Bodies
Hay cadáveres que sirven para iniciar una investigación y cadáveres que sirven para iniciar una historia. El de Bodies pertenece a una tercera categoría: sirve para alterar el tiempo.
En un callejón de Whitechapel (Londres) aparece el cuerpo desnudo de un hombre, con una herida en un ojo y sin demasiadas explicaciones. Hasta aquí, territorio conocido: Londres, policías, lluvia, calles oscuras y un muerto que parece esconder más de lo que muestra. El problema —magnífico problema— es que el mismo cadáver aparece en 1890, en 1941, en 2023 y en 2053.
Cuatro épocas. Cuatro policías. Un solo muerto.
Creada por Paul Tomalin a partir de la novela gráfica de Si Spencer, Bodies es una miniserie británica de ocho episodios que utiliza la estructura del policial para introducirnos lentamente en una historia de ciencia ficción, viajes temporales, conspiraciones y paradojas.
Y hace bien en no mostrar todas sus cartas de entrada.
Porque durante sus primeros capítulos uno puede creer que está frente a una variante sofisticada de Ripper Street, con algo de Dark y unas gotas de Philip K. Dick. Pero Bodies tiene una ambición mayor: contar cuatro investigaciones policiales que, aunque separadas por décadas, forman parte de una única historia.
El mecanismo es endiabladamente atractivo.
En 1890 está el inspector Alfred Hillinghead, policía victoriano, recto y contenido, atrapado no solamente por el crimen sino por las convenciones morales de su tiempo.
En 1941 aparece Charles Whiteman (ya lo hemos visto a este actor Jacob Fortune-Lloyd), policía judío, corrupto y superviviente profesional en una Londres bombardeada por los alemanes. Su segmento tiene algo delicioso de cine negro: llamadas misteriosas, chantajes, corrupción, mujeres peligrosas y hombres que siempre parecen deberle dinero a alguien.
En 2023 encontramos a Shahara Hasan, probablemente el personaje que funciona como ancla emocional del espectador. Y finalmente, en 2053, Iris Maplewood (Shira Haas la de Unothodox), policía de una Inglaterra futura cuya aparente estabilidad empieza rápidamente a oler demasiado a autoritarismo.
Las cuatro investigaciones comienzan a contaminarse unas a otras.
Y allí aparece Stephen Graham (enorme, el de Adolescence).
Graham tiene una de esas caras que parecen haber nacido para el cine inglés: puede ser obrero, gangster, policía, padre de familia o dictador y uno siempre sospecha que detrás de sus ojos está ocurriendo otra película. Aquí interpreta a Elias Mannix, pieza fundamental del rompecabezas.
Su presencia introduce además una de las ideas más interesantes de la serie: ¿qué sucede cuando alguien conoce el futuro y utiliza ese conocimiento para fabricar el pasado que necesita?
Es la vieja paradoja temporal, pero aplicada al poder.
Porque detrás de sus viajes temporales, Bodies habla de algo bastante antiguo: la construcción de los liderazgos mesiánicos. Mannix no solamente quiere gobernar. Necesita construir una narrativa que justifique su existencia.
Y toda narrativa autoritaria necesita tres cosas: miedo, obediencia y una promesa.
La promesa de Bodies se resume en una frase que se repite obsesivamente:
“Know you are loved.”
“Sabé que sos amado.”
Una frase hermosa que, repetida suficientes veces, empieza a dar miedo.
Ese es uno de los mejores hallazgos de la serie. Convertir una declaración de amor en una contraseña política. Porque Bodies entiende algo incómodo: pocas cosas son más poderosas que ofrecer pertenencia a quien se siente solo.
Durante buena parte de sus ocho capítulos el misterio funciona extraordinariamente bien. Las épocas dialogan, pequeños objetos adquieren importancia décadas después y las decisiones de un personaje repercuten sobre personas que todavía no han nacido.
Pero cuando llega el momento de explicar el mecanismo, Bodies debe pagar todas las facturas que fue dejando sobre la mesa.
Y son muchas.
La paradoja temporal empieza entonces a exigir cierta generosidad del espectador. Hay momentos en que conviene no sacar lápiz y papel porque probablemente terminemos pareciéndonos a esos detectives de película que llenan una pared de fotografías unidas por hilos rojos.
No importa demasiado.
La ciencia ficción nunca fue solamente una cuestión de física.
Desde H. G. Wells hasta The Terminator, el viaje temporal funciona cuando detrás de la paradoja existe una pregunta humana.
Y la pregunta de Bodies es formidable:
¿Cuántas veces provocamos nuestro destino precisamente porque intentamos evitarlo?
En ese terreno la serie se vuelve más interesante que su propio rompecabezas.
También merece reconocimiento su extraordinaria reconstrucción visual. Cada período posee identidad propia sin transformarse completamente en otra serie. El Londres victoriano tiene sombras y humedad; 1941 respira humo, guerra y cine negro; 2023 posee la frialdad reconocible del policial contemporáneo; y 2053 evita, afortunadamente, el catálogo habitual de autos voladores y edificios imposibles. Incluso aparecen ocasionalmente composiciones que recuerdan deliberadamente las viñetas de la novela gráfica original.
Pero tiene algo que muchas series actuales han olvidado, quiere contar una historia completa, ocho capítulos. Un misterio. Un principio y un final.



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