede ser una casa, una mujer, una familia, una juventud perdida o simplemente aquel hombre que alguna vez fuimos y al que quisiéramos volver a encontrar.
Nolan necesitó casi tres horas, miles de extras, cámaras IMAX, tormentas, cíclopes y dioses para contarnos algo que Homero sabía perfectamente:
uno puede recorrer el mundo entero para descubrir que la aventura más difícil era volver a casa.
El cine también es eso. Una sala oscura. Una butaca al centro.
Y durante unas horas, la ilusión de que todavía sabemos regresar. Viva el cine.



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