Los domingos
La gran ganadora de los premios Goya, el Oscar español, es una película íntima sobre la explosión que implica en una familia, el anuncio de que una hija está dispuesta a tomar los hábitos.
Con la tentación de sermonear, esta película no lo hace, toma otro camino, y nos presenta el proceso, los diálogos, las tensiones en el seno de una familia de clase media española (puede bien ser acá) cuando la hija mayor de tres hermanas, anuncia que en lugar de tomarse unos días con sus amigos, se va a recluir en el convento vinculado con su colegio, para discernir si ese es su lugar, si el llamado de Dios, que intenta explicar y que nadie entiende, es tan fuerte como para seguirlo.
Cuando Ainara les dice que se va a internar con las monjas de clausura, en su casa es un bombazo. Su madre falleció cuando era chica, su padre tiene ahora una nueva pareja que recién está entrando a la casa, y la figura materna sustituta ha sido su tía Maite, hermana del padre, que es atea militante y muy dura con la iglesia.
El padre se resigna, está convencido que no puede torcer esa decisión, entonces la tensión se traslada a la oposición de la hermana.
Hay un rol de Juan Minujín, muy bien porque no exagera acento como en otros casos, y es el complemento de Maite en su vida algo desordenada.
Nadie puede hacer nada para que cambie de opinión, nadie puede tentar a Ainara con nada que le haga cambiar de parecer.
Pero la película fluye, no se empantana en la discusión moral o la del cálculo, ni exagera los argumentos a favor ni en contra.
Al morir la abuela, madre del padre y la tía, ella tiene una especie de revelación en la iglesia que hace que, en medio del llanto, el rostro se le ilumine como si de verdad Dios le hubiera hablado en ese momento y ya no necesite nada para convencerse.
Hay pocas vocaciones hoy, cuando yo era chico era común conocer a alguien que tome los hábitos, o al menos estaban más a mano. No se si tiene que ver con que me pude haber ido alejando un poco de ese mundo o que de verdad, la crisis de las vocaciones es muy grande.
Pero lo cierto es que, una chica de 17 años con semejante convicción y con todo a la mano, no sale corriendo ante la posibilidad de besarse con un chico que le gusta, parece un caso raro en nuestros días.
Y el enfoque en la familia, en lo que les pasa a todos con eso en estos días está muy bien abordado.
La religión está presente todo el tiempo, pero la película no se interesa tanto por la doctrina como por su capacidad para ofrecer orden. El convento aparece como promesa de disciplina, pureza, sentido, espiritualidad y estructura. Para una chica joven, golpeada por una ausencia materna y criada en un entorno donde los adultos tampoco parecen tener respuestas muy sólidas, esa oferta puede resultar irresistible.
Por eso Los domingos funciona tan bien. Porque no obliga a elegir entre una denuncia cerrada contra la Iglesia o una defensa solemne de la fe. Le basta con mostrar la potencia de una institución que ofrece certezas absolutas a una persona demasiado joven como para saber si de verdad las quiere para siempre. Y le basta también con mostrar el desconcierto de una familia que no encuentra una forma legítima de responder a eso sin invadir, manipular o romper del todo el vínculo.
Está muy bien captada esa emoción e incertidumbre.



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