The killer

El hombre que inventó una forma de filmar la violencia intenta reencontrarse consigo mismo. Pero no lo termina de lograr.


5 Butacas



John Wooinventó un idioma para narrar la violencia en la pantalla. La hizo plástica, artística, casi un ballet de cadencias y contorsiones. Ni hablar de sus palomas que suelen aletear en espacios cerrados y que son un sello inconfundible. Pero también si ves a alguien con pistolas en ambas manos, iglesias convertidas en campos de batalla o villanos o asesinos con un código moral más férreo que el de muchos héroes. Ese es John Woo.

El problema de The Killer es que, esta vez, el traductor parece haber olvidado parte del diccionario.

Remake de su propia obra maestra de 1989, Woo actualiza la historia cambiando el género del protagonista: ahora la asesina es Zee, interpretada con solvencia física y elegancia por Nathalie Emmanuel, una sicaria que, tras dejar ciega accidentalmente a una joven cantante durante un trabajo, comienza a cuestionar la maquinaria criminal de la que forma parte. La persiguen tanto sus antiguos empleadores como un policía obstinado, encarnado por Omar Sy (el enorme, por tamaño, Lupin de la serie de Netflix).

La premisa sigue funcionando. El conflicto moral continúa siendo potente. Pero donde la versión original respiraba tragedia romántica y fatalismo, esta nueva entrega se conforma con ser un eficiente thriller de acción.

Y eso, tratándose de John Woo, es quedarse corto.

Hay mucho vacío por todos lados.

Las secuencias de acción conservan destellos del viejo maestro. Hay persecuciones, tiroteos coreografiados con precisión y algunos planos que recuerdan por qué Woo fue una influencia decisiva para generaciones de cineastas, desde Quentin Tarantino hasta Chad Stahelski el de John Week. 

Pero esos momentos aparecen aislados, como recuerdos de una época gloriosa más que como una verdadera reinvención de su estilo.

Nathalie Emmanuel aporta carisma y humanidad a un personaje que nunca termina de adquirir el peso mítico que tenía el asesino interpretado por Chow Yun-fat en la película original. Omar Sy, siempre magnético, compone un investigador creíble aunque el guion apenas le permite desarrollar la compleja relación de respeto mutuo que era el corazón emocional del film de 1989.

Visualmente, la película luce impecable. París ofrece un escenario elegante y fotogénico, pero esa belleza termina siendo demasiado pulcra. Al cine de Woo siempre le sentó mejor el caos que la perfección.

Quizá el mayor problema sea justamente la comparación inevitable. El director parece dialogar con su propio pasado, pero rara vez consigue igualar la intensidad emocional que convirtió a The Killer original en un clásico absoluto del cine de acción. La violencia está, la técnica también. Lo que aparece diluido es la melancolía, ese romanticismo casi operístico que hacía que cada bala pareciera disparada por el destino.

No es una mala película. Muy por el contrario: funciona como entretenimiento adulto y demuestra que Woo todavía sabe filmar acción con una claridad que muchos directores actuales envidiarían. Pero uno esperaba algo más que un ejercicio competente del hombre que redefinió el género.

Algunos directores envejecen buscando nuevos caminos. John Woo, en cambio, parece recorrer los pasillos de su propio museo. El recorrido sigue siendo agradable. Lo que ya no aparece con la misma frecuencia es la sensación de estar contemplando una obra maestra.

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