Unabomber

¿Cómo se fabrica un monstruo?

La pregunta es fascinante. Y también peligrosa.

Porque cuando empezamos a explicar demasiado a un monstruo corremos el riesgo de terminar justificándolo.

4 Butacas



Unabomber, la película de Netflix sobre Ted Kaczynski, camina sobre esa cornisa.

Kaczynski fue un prodigio. Entró a Harvard con apenas 16 años, fue un matemático brillante y terminó convirtiéndose en un terrorista que durante casi dos décadas envió bombas por correo a personas relacionadas con aquello que consideraba responsable de la destrucción del hombre moderno: la tecnología y la sociedad industrial.

Tres personas murieron y más de veinte resultaron heridas.

La película alterna dos tiempos.

Por un lado, la investigación del FBI.

Por otro, el joven Ted Kaczynski, interpretado por Jacob Tremblay: brillante, solitario, socialmente incómodo, un chico que llega demasiado temprano a un mundo para el cual emocionalmente todavía no estaba preparado.

Y entonces aparece Harvard.

Y aparece Henry Murray.

Russell Crowe.

Kaczynski participó realmente en una serie de experimentos psicológicos dirigidos por Murray, donde sus ideas eran sometidas a situaciones de fuerte presión y confrontación.

La película coloca allí una pieza fundamental de su transformación.

Y ese es, para mí, uno de sus puntos más interesantes y también más discutibles.

Porque cinematográficamente es irresistible.

Un joven genio entra en una habitación. Un científico lo somete a un experimento psicológico extremo. Años después ese joven vive en una cabaña y manda bombas por correo.

Causa.

Efecto.

Problema resuelto.

Sólo que las personas no funcionan así.

Y la historia tampoco.

Kaczynski no fue una bomba que Henry Murray armó en Harvard y que explotó veinte años después.

Su aislamiento, sus frustraciones, sus ideas y su progresiva radicalización forman un entramado mucho más complejo.

Russell Crowe está magnífico.

Hace tiempo que entró en una etapa de su carrera en la que ya no necesita ser protagonista.

Entra.

Se sienta.

Habla.

Y uno mira.

Su Murray tiene esa inquietante seguridad de ciertos hombres convencidos de que el conocimiento les concede permiso para cruzar límites.

Jacob Tremblay tiene una tarea más difícil.

Tiene que permitirnos comprender a Kaczynski sin pedirnos que lo perdonemos.

Y ahí aparece la gran incomodidad de la película.

Porque Kaczynski señaló problemas que, vistos desde hoy, resultan inquietantemente reconocibles.

La dependencia tecnológica.

La pérdida de privacidad.

La alienación.

La sensación de que las máquinas creadas para servirnos terminaron organizando nuestra existencia.

Uno puede leer algunas de sus preocupaciones y pensar:

este hombre vio algo.

Y entonces hay que agregar inmediatamente:

y puso bombas en paquetes para matar personas.

Las dos cosas pueden ser ciertas.

Acertar en un diagnóstico no legitima cualquier respuesta.

Y la inteligencia tampoco garantiza la moral.

La otra parte de la película sigue al FBI intentando descubrir quién está detrás de los atentados.

Y acá aparece algo extraordinario.

Kaczynski logró esconderse durante años de una de las agencias policiales más poderosas del mundo.

Pero finalmente dejó su huella en el lugar más elemental.

Las palabras.

Quería que publicaran su manifiesto.

Y fue precisamente su manera de escribir la que permitió que su propio hermano sospechara de él.

Hay algo casi borgiano ahí.

Un hombre escondido en una cabaña termina siendo descubierto dentro de su propia escritura.

Podés cambiar de nombre.

Podés vivir sin electricidad.

Podés borrar tus huellas.

Pero escribís.

Y ahí estás.

Ese me parece el verdadero corazón de Unabomber.

Mucho más que encontrar el instante preciso en que Kaczynski se convirtió en Kaczynski.

Porque probablemente ese instante no exista.

Los monstruos rara vez nacen en una sola escena.

Se construyen lentamente.

Una frustración.

Un aislamiento.

Una idea.

Después otra.

Hasta que llega el momento en que alguien se convence de que poseer la verdad le concede derechos sobre la vida de los demás.

Kaczynski cruzó esa frontera.

No cuando decidió vivir en una cabaña.

No cuando empezó a odiar la tecnología.

Ni siquiera cuando escribió contra la sociedad industrial.

La cruzó cuando decidió matar.

Ahí termina cualquier romanticismo.

Por eso Unabomber funciona mejor cuando no intenta explicarlo todo.

Cuando simplemente nos deja frente a la contradicción.

Un hombre extraordinariamente inteligente que identificó algunos problemas reales de nuestro tiempo.

Y eligió una respuesta monstruosa.

Comprenderlo importa.

Justificarlo es otra cosa.

Y al final queda una ironía magnífica.

Ted Kaczynski dedicó su vida a escapar de la tecnología.

Se fue al bosque.

Vivió aislado.

Intentó desaparecer.

Y terminó siendo descubierto gracias a algo mucho más antiguo que cualquier computadora.

Un hermano.

Que leyó unas palabras.

Y reconoció una voz.

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