El problema final
Hay actores que pasan toda su vida intentando escapar de un personaje:
Sean Connery pasó años intentando demostrar que podía ser otra cosa que James Bond, Leonard Nimoy escribió primero No soy Spock y veinte años después.
6 Butacas
Benjamin Basil tiene ese problema, durante veinte años interpretó a Sherlock Holmes en el cine.
Hizo todo lo de Holmes, todo el repertorio, y explicó delante de una chimenea cómo había ocurrido un asesinato mientras todos los demás personajes lo miraban con admiración.
El único inconveniente es que Benjamin Basil no es Sherlock Holmes.
Es un actor.
Y además un actor cuya mejor época parece haber quedado atrás.
Hasta que aparece un cadáver y empieza El problema final.
Estamos en 1959 y Basil (uno de los homenajes que incluye esta historia) llega a un pequeño hotel situado en un islote cercano a Mallorca junto a otras 13 personas.
Se desata un temporal, se rompe la radio y no pueden llegar los barcos y, como en Callo Largo, habrá que esperar, hasta que una turista inglesa aparece muerta.
Todo parece indicar un suicidio pero naturalmente, no lo es.
Y ya tenemos todos los ingredientes: el whodonit, la habitación cerrada por dentro, todo.
Sospechosos, secretos que se cuchichean entre todos y un asesino que necesariamente tiene que estar entre ellos.
Y José Coronado.
El problema final pertenece orgullosamente a una especie de policial que el cine y la televisión contemporáneos parecían haber olvidado y que, por suerte, está volviendo.
Agatha Christie construyó un imperio con esto.
Junte a diez personas suficientemente sospechosas, coloque un cadáver en el medio y cierre la puerta.
Después deje trabajar al detective.
No hacen falta persecuciones, AND, tiros, un hacker, nada.
Hace falta algo bastante más antiguo.
Pensar.
Y ahí aparece la primera virtud de El problema final: La serie quiere jugar con nosotros, nos va dando pistas, miradas, cada personaje tiene algo que esconder y todos hacemos lo mismo que Basil.
Observamos, sospechamos, nos equivocamos y empezamos de nuevo.
Pérez-Reverte agrega además una pequeña perversión deliciosa.
Su detective no es detective.
Interpretó a uno.
Benjamin Basil conoce todos los mecanismos de Sherlock Holmes porque durante veinte años tuvo que representarlos: sabe cómo mira Holmes, cómo pregunta, cómo deduce.
José Coronado es una elección perfecta.
Porque también nosotros llegamos con nuestra propia memoria del actor.
Lo vimos hacer todos los papeles.
Coronado lleva décadas entrando en una habitación con esa voz que parece haber fumado incluso durante los años en los que él no fumaba.
Por eso cuando Basil empieza a investigar aceptamos inmediatamente el juego.
Coronado no necesita convencernos de que puede resolver un asesinato.
Pero le agrega decadencia.
Y tiene esa melancolía particular del actor que descubre que el público recuerda mejor sus viejas películas que sus trabajos recientes.
Martiño Rivas interpreta a Francisco Foxá, un joven escritor de novelas policiales que funciona inevitablemente como una especie de Watson.
Y ahí aparece otra capa del juego.
Tenemos a un escritor dentro de una historia escrita por Pérez-Reverte acompañando a un actor que interpretaba a un personaje creado por otro escritor, Arthur Conan Doyle.
Literatura dentro de literatura.
Ficción intentando resolver la realidad.
Todo muy Pérez-Reverte.
Maribel Verdú, María Valverde, Gonzalo de Castro, Pepón Nieto y el resto del reparto completan la colección de sospechosos.
Y la serie entiende algo fundamental del género.
Todos tienen que parecer culpables.
La ambientación ayuda mucho.
1959 permite eliminar de un plumazo el gran enemigo contemporáneo del misterio clásico:
el teléfono celular, que tanto daño le hizo al género policial.
Cuatro capítulos con esquema clásico.
No hay que esperar tres años para una segunda temporada.
Y además está Pérez-Reverte.
Con sus virtudes y sus manías.
Su amor por los códigos antiguos.
Por los hombres de otra época.
Por cierta elegancia perdida.
El problema final es el nombre del relato de 1893 en el que Conan Doyle decidió matar a Holmes.
Lo enfrentó con Moriarty en las cataratas de Reichenbach y los hizo desaparecer juntos.
Conan Doyle estaba harto de Sherlock Holmes.
El final es demasiado complejo, poco interesante.



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