Michael
Siempre decimos que lo realmente clave al momento de encarar una biopic, es elegir el tramo de la vida que se decida contar. Adonde nos paramos para contar la historia, con que perspectiva, a que le vamos a prestar atención, y en este caso hay que decir que la elección parece ser adecuada.
5 Butacas
Y no es una tarea fácil, si bien productores y director tienen recorrido en este terreno, el rey del pop mas alla de sus méritos artísticos, tuvo un recorrido controversial en su biografía. ¿es posible hacer una biografía honesta de Michael Jackson?
La respuesta de Antoine Fuqua parece ser un rotundo "no". O, mejor dicho, un prudente "prefiero no intentarlo".
Como espectáculo, la película funciona. Y muy bien.
Jaafar Jackson, sobrino del cantante, consigue algo que parecía imposible: durante varios pasajes desaparece el actor y aparece Michael. No se trata solamente del baile —que reproduce con una precisión asombrosa—, sino de esa forma casi sobrenatural de ocupar el escenario. Cada número musical está filmado con energía, respeto y una evidente fascinación por uno de los artistas más influyentes del siglo XX. Jaafar Jackson no interpreta a su tío: por momentos parece canalizarlo.
También sobresalen Colman Domingo como Joe Jackson (el padre tirano) y Nia Long como Katherine, aportando matices a una familia marcada por el talento, la disciplina y el abuso.
Pero el problema aparece cuando termina la música.
Toda biografía implica una elección. Ninguna puede contarlo todo. Sin embargo, Michael elige mirar únicamente aquello que engrandece al mito y evita internarse en las zonas donde vivía el hombre. El resultado es una película cuidadosamente construida para admirar a su protagonista, pero demasiado cautelosa para comprenderlo.
No hace falta convertir el film en un juicio. Tampoco era necesario dictar una sentencia definitiva sobre las denuncias que marcaron los últimos años de Jackson. Lo que sí resulta llamativo es la decisión de convertir el conflicto más determinante de su vida pública en una ausencia. Esa omisión termina siendo más ruidosa que cualquier escena que pudiera haberse filmado. Diversos críticos coincidieron en señalar que la película privilegia el homenaje por encima de la exploración psicológica y evita los aspectos más controvertidos de la vida del artista.
Paradójicamente, esa falta de riesgo también le quita espesor dramático. Michael Jackson fue un genio irrepetible, pero también una personalidad extraordinariamente compleja. La película abraza al primero y esquiva al segundo.
Desde lo cinematográfico, Fuqua demuestra solvencia en las reconstrucciones de conciertos y videoclips. Allí la puesta en escena cobra vida y recuerda por qué Jackson revolucionó para siempre la relación entre música e imagen. Sin embargo, cuando las luces del escenario se apagan, la narración pierde intensidad y se vuelve una sucesión de estampas biográficas que raramente profundizan en los conflictos del personaje.
Quizás el mayor pecado de Michael sea confundir admiración con comprensión. Porque el mejor homenaje que puede hacerse a un artista no consiste en pulir su leyenda hasta volverla inmaculada, sino en aceptar que el talento y las contradicciones suelen convivir en la misma persona.
La película emociona cuando canta. Impresiona cuando baila. Pero cuando intenta explicar quién fue Michael Jackson, baja el volumen justo cuando uno esperaba escuchar la melodía más difícil.
Como recital filmado, es extraordinario. Como biografía, deja la sensación de que el telón cayó antes del último acto.



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