La desconocida
De la muy prolífica producción española, esta película tiene un reparto (a esta altura me pasa como con las cosas que veo de UK, todos los actores me son familiares) estelar y un esmero por producir un estado de animo al verla, que no esta tan logrado como hubiera sido esperable.
5 Butacas
Hay thrillers que funcionan como un rompecabezas y otros que se parecen más a una cebolla: uno les quita capas y, en lugar de encontrar respuestas, termina llorando. La desconocida, la nueva producción española de Netflix dirigida por Gabe Ibáñez, pertenece a esta segunda categoría.
Todo comienza con una imagen poderosa (y quizá sea lo mas interesante que tiene la película, un arranque potente y perturbador): una mujer aparece amordazada dentro de un contenedor en el puerto de Barcelona, sin memoria y con alguien decidido a terminar el trabajo que dejó inconcluso. A partir de ahí, la película construye una investigación donde cada pista parece conducir a un callejón sin salida y donde la identidad es un territorio mucho más resbaladizo de lo que parece.
Candela Peña interpreta a Anna Ripoll, una inspectora marcada por un duelo íntimo que carga sobre los hombros un peso mucho más grande que el expediente policial. No interpreta a la clásica detective brillante e infalible del género negro; su personaje está roto, duda, se equivoca y lleva sus heridas al lugar de trabajo. Esa humanidad termina siendo el principal activo de la película.
A esta actriz ya nos la cruzamos varias veces y siempre es distinta, aunque a veces, como en este caso, pareciera exagerar sus rasgos.
Bandini suele sostener que los buenos policiales no hablan del crimen, sino de quienes intentan entenderlo. La desconocida parece seguir esa máxima. El misterio importa, pero mucho más interesante resulta observar cómo el dolor modifica la percepción de la realidad y cómo la memoria puede convertirse en el escenario de una segunda investigación.
Visualmente, Gabe Ibáñez apuesta por una Barcelona despojada de cualquier postal turística. Hay puertos industriales, hospitales impersonales y oficinas policiales iluminadas con una frialdad casi clínica. Todo transmite la sensación de que los personajes viven atrapados en un lugar donde nadie conoce realmente a nadie.
No todo funciona con la misma precisión. La película depende demasiado de sus giros y, cuando llega el desenlace, algunas piezas parecen acomodarse con más voluntad que naturalidad. El espectador acepta el juego porque la tensión está bien administrada, aunque el mecanismo del guion quede demasiado expuesto.
Sin embargo, el mayor acierto está en otro lado. En tiempos donde cada persona administra varias identidades —la pública, la privada y la digital—, la película instala una pregunta incómoda: ¿qué queda de nosotros cuando desaparecen nuestros recuerdos? Quizá la identidad no sea lo que recordamos, sino lo que los demás están dispuestos a creer sobre nosotros.
Al terminar, queda una sensación extraña. No la de haber resuelto un enigma, sino la de haber asistido a una reflexión sobre la fragilidad de la identidad. Porque la verdadera desconocida no es la mujer encontrada en el contenedor. La verdadera desconocida es esa versión de nosotros mismos que aparece cuando la memoria deja de sostenernos.
Hay un correcto trabajo de otro actor que nos gusta, Manolo Soto y uno al que descubrimos hace un tiempo en esa serie sobre los atentados de Atocha, Pol Lopez, y ambos están muy bien.
Ana Rujas lleva el peso del personaje del trauma, y lo interpreta bien.
Un thriller elegante y melancólico que demuestra que el mejor misterio no es descubrir quién es la víctima, sino averiguar quiénes somos cuando todas nuestras certezas desaparecen.



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