The wizard of the Kremlin
The Wizard of the Kremlin intenta explicar el misterio del poder, de la llegada al poder y de lo que se hace una vez que se logra.. No se interesa tanto por las decisiones que cambian la historia como por los hombres que susurran al oído de quienes las toman.
4 Butacas
Inspirada en la celebrada novela de Giuliano da Empoli, la película propone una idea inquietante: en el siglo XXI, el poder ya no se ejerce únicamente desde los palacios, sino desde el relato. Gobernar consiste, antes que nada, en escribir el guion que los demás aceptarán como realidad.
El protagonista no es un héroe ni un villano clásico. Es un arquitecto de ficciones, un estratega que entiende que una mentira repetida con elegancia suele resultar más eficaz que una verdad mal comunicada. En ese sentido, el Kremlin funciona menos como un edificio que como un escenario, donde cada gesto está calculado para producir un efecto.
La política en este relato es un drama profundamente humano. Los discursos importan menos que los silencios; las conferencias de prensa menos que las conversaciones en un despacho cerrado. Como en las mejores historias de espionaje, lo decisivo ocurre cuando parece que no está ocurriendo nada.
La dirección apuesta por una estética fría y ceremonial. Los pasillos interminables, los mármoles impecables y las oficinas despojadas transmiten una sensación de poder absoluto y, al mismo tiempo, de una enorme soledad. Los hombres que deciden el destino de millones parecen incapaces de gobernar sus propios fantasmas.
Retrata lo que pensamos que es ese lugar en el que la bipolaridad del mundo tuvo tanto tiempo tanta fantasía.
La película acierta cuando muestra que el autoritarismo moderno no necesita únicamente policías o ejércitos. Necesita narradores. Gente capaz de convencer a una sociedad de que la ficción es más confortable que la verdad. En ese punto, la historia deja de hablar de Rusia para hablar de cualquier democracia contemporánea.
No todo funciona con la misma precisión. En algunos tramos, la acumulación de referencias políticas puede enfriar el vínculo emocional con los personajes y el relato parece más interesado en la tesis que en el conflicto. Es el riesgo de un cine que privilegia las ideas por encima de la acción.
Es sin dudas un desafío enorme llevar un buen libro, que ademas fue muy vendido y traducido a varios idiomas, a una película llevadera, quiero decir, hay mucho texto.
Pero cuando encuentra el equilibrio, The Wizard of the Kremlin ofrece algo poco frecuente: un thriller intelectual que entiende que el poder no consiste en obligar a la gente a obedecer, sino en lograr que crea que eligió libremente.
Al salir de la sala queda una certeza incómoda. Los grandes magos nunca hacen desaparecer un conejo. Hacen desaparecer la duda. Y cuando una sociedad deja de hacerse preguntas, el truco ya está completo.
Párrafo aparte para Paul Dano (lo vi muy hinchado, como desfigurado o me parece a mi? Siempre susurrante y narrador en off algo monótono, y para Jude Law como Vladimir Putin en una buena interpretación, también están la ascendente Alicia Vikander y el siempre a mano Jeffrey Wright, actor fetiche de Wes Anderson).
Una película elegante, sombría y provocadora que convierte la comunicación política en el verdadero campo de batalla de nuestro tiempo. Porque las guerras podrán ganarse con armas, pero los imperios —ayer como hoy— se sostienen con relatos.



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