Sacrificio de sangre

Si escuchas Butaca seguido ya sabes que los policiales ingleses y los escandinavos nos gustan mucho. 


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Y Sacrificio de sangre, la nueva miniserie sueca de Netflix, pertenece orgullosamente a esa tradición que aprendimos a llamar nordic noir: policías cansados, familias rotas, crímenes brutales, silencios larguísimos y paisajes tan hermosos que uno empieza a sospechar que en Suecia solamente existen dos profesiones posibles: diseñador de interiores o asesino serial.

La historia comienza magníficamente: Una llamada de emergencia de una mujer que denuncia que alguien entró en su casa y la está atacando.

Dos policías llegan hasta una casa de verano en el archipiélago de Estocolmo.

Algo no está bien.

Después aparecen muertos.

Y muy rápidamente la investigación descubre que quizá no estamos frente a un crimen aislado sino que alguien está matando policías.

El encargado de investigar es Thomas Berg, interpretado por Jakob Oftebro.

Thomas es un buen policía. Inteligente, obsesivo, bastante antipático cuando necesita serlo y dueño, naturalmente, de una vida personal que no ganaría ningún premio a la estabilidad emocional.

Hasta aquí podríamos estar frente a cualquiera de las buenas series policiales escandinavas de los últimos veinte años.

Pero aparece Alfred.

Su padre.

Peter Andersson interpreta a un viejo policía retirado, brillante investigador, personaje incómodo y, sobre todo, padre ausente.

Thomas no quiere verlo y mucho menos trabajar con él, pero necesita su cabeza.

Y ahí Sacrificio de sangre deja de ser solamente una serie sobre un asesino y empieza a convertirse en algo bastante más interesante.

Porque Thomas está investigando dos cosas al mismo tiempo: Quién está matando policías.Y quién es su padre.

George Kay, creador de Lupin y Hijack, entiende perfectamente que un policial funciona mucho mejor cuando el crimen es solamente la puerta de entrada.

Padre e hijo investigan de maneras diferentes, pero también entienden la vida de maneras diferentes.

Y ahí aparece uno de los temas más interesantes de la serie: qué heredamos de nuestros padres incluso cuando pasamos buena parte de nuestra vida intentando no parecernos a ellos.

Entre los dos aparece una química magnífica porque Sacrificio de sangre evita algo fundamental: convertir la reconciliación entre padre e hijo en una película de Disney.

Acá hay heridas.

Hay reproches.

Mientras tanto, naturalmente, hay un asesino.

Y la investigación está muy bien construida.

La serie administra información, abre sospechas, introduce dilemas morales y consigue mantener durante sus cinco capítulos esa necesidad elemental del buen policial:

ver uno más.

Cinco episodios.

Gracias, Suecia.

Porque también existe cierta elegancia narrativa en saber cuándo terminar una historia.

No necesitábamos ocho.

Mucho menos diez.

No necesitábamos un capítulo entero dedicado a la infancia traumática de un personaje secundario.

Cinco.

Presentación. Investigación. Conflicto. Resolución.

Kristoffer Nyholm, que pasó por The Killing, conoce perfectamente este territorio.

Y visualmente toma una decisión particularmente interesante.

Porque no estamos ante la Escandinavia que solemos imaginar.

No es invierno.

No está todo cubierto de nieve.

Es verano en Estocolmo.

Los días son interminables.

Y eso produce una contradicción visual extraordinaria.

Estamos viendo una historia profundamente oscura en un lugar donde casi nunca oscurece.

No es The Killing.

No es Bron/Broen, aquel extraordinario El puente que probablemente siga siendo una de las cumbres del género.

Y tampoco necesita serlo.

Es un policial sólido, compacto, oscuro y muy bien actuado que entiende algo que muchas series olvidaron:

el misterio importa.

Pero los personajes importan más.

Hacia el final precipita algunas cosas, algunas resoluciones, y eso no esta bueno, desmerece los buenos momentos anteriores.


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