Disclosure day
Algunos directores que vuelven sobre sus viejos temas porque ya no tienen nada nuevo que decir. Y hay otros que regresan porque todavía no encontraron la respuesta.
7 Butacas
Steven Spielberg pertenece a los segundos.
Casi medio siglo después de Encuentros cercanos del tercer tipo, más de cuarenta años después de E.T. y veintiuno después de La guerra de los mundos, Spielberg vuelve a mirar hacia el cielo.
Pero esta vez la pregunta ha cambiado.
Antes preguntaba si había alguien ahí arriba.
Ahora pregunta si nosotros estamos preparados para saberlo.
Disclosure Day parte de una idea irresistible: durante décadas los gobiernos han ocultado pruebas de la existencia extraterrestre y ha llegado el momento de revelarlas. Daniel Kellner (Josh O’Connor) posee información capaz de demostrarlo. Margaret Fairchild (Emily Blunt), una meteoróloga que comienza a experimentar fenómenos inexplicables, parece destinada a convertirse en una pieza fundamental de esa revelación.
Detrás de ellos está el poder.
Y delante, ocho mil millones de personas esperando una verdad que quizás nunca pidieron conocer.
El guion construye sobre esa premisa una mezcla de thriller conspirativo, película de persecuciones y ciencia ficción clásica. Durante buena parte de sus 146 minutos, Spielberg filma como si tuviera treinta años menos: autos, trenes, huidas, carreteras, agentes gubernamentales y personajes comunes atrapados en acontecimientos extraordinarios.
No debería sorprendernos.
Spielberg siempre prefirió al hombre corriente frente al acontecimiento imposible.
Son personas a las que les ocurre algo, como en el caso de Hitchcock.
Y esa diferencia explica buena parte del cine de Spielberg.
Porque sus personajes rara vez conquistan lo desconocido. Primero lo contemplan.
Desde aquel niño observando el cielo en Encuentros cercanos hasta los rostros iluminados por aquello que todavía permanece fuera de campo, Spielberg construyó buena parte de su cine alrededor de una mirada.
Un rostro que contempla algo extraordinario antes de que nosotros podamos verlo.
En Disclosure Day vuelve a hacerlo.
Solo que esta vez mirar ya no alcanza, tenemos que escuchar.
Emily Blunt comprende perfectamente esa lógica. Su Margaret probablemente sea el corazón de la película. Puede pasar del desconcierto al humor, del miedo a una especie de iluminación, sin perder nunca la humanidad del personaje. Spielberg sabe filmarla y Blunt sabe entregarle exactamente lo que necesita: un rostro en el que pueda reflejarse lo imposible.
Josh O’Connor trabaja desde otro lugar. Su Daniel es nervioso, vulnerable, incluso torpe. No tiene la seguridad del héroe tradicional de blockbuster. Corre porque tiene miedo y sobrevive muchas veces porque simplemente no sabe qué otra cosa hacer.
Colin Firth aporta la necesaria elegancia británica al aparato conspirativo y Colman Domingo vuelve a demostrar que alcanza con que aparezca en pantalla para que una escena adquiera inmediatamente otra densidad.
Pero la verdadera estrella sigue estando detrás de cámara. Y pone todo lo que sabe al servicio de esa narrativa, planos, luces y sombra, ángulos nuevos.
A esta altura resulta casi absurdo señalar que Spielberg sabe dirigir una persecución.
Sería como elogiar a Astaire porque baila bien.
Lo extraordinario es comprobar que todavía conserva esa capacidad para organizar el espacio cinematográfico de manera que el espectador comprenda siempre dónde está cada personaje, qué está en juego y de dónde puede aparecer el peligro.
John Williams —en una colaboración que ya pertenece a la historia del cine— vuelve a darle a Spielberg aquello que pocas asociaciones entre director y compositor consiguieron: una segunda voz narrativa.
Sin embargo, Disclosure Day también tiene problemas.
El guion quiere explicar demasiado.
Conspiraciones, archivos secretos, experiencias infantiles, organizaciones clandestinas, tecnología extraterrestre y décadas de encubrimientos empiezan a acumularse hasta amenazar con aplastar aquello que Spielberg hace mejor.
La emoción.
Porque cuando la película abandona las explicaciones y simplemente deja que sus personajes miren, escuchen o tengan miedo, aparece el viejo maestro.
Y aparece también una curiosa paradoja.
Disclosure Day es una película sobre extraterrestres realizada en una época que parece haber perdido la capacidad de asombro.
En 1977 bastaba una montaña, cinco notas musicales y unas luces en el cielo.
Hoy necesitamos archivos clasificados, conspiraciones globales, filtraciones digitales y videos secretos.
Spielberg lo sabe.
Por eso su película no intenta competir con el espectáculo contemporáneo.
Intenta recuperar algo mucho más difícil: la maravilla.
Y allí está probablemente su gesto más hermoso.
Porque mientras buena parte de la ciencia ficción contemporánea imagina el contacto extraterrestre como invasión, guerra o apocalipsis, Spielberg sigue sosteniendo aquella vieja hipótesis casi infantil que atraviesa toda su filmografía:
tal vez el otro no venga necesariamente a destruirnos.
Tal vez venga a hablarnos.
Y quizás el verdadero problema sea que nosotros hemos olvidado cómo escuchar.
Por eso Disclosure Day puede parecer ingenua.
Pero hay una diferencia enorme entre ingenuidad y cinismo. El cine contemporáneo está lleno de personajes que hacen un chiste para disculparse inmediatamente después de sentir algo.
Spielberg todavía se atreve a sentir sin pedir permiso.
A los 79 años sigue creyendo que una luz en el cielo puede cambiar una vida, que una imagen puede revelar una verdad y que dos desconocidos pueden entenderse aunque pertenezcan a mundos diferentes.
No es el mejor Spielberg.
Probablemente tampoco esté entre sus grandes películas.
Tiene demasiadas explicaciones, algunas ingenuidades narrativas y un argumento que conviene no someter a una auditoría demasiado rigurosa.
Pero tiene algo que vale mucho más que la perfección.
Tiene fe en las imágenes, en el encuentro, fe en que todavía existe algo ahí afuera capaz de sorprendernos.
Y, sobre todo, fe en el cine.
En una época obsesionada con universos, franquicias, algoritmos y escenas poscréditos, un hombre que lleva más de cincuenta años haciendo películas vuelve a colocar una cámara frente a un rostro que mira hacia el cielo.
Quizá por eso queremos siempre volver a ver una película suya.



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