Los creyentes
Los creyentes, la nueva película de Roger Gual recién estrenada por Netflix, comienza con una muerte y una sospecha, pero rápidamente descubrimos que ninguna de las dos constituye su verdadero tema.
4 Butacas
El asunto es otro.
Ruth regresa a su pueblo después de la muerte de su madre. Hace tiempo que está distanciada de su familia y el reencuentro con su padre, Martín, no ayuda demasiado. Jubilado, hosco, agresivo y cada vez más encerrado en un universo de teorías conspirativas, el hombre parece haber reemplazado la realidad por una interpretación privada del mundo.
Y entonces Ruth comienza a hacerse una pregunta terrible:
¿su padre está simplemente perdiendo contacto con la realidad o tuvo algo que ver con la muerte de su madre? Aquí hay un aire a una serie inglesa Blood que vimos y comentamos no hace tanto en Butaca.
A partir de allí, Los creyentes intenta construir un thriller psicológico clásico.
Una casa, un padre inquietante, una hija que sospecha, cámaras ocultas, secretos, silencios familiares, 7 esa sensación tan eficaz en el cine de suspenso de que cualquier puerta cerrada probablemente esconde algo que hubiera sido mejor no encontrar.
El guion intenta ser un juego permanente entre paranoia y certeza. Cada vez que creemos haber comprendido a Martín aparece un elemento que parece darle la razón. Y cada vez que empezamos a concedérsela, surge algo que vuelve a convertirlo en un paranoico.
La película encuentra allí su mejor territorio, pero no alcanza.
José Coronado es fundamental en ese clima, pero su interpretación es una caricatura de sus últimos personajes, no ofrece matices.
Coronado posee algo que el cine español ha aprendido a utilizar magníficamente durante los últimos años: autoridad natural.
No necesita levantar la voz para resultar amenazante.
Martín puede parecer alternativamente un padre destruido, un viejo insoportable, un hombre lúcido rodeado de idiotas o un paranoico peligroso. Coronado consigue que todas esas posibilidades convivan en el mismo personaje.
Y eso mantiene viva la película.
Stéphanie Magnin tiene una tarea diferente y probablemente más difícil. Ruth debe funcionar como nuestros ojos. Regresa a un lugar del que quiso escapar y comienza a descubrir que quizás nunca terminó de comprender a sus padres.
Porque toda familia posee su propia teoría conspirativa.
Ruth investiga a su padre como si investigara un crimen, pero en realidad está investigando su infancia.
Y después está Internet.
El gran templo contemporáneo de los creyentes.
Antes, el conspiranoico estaba solo en un bar intentando convencer a alguien de que la CIA había matado a Kennedy, hoy tiene un foro, un canal, seguidores, documentos, videos, mapas, expertos.
Y, sobre todo, otros hombres que piensan exactamente como él.
Internet no inventó la paranoia.
Le dio una comunidad.
Ese es probablemente el aspecto más contemporáneo de Los creyentes. La película entiende que las teorías conspirativas ya no funcionan solamente porque alguien proporciona información falsa.
Funcionan porque proporcionan algo mucho más poderoso:
sentido.
Por eso Martín resulta interesante.
No es simplemente un loco.
Es un creyente.
Ha construido un sistema donde cada contradicción confirma su teoría. Si aparece una prueba, tenía razón. Si la prueba desaparece, significa que alguien la ocultó.
Es una religión perfecta porque resulta imposible demostrar que es falsa.
La película es menos sofisticada que las ideas que propone.
Cuando funciona como drama familiar y thriller psicológico resulta inquietante. Cuando necesita acelerar hacia su resolución se vuelve más convencional y algunas revelaciones parecen obedecer más a las necesidades del género que a la lógica que venía construyendo.
El desenlace pierde parte de aquella ambigüedad que hacía atractiva la primera mitad.
Es un problema frecuente del thriller moderno.
Nos gusta mucho más formular preguntas que aceptar que algunas deberían permanecer sin respuesta.
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Soy capaz de ver cualquier thriller , más si está Coronado, pero este me resultó un plomo.
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