El oso T5

En esta temporada final de El Oso, el ruido deja lugar a las personas. Esta vez no hay frenesí como en las temporadas anteriores, no lo necesita, decide parar para reflexionar, hacer foco en las personas, en la familia.


8 Butacas



Y ademas, por si hiciera falta, vuelve a demostrar que Christopher Storer nunca estuvo interesado únicamente en la cocina. Los platos, las comandas, las discusiones en la cocina o el estrés del servicio fueron siempre el decorado de algo mucho más profundo: la dificultad de construir una familia cuando cada integrante carga con heridas que todavía no cicatrizan.

Después de una cuarta temporada que había dejado algunos interrogantes sobre el rumbo de la serie, esta nueva entrega recupera el pulso narrativo sin necesidad de aumentar el volumen. Al contrario: baja las revoluciones, respira y encuentra en los pequeños gestos una fuerza emocional notable.

Jeremy Allen White vuelve a ofrecer un Carmy extraordinariamente contenido. Ya no necesita explotar para transmitir dolor; alcanza con una mirada perdida o un silencio demasiado largo. A su lado, Ayo Edebiri confirma que Sydney es el verdadero corazón moral de la serie, mientras Ebon Moss-Bachrach continúa haciendo de Richie uno de los personajes con la evolución más rica de la televisión reciente.

Los tres son buenos, pero el resto, y ahí tenemos otro de los grandes hallazgos de esta serie, son también buenos.

Pero el momento que justifica por sí solo la temporada llega con el episodio 7.

En tiempos donde la televisión parece obsesionada con los grandes golpes de efecto, El Oso entrega un capítulo construido casi exclusivamente sobre conversaciones, pausas y emociones apenas insinuadas. Es televisión de la mejor clase: aquella que entiende que la tensión no siempre nace del conflicto, sino de aquello que los personajes todavía no pueden decir.

La dirección evita cualquier exhibicionismo formal. La cámara observa más de lo que interviene. El montaje respeta los silencios. La música aparece apenas cuando resulta indispensable. Todo está puesto al servicio de los actores.

Y ellos responden con interpretaciones memorables.

El episodio habla del perdón, de las oportunidades perdidas y del miedo permanente a no estar a la altura. Pero nunca convierte esos temas en discursos. Los deja respirar. Confía en la inteligencia del espectador. Es un capítulo que emociona precisamente porque nunca intenta hacerlo.

Esa noche, de una lluvia torrencial en Chicago, hay tres turnos llenos en el Oso, pero como están cortos de plata no tienen quizá todos los ingredientes para tres servicios llenos. La lluvia hace que colapsen las tuberías, se rompe un techo, no hay fregaderos para lavar los platos y el tío Jimmy (un extraordinario y recuperado Oliver Platt) esta quebrado y quiere vender lo que queda del negocio, al tiempo que les piden que no gasten.

La gente se acumula porque las calles están anegadas y todo es un caos, ademas están convencidos que ese dia es el que eligió el jurado de Michelin para ir a cenar y evaluarlos.

Ese caos, en el que todo esta destinado a salir mal, saca lo mejor de cada uno y los hace trabajar como nunca antes.

Ese es, probablemente, el mayor mérito de El Oso. Mientras muchas series contemporáneas parecen diseñadas para generar conversación en redes sociales, esta sigue apostando por algo mucho más difícil: generar conversaciones íntimas con quien está del otro lado de la pantalla.

Carmy cede centralidad y parece buscar otro destino y todos ofrecen su mejor perfil para la foto final.

La quinta temporada no busca sorprender. Busca comprender. Y en ese camino encuentra algunos de los mejores momentos de toda la serie.

Hay como dos partes en este final, los primeros capítulos no parecen que sean atractivos, pero son el cimiento de los últimos tres que son brillantes.


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