A private life

A los 63 años Jodie Foster ya no necesita demostrar absolutamente nada. Puede hacer de detective en Alaska, dirigir, desaparecer un par de años o irse a París a filmar una película enteramente en francés.



 
5 Butacas



Y nosotros vamos a verla.

Porque Jodie Foster pertenece a esa pequeña aristocracia de actores a los que uno todavía les concede una película por anticipado.

A Private Life —Vie privée en su título original— está dirigida por Rebecca Zlotowski, la directora de aquella muy buena Los hijos de otros, y comienza con una premisa bastante irresistible.

Lilian Steiner es una prestigiosa psiquiatra estadounidense que vive y trabaja en París. Es inteligente, distante, controladora, algo arrogante y aparentemente mucho mejor interpretando la vida de los demás que entendiendo la propia.

Hasta que una de sus pacientes muere. Supuestamente se suicidó. Lilian no lo cree.

Y una mujer que ha pasado buena parte de su vida buscando significados escondidos detrás de las palabras decide hacer algo bastante poco recomendable para una psiquiatra:

convertirse en detective.

Hasta acá podríamos estar frente a un Hitchcock con toques muy visibles de Woody Allen en algunas situaciones que no terminas de ser no dramáticas ni cómicas.

Una muerte sospechosa. París. Una mujer obsesionada. Secretos familiares. Grabaciones. Un marido. Y una protagonista que comienza a preguntarse si lo que está descubriendo pertenece a la realidad o a su propia necesidad de encontrar una explicación.

Pero Zlotowski hace algo más extraño. Y también más francés.

Porque cuando uno espera que la película acelere hacia el thriller, ella pisa el freno y empieza a hablar del psicoanálisis, la culpa, las relaciones familiares, la hipnosis, las vidas pasadas, el judaísmo, la memoria y hasta la ocupación nazi de París.

Es decir: Hitchcock entra por una puerta y Freud y Allen se meten por la otra.

Y durante buena parte de la película se disputan el living.

La consecuencia es una película difícil de clasificar. Tiene misterio pero no termina de ser un policial. Tiene momentos de comedia, pero tampoco es exactamente una comedia. Se aproxima al drama psicológico y enseguida se escapa hacia algo casi fantástico. Esa indefinición ha dividido bastante a la crítica.

A mí me parece que allí están simultáneamente su encanto y su principal problema.

Porque A Private Life promete una intriga que finalmente no le interesa demasiado resolver.

El crimen es una excusa para investigar a la investigadora.

Y entonces aparece la verdadera película.

Lilian se ha pasado la vida escuchando. O, quizás, creyendo que escuchaba.

Tiene pacientes, prestigio, método, certezas. Pero su relación con su hijo es complicada, su matrimonio terminó hace tiempo y empieza a sospechar que después de tantos años interpretando los problemas ajenos quizás nunca se detuvo demasiado a mirar los propios.

La muerte de Paula rompe ese mecanismo.

Y ahí Jodie Foster está extraordinaria.

Porque Foster tiene una cualidad que siempre me fascinó: puede interpretar inteligencia sin necesidad de explicarla.

Hay actores que necesitan que el guion nos diga que son inteligentes.

A Foster le alcanza con mirar.

Su Lilian es seca, incómoda, autoritaria. Incluso antipática por momentos. Y Foster no intenta hacerla querible.

Además está el placer adicional de verla actuar prácticamente toda la película en un francés absolutamente fluido —Foster estudió desde niña en el Lycée Français de Los Ángeles—, reservándose incluso algún exabrupto en inglés cuando las circunstancias superan a la civilización francesa.

Pero entonces aparece Daniel Auteuil.

Y la película mejora.

Auteuil interpreta a Gabriel, el exmarido de Lilian, y entre los dos construyen algo mucho más interesante que la investigación policial.

Construyen la intimidad de dos personas que estuvieron casadas.

Que es una cosa completamente diferente del amor.

Se conocen las manías. Las miserias. Los mecanismos de defensa. Saben exactamente dónde golpear y también dónde acariciar.

Hay una complicidad cansada entre Foster y Auteuil que resulta maravillosa.

De pronto dejan de parecer dos estrellas internacionales actuando y empiezan a parecer simplemente dos personas que alguna vez compartieron una cama, una casa, un hijo y demasiados desayunos.

Y ahí A Private Life encuentra su corazón. La propia crítica británica ha destacado que la relación Foster-Auteuil termina dando al film buena parte de la calidez que su misterio no consigue producir.

El problema es que Zlotowski parece querer demasiadas películas al mismo tiempo.

El policial.

La comedia.

La reflexión sobre el psicoanálisis.

La crisis de una mujer madura.

La relación con su hijo.

La reconciliación sentimental.

La hipnosis.

Las vidas anteriores.

Y llega un momento en que uno empieza a sospechar que quizás la única persona que verdaderamente necesita terapia es el guion.

Porque algunas ideas son fascinantes, pero aparecen, juegan un rato y desaparecen antes de desarrollarse.

Sin embargo, hay algo encantadoramente antiguo en A Private Life.

Es una película para adultos.

Y últimamente eso empieza a parecer casi un género cinematográfico.

A Private Life no es una gran película.

Su misterio es bastante menos interesante de lo que inicialmente promete y algunas de sus extravagancias parecen más caprichosas que profundas.

Pero es elegante, inteligente, ligeramente absurda y tiene dos actores formidables disfrutando de estar juntos delante de una cámara.

Y sobre todo tiene a Jodie Foster.

Una actriz que empezó trabajando con Scorsese cuando tenía doce años, sobrevivió a Hollywood, ganó dos Oscar antes de cumplir los treinta y todavía puede sentarse frente a una cámara, levantar apenas una ceja y hacernos pensar que detrás de esa mirada está ocurriendo algo que nosotros todavía no comprendimos.

No es más que para una noche de TV y ver a la Foster hacer lo que mejor sabe, y en francés.

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