Amarga Navidad

Almodóvar es para este Podcast, uno de los lugares comunes, uno de los pocos que siempre nos gusta, hagan lo que hagan (Allen, Nolan, Wenders y no muchos más), entonces la crítica se hace difícil. 




6 Butacas



Hay directores que con los años se vuelven más discretos. Pedro Almodóvar ha elegido el camino contrario: cada película parece acercarlo un poco más al espejo, cada película nueva es otro ángulo de su manera de ver las cosas. En Amarga Navidad, ese espejo ya no devuelve solamente sus colores extraordinarios, sus mujeres heridas o sus melodramas familiares. Devuelve al propio director, con sus manías, sus culpas y su incómoda costumbre de transformar la vida de los demás en material cinematográfico.

Elsa, interpretada por Bárbara Lennie (que además de buena actriz y versátil es muy bella), es una directora de publicidad que intenta sobrellevar la muerte de su madre refugiándose en el trabajo. No puede detenerse porque detenerse significa recordar. Pero el cuerpo, ese guionista al que nunca se logra despedir, termina imponiéndose: una crisis la obliga a abandonar Madrid y viajar a Lanzarote (isla que desconocía, de arenas negras) junto a su amiga Patricia.

Hasta allí, Amarga Navidad podría ser otro relato almodovariano sobre una mujer enfrentada al duelo. Pero la película abre una segunda vía narrativa alrededor de Raúl Durán, cineasta interpretado por Leonardo Sbaraglia, que observa, escucha y se apropia de las historias ajenas (a veces de personajes que son muy cercanos). 

Es allí donde la película revela su verdadera naturaleza: no estamos únicamente ante el retrato de una mujer que ha perdido a su madre, sino frente a la confesión de un autor que comienza a preguntarse qué daños ha provocado al convertir las intimidades de otros en ficción.

Almodóvar siempre ha practicado un cine autobiográfico, aunque escondiera sus huellas bajo el melodrama, la comedia o el artificio. En Dolor y gloria, Antonio Banderas ya funcionaba como su evidente alter ego. Pero aquí el autorretrato es menos piadoso. Raúl no es solamente un creador sensible: también es vanidoso, invasivo y capaz de justificar cualquier indiscreción en nombre del arte. El director no se absuelve. Se sienta en el banquillo y, cosa rara en el cine contemporáneo, permite que la acusación termine algunas frases.

La pregunta que atraviesa la película es antigua y difícil: ¿a quién pertenecen los recuerdos? ¿Al que los vivió o al artista que supo convertirlos en una buena escena? Almodóvar comprende que la creación nunca es completamente inocente. Todo escritor roba, todo cineasta manipula y todo narrador reorganiza el pasado para que parezca tener una lógica que la vida jamás tuvo.

Bárbara Lennie compone a Elsa desde una vulnerabilidad contenida. Su dolor no necesita grandes discursos porque aparece en el cansancio, en las migrañas, en la necesidad desesperada de continuar trabajando. Victoria Luengo aporta una energía más terrenal como Patricia, mientras que Aitana Sánchez-Gijón encarna una de las voces que confrontan con mayor dureza al cineasta y su particular ética profesional, es su asistente de más de 20 años que lo deja.

Sbaraglia, por su parte, asume el riesgo de interpretar a un personaje construido como proyección del propio Almodóvar. Su Raúl resulta seductor e irritante, encantador y egoísta, consciente de su talento e incapaz de advertir siempre el precio que otros pagan por él. No es una caricatura del artista egocéntrico, sino algo bastante más interesante: un hombre que comienza a sospechar que sus mejores obras quizá nacieron de sus peores comportamientos.

Visualmente, el director conserva su reconocible precisión. Los ambientes, la ropa, los objetos y las combinaciones cromáticas siguen organizados con la disciplina de quien considera que un almohadón mal colocado puede ser una forma de anarquía. Pero debajo de ese control formal circula una película más quebrada, amarga y consciente de la proximidad de la muerte.

El título es deliberadamente engañoso. La Navidad no funciona aquí como celebración familiar sino como fecha traumática, el punto del calendario donde el dolor queda fijado. Para Elsa, diciembre ya no puede ser diciembre: será siempre el mes en que murió su madre. Almodóvar entiende que los duelos también colonizan las fechas y convierten las festividades ajenas en aniversarios privados.

No todo funciona con la misma naturalidad. La estructura metacinematográfica puede resultar demasiado explícita y, en algunos momentos, la película parece subrayar ideas que las imágenes ya habían expresado. Almodóvar desconfía por instantes del silencio y explica aquello que el espectador había comprendido. Es el riesgo de toda confesión tardía: quien ha esperado demasiado para hablar suele querer contarlo todo.

Sin embargo, esa falta de pudor también constituye la fuerza de Amarga Navidad. A los setenta y tantos años, Almodóvar no filma para demostrar que sigue siendo joven. Filma desde la edad, desde la enfermedad, desde las pérdidas y desde la certeza de que toda obra artística termina siendo una conversación con los muertos.

Arturo Bandini diría que Almodóvar ha realizado una película sobre el duelo, pero también sobre esa forma elegante del vampirismo que llamamos creación. Un director toma la sangre de la vida, la mezcla con luz, música y decorados perfectos, y luego la proyecta ante nosotros.

También está la música en esta puesta, tan importante siempre en este cine, tan presente, tan de subrayar efectos y contrastes, tenemos la sensación que siempre está sonando, como una casa que tiene siempre música de fondo.

Una obra íntima, imperfecta y valiente, en la que Almodóvar deja de esconderse detrás de sus personajes y acepta, finalmente, aparecer en el lugar menos favorecedor del encuadre.

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