El beso de Judas

En este espacio nos pone feliz la producción nacional. Pero también nos desconcierta a veces.

No hace falta haber pasado demasiado tiempo en catequesis para saber de qué estamos hablando: confianza, cercanía y, finalmente, traición. Porque lo verdaderamente terrible de Judas no es que traicione. Es que antes fue amigo.

2 Butacas


Y sobre esa idea Martín Murphy construye (mal) El beso de Judas, un thriller argentino protagonizado por Damián De Santo que arranca con una situación brutal: Diego Colbert pierde a su mujer y a su hija después de un secuestro. Paga el rescate, pero ellas no vuelven.

A partir de ahí queda un hombre roto.

Y un hombre roto, en el cine, puede hacer dos cosas: derrumbarse o buscar venganza.

Diego elige la segunda.

La policía investiga, naturalmente, pero para él lo hace con esa velocidad exasperante que tiene la burocracia cuando el dolor es de otro. Entonces empieza a buscar respuestas por su cuenta. Y rápidamente descubre una de las reglas fundamentales del policial: cuando uno empieza a levantar las alfombras, generalmente encuentra cosas que hubiera preferido no encontrar.

Hay policías, sospechosos, amigos que quizá no sean tan amigos, secretos, violencia y varias vueltas de tuerca. La película además juega permanentemente con el tiempo y con la información que le entrega al espectador. Nos muestra una cosa, después otra, después vuelve atrás y modifica aquello que creíamos haber entendido.

El beso de Judas tiene al mismo tiempo una virtud y un problema: quiere sorprendernos demasiado.

Los grandes thrillers nos engañan, naturalmente. Hitchcock construyó buena parte de su carrera haciéndolo. Pero cuando llega la revelación final uno debería poder mirar hacia atrás y pensar: “Estaba todo ahí y yo no lo vi”.

Cuando, en cambio, pensamos “esto no tenía manera de saberlo”, el truco pierde un poco de elegancia.

El beso de Judas camina varias veces por esa cornisa.

Alfredo Casero tiene esa presencia inevitablemente caseriana: puede estar interpretando un personaje, pero uno siempre sabe que en algún lugar de la escena está Alfredo Casero observándonos.

Campi, en cambio, consigue encontrar rápidamente el tono del policial y resulta probablemente una de las sorpresas del reparto.

Fredy Villarreal y Adriana Salonia están sobreactuados, poco creibles. 

No estamos ante una película perfecta.

El guion por momentos se entusiasma demasiado con sus propias vueltas de tuerca. Algunos personajes podrían haber tenido mayor espesor. Y hay situaciones en las que la voluntad de sorprender termina imponiéndose sobre la lógica interna de la historia.

Lo mas exasperante son los silencios, los diálogos como cortados, quizá con el fin de darles espesura a esas conversaciones. Parece como que si se tomaran 1' en responder le da a esa escena un profundidad que nunca va a tener. Todo es muy forzado.


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