The diplomat (T4)

Hay una vieja máxima de la política que sostiene que los países no tienen amigos, tienen intereses. Después de cuatro temporadas de La diplomática, podríamos agregar que los matrimonios tampoco están exentos de esa regla.


8 Butacas



Porque si algo ha conseguido Debora Cahn, creadora de esta notable serie de Netflix, es demostrar que las relaciones internacionales y las relaciones matrimoniales tienen bastante más en común de lo que uno estaría dispuesto a reconocer.

En ambas hay negociaciones, traiciones, alianzas circunstanciales, secretos de Estado y, sobre todo, una permanente disputa por el poder.

La cuarta temporada de La diplomática, integrada por ocho episodios, profundiza esta idea y confirma que estamos frente a uno de los mejores exponentes del drama político televisivo contemporáneo.

Kate Wyler, interpretada por una formidable Keri Russell, es una diplomática estadounidense destinada como embajadora en Londres. Una mujer brillante, intuitiva, temperamental, bastante desprolija y poco interesada en los protocolos que tradicionalmente acompañan al poder.

Su marido, Hal Wyler, interpretado por Rufus Sewell, es también un diplomático extraordinario. Pero, a diferencia de Kate, disfruta del poder tanto como de los mecanismos necesarios para conseguirlo.

Se aman, se admiran, se necesitan y, probablemente, serían mucho más felices si vivieran en continentes diferentes.

La tercera temporada había elevado considerablemente las apuestas, con la llegada de Grace Penn a la presidencia estadounidense y el ascenso de Hal a la vicepresidencia.

Ahora, una operación secreta relacionada con armamento nuclear ruso amenaza con desencadenar una crisis internacional de consecuencias imprevisibles.

Pero lo verdaderamente interesante no es la amenaza nuclear.

Es lo que cada personaje está dispuesto a hacer para imponer su interpretación de lo que resulta conveniente para su país.

Y aquí aparece una de las grandes virtudes de la serie: nadie tiene completamente razón y nadie está completamente equivocado.

Los personajes se mueven en esa zona gris donde la ética, la responsabilidad institucional y la ambición personal se confunden peligrosamente.

La cuarta temporada incorpora definitivamente al centro de la narración a Allison Janney y Bradley Whitford, quienes interpretan a la presidenta Grace Penn y a su marido Todd.

Y esta incorporación constituye uno de sus mayores aciertos.

Janney es una actriz extraordinaria. Su presidenta tiene inteligencia, autoridad, una frialdad casi quirúrgica y esa capacidad de intimidación que poseen quienes no necesitan levantar la voz para hacerse obedecer.

Es una política profesional, con virtudes y defectos, capaz de tomar decisiones moralmente cuestionables porque considera que son estratégicamente necesarias.

Bradley Whitford, por su parte, construye un personaje mucho más interesante de lo que inicialmente parecía.

Todd Penn deja de ser una figura decorativa para convertirse en un actor relevante dentro de este complicado tablero.

Hay, además, un pequeño placer para los aficionados a las series políticas: volver a encontrar a Janney y Whitford, dos intérpretes fundamentales de aquella extraordinaria The West Wing, compartiendo nuevamente escenas.

Keri Russell continúa siendo el corazón de la serie.

Su Kate Wyler es una mujer que piensa demasiado rápido, habla demasiado rápido y parece estar permanentemente a punto de perder la paciencia.

Pero detrás de esa apariencia caótica hay una profesional formidable.

Rufus Sewell, mientras tanto, sigue componiendo uno de los personajes masculinos más atractivos de la televisión actual.

Hal Wyler es inteligente, seductor, manipulador y profundamente ambiguo.

Uno nunca termina de saber si está intentando salvar a su país, salvar su matrimonio o simplemente demostrar que es el hombre más inteligente de la habitación.

Desde el punto de vista narrativo, Debora Cahn demuestra nuevamente su experiencia como guionista de dramas políticos.

Los diálogos son rápidos, inteligentes y están cargados de dobles intenciones.

Los personajes rara vez dicen exactamente lo que piensan y, cuando finalmente lo hacen, generalmente provocan un desastre.

Su territorio es la ficción política inteligente, que utiliza los grandes conflictos internacionales para explorar las contradicciones humanas.

Y allí la serie continúa siendo extraordinariamente eficaz.

Hay, además, una cuestión especialmente interesante en esta cuarta temporada.

La diferencia entre tener poder y saber ejercerlo.

Grace Penn, en cambio, representa una concepción mucho más pragmática: el poder no sirve para expresar convicciones, sino para tomar decisiones.

En definitiva, La diplomática consigue algo que no resulta frecuente: llegar a su cuarta temporada sin agotar sus personajes ni perder su capacidad de sorprender.

Pero las actuaciones, la inteligencia de los diálogos y la extraordinaria química entre sus protagonistas compensan ampliamente esas debilidades.

Después de todo, detrás de las instituciones más poderosas del mundo siguen existiendo personas.

Y las personas, como sabemos, tienen la incómoda costumbre de comportarse como tales.

Una serie inteligente, entretenida y magníficamente interpretada, que nos recuerda que gobernar un país puede ser una tarea extraordinariamente complicada.


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