El club gastronómico
Hay una vieja costumbre de las clases acomodadas: reunirse a cenar para demostrar que todo marcha maravillosamente bien. Se habla de viajes, de vinos (uno argentino), de inversiones, de colegios privados y de las últimas vacaciones.
Nadie menciona los matrimonios que se desmoronan, las infidelidades, las deudas o los secretos que podrían destruirlo todo.
Y si alguien tiene la mala educación de morir, lo conveniente es que no arruine demasiado la velada.
El club gastronómico, la serie neerlandesa de Netflix construye su historia alrededor de esa particular forma de hipocresía que consiste en confundir la prosperidad económica con la felicidad.
Son siete episodios que combinan el thriller psicológico, el drama matrimonial y una mirada bastante poco complaciente sobre las relaciones sociales de las clases privilegiadas.
La protagonista es Karen, una mujer que se instala con su familia en Bergen y comienza a relacionarse con un grupo de matrimonios que parecen haber encontrado la fórmula de la felicidad.
Casas extraordinarias, cenas sofisticadas, dinero abundante y una amistad que, al menos en apariencia, resiste cualquier contratiempo.
Pero, como suele suceder en estas historias, detrás de las sonrisas hay bastante más veneno que en la copa de un enemigo.
Cuando uno de los integrantes del grupo muere en un incendio, las certezas comienzan a desmoronarse y las relaciones revelan su verdadera naturaleza.
La serie pertenece a una tradición narrativa que encuentra en la intimidad de las familias acomodadas el escenario ideal para exhibir las miserias humanas.
Hay algo de Big Little Lies, y bastante de ese cine europeo que disfruta observando cómo se derrumban las buenas maneras cuando aparecen el miedo y la culpa.
La diferencia es que aquí el misterio policial funciona menos como una investigación convencional que como un mecanismo para desnudar las relaciones entre los personajes.
Cada matrimonio esconde sus propias frustraciones. Cada amistad parece sostenida por una combinación de conveniencia, envidia y necesidad de pertenencia.
Y Karen, que llega desde afuera, descubre progresivamente que ingresar a un círculo social exclusivo puede resultar bastante más sencillo que abandonarlo.
La pertenencia tiene un precio. Y no siempre se paga con dinero.
La belleza funciona como una máscara.
Y la comida, que debería representar el placer de compartir, termina convirtiéndose en un ritual de representación social.
Hay cierta previsibilidad. Quienes frecuentamos el thriller europeo conocemos demasiado bien esta fórmula: matrimonios perfectos que no lo son, amistades incondicionales que esconden traiciones y personajes que tienen una sorprendente facilidad para tomar decisiones equivocadas.
El segundo es su tendencia a exagerar los conflictos para mantener la tensión. Hay momentos en los que las conductas parecen responder menos a la psicología de los personajes que a las necesidades del guion.
Y el tercero es que algunos giros narrativos buscan sorprender cuando hubiera sido preferible profundizar.
Porque una cosa es ocultarle información al espectador y otra bastante distinta es construir un verdadero misterio.
Aun así, El club gastronómico tiene ritmo, una atmósfera inquietante y una capacidad razonable para mantenernos interesados.
No estamos frente a una obra especialmente original, pero sí ante un entretenimiento que sabe aprovechar una verdad incómoda: pocas cosas resultan tan peligrosas como un grupo de personas empeñadas en sostener una mentira colectiva.
Quizás lo más interesante de la serie no sea descubrir quién es responsable de lo que sucede, sino comprender por qué tantas personas están dispuestas a tolerar situaciones intolerables con tal de conservar su lugar en el grupo.
La necesidad de aceptación, el temor a la exclusión y la fascinación por el dinero constituyen motores narrativos más interesantes que el propio crimen.
Porque, en definitiva, El club gastronómico habla de algo que trasciende a sus personajes: esa costumbre humana de sacrificar la autenticidad en el altar de las apariencias.
Lo que nunca podemos elegir es qué secretos terminarán apareciendo cuando alguien decida levantar el mantel.



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