Toy Story 5
Hay películas que nacen para ser sagas, hacer plata y otras que sobreviven porque conmueven, porque tocan alguna fibra intima, y porque alguien, en algún rincón de un estudio, todavía cree en los personajes y en contar una historia.
Toy Story 5 vive incómodamente entre esos dos mundos.
6 Butacas
Pixar vuelve a abrir el baúl de los juguetes con la misma sensación que uno experimenta al encontrar una foto vieja que hacia mucho que no veia: lo primero que aparece es la emoción, pero enseguida también la sospecha de que quizá era mejor dejarla donde estaba, que estaba bien con el recuerdo porque ahora vemos detalles que antes no vimos.
Y claro, pasaron casi 30 pirulos del estreno de la primera.
Woody y Buzz no son solo personajes, son patrimonio sentimental de una generación que aprendió a despedirse con ellos. Por eso cada nueva entrega carga con una responsabilidad imposible: justificar su propia existencia.
Tuve la dicha de ver esta avant premier con una joven de casi 30, que nació dos años después del estreno de la primera Toy Story, es lo mismo que decir que desde que abrió los ojos la debe haber visto unas 200 veces o mas, que tuvo y tiene sus juguetes y que ese universo de alguna manera fue evolucionando con ella.
La película funciona cuando se olvida de ser una franquicia y recuerda que siempre fue una historia sobre el paso del tiempo. Los mejores momentos no son las persecuciones ni los gags visuales (que son bienvenidos y están intactos), sino esos silencios en los que un juguete comprende que su destino depende del cariño ajeno. Pixar sigue sabiendo filmar la melancolía como nadie.
No todo brilla igual. Hay una tendencia a explicar demasiado, a subrayar emociones que antes surgían naturalmente, quizá sea una tendencia de estos años, explicar porque seguro alguno esta distraído con el teléfono. El humor es eficaz, aunque menos inspirado, y algunos personajes parecen entrar y salir solo para cumplir con el contrato de la nostalgia.
La animación, por supuesto, es impecable. A esta altura, discutir la calidad técnica de Pixar es como discutir si el sol calienta. Lo interesante sigue estando en otra parte: en su capacidad para hablar de la vejez, la obsolescencia y el afecto sin perder la mirada de un niño.
Uno sale del cine preguntándose si hacía falta una quinta parte. Probablemente no. Pero también sale recordando que todos tenemos un Woody guardado en algún cajón y que, de vez en cuando, conviene abrirlo para comprobar que todavía somos capaces de jugar.
Como en las anteriores, también en esta habrá un tema que amenace con desplazarlos, y claro, es la tecnología, son las pantallas que dejan a los chicos horas frente a ellas como absortos, creyendo que están jugando cuando en realidad interactúan en linea. Son feroces esas imágenes que Jessie y los suyos ven por la ventana de su casa, ventanas y ventanas de chicos y adultos solos iluminados por los dispositivos.
Y el malo esta vez será Lillypad, una pantalla claro, que como no puede ser de otra manera, al final de la película reflexiona y hace lo correcto.
Jugar, jugar siempre, de eso se trata no importa la edad que tengas.



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