Moria

Hay personas que tienen una biografía. Y hay otras que tienen una mitología. Moria Casán pertenece definitivamente al segundo grupo.


7 Butacas



Por eso quizás el primer acierto de Moria, la serie de ocho episodios que acaba de estrenar Netflix, sea comprender que hacer una biografía convencional de Moria Casán era prácticamente imposible. Porque para encontrar a Ana María Casanova habría que atravesar primero cincuenta años de Moria. Y Moria no parece demasiado dispuesta a correrse del camino. Y tampoco parece que valiera la pena.

La serie, escrita y dirigida por Javier Van de Couter, toma entonces una decisión bastante inteligente: no intenta desmontar el mito. Se mete adentro de él. Moria aparece como narradora, dueña del recuerdo y, en buena medida, directora espiritual de su propia biografía. Netflix la define, con bastante precisión, como la “titiritera de su propia historia”.

Y esto genera al mismo tiempo lo mejor y lo peor de la serie.

Porque Moria es fascinante cuando acepta que su protagonista es una criatura que se inventó a sí misma. Pero pierde fuerza cuando empieza a creer demasiado en la versión que Moria tiene de Moria.

Estamos, por momentos, peligrosamente cerca de la hagiografía (los autores de las vidas de los Santos).

La estructura tiene un hallazgo evidente: tres actrices interpretando a una misma mujer. Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth representan distintas edades de Moria. Pero no parecen estar interpretando simplemente edades diferentes. Casi podríamos decir que interpretan tres estadios diferentes en la construcción del personaje.

Y ahí está buena parte del atractivo.

Sofía Gala tiene probablemente el trabajo más difícil y también el más interesante. Porque interpretar a la propia madre siempre debe tener algo de sesión de psicoanálisis carísima, sólo que con cámaras alrededor.

Su parecido físico ayuda, naturalmente, pero hay algo más profundo. Su Moria todavía no es completamente Moria. Todavía podemos encontrar allí a la mujer antes del monumento. La ambición, la inteligencia, el cuerpo como herramienta, la llegada a la revista, ese universo argentino de plumas, capocómicos y camarines que hoy parece pertenecer a una civilización desaparecida. El trabajo de esta buena actriz en un desafío semejante es impecable.

Después aparece Griselda Siciliani.

Y Siciliani entiende perfectamente que no tiene que imitar a Moria. Tiene que reproducir su energía. Aunque también se las arregla muy bien con ese tono y esos mohines, como hizo antes con su Zulema Yoma en Menem.

Es la Moria que ya descubrió el mecanismo. La que comprendió que una frase podía valer tanto como una actuación, que la televisión necesitaba personajes y que el escándalo, bien administrado, podía convertirse en capital.

Probablemente sea la interpretación más divertida de las tres.

Y finalmente está Cecilia Roth, que aporta algo diferente: melancolía.

Su Moria ya conoce las consecuencias de haber sido Moria.

Es la mujer que sobrevivió al éxito, a la televisión, a los hombres, a los escándalos, a la cárcel en Paraguay y, sobre todo, a sí misma. Roth no busca reproducir solamente los gestos. Introduce pequeñas fisuras. Y por esas fisuras aparece ocasionalmente algo que la serie no siempre se anima a buscar: la vulnerabilidad.

Porque ése es, para mí, el problema central de Moria.

Uno termina sabiendo muchísimo sobre Moria Casán y quizás no tanto sobre Ana María Casanova.

La serie recorre más de medio siglo de espectáculo argentino —la revista, el cine popular, la televisión, Malas Muchachas, los años de ShowMatch, los escándalos, la maternidad, Brujas, Paraguay— y utiliza todo ese material para construir una especie de fresco de nuestra cultura popular.

Y ahí funciona muy bien.

Porque contar a Moria es también contar una Argentina.

La Argentina de Olmedo y Porcel. De las vedettes. De los teatros de la calle Corrientes. De las revistas que vendían cientos de miles de ejemplares. De la televisión abierta capaz de convertir una frase pronunciada un martes a la noche en una expresión que el país entero repetía el miércoles por la mañana.

Moria entendió ese mundo antes que casi todos.

Entendió algo que hoy parece obvio pero que hace cuarenta años no lo era: la celebridad es una narración permanente.

Mucho antes de Instagram, Moria ya era su propia red social.

Ella producía el contenido, generaba la polémica, instalaba la frase, construía la estética y después administraba las consecuencias.

Una influencer analógica.

Pero Moria es mucho más cómoda celebrando esa extraordinaria construcción que interrogándola.

Y a mí me hubiera gustado que la serie hiciera una pregunta un poco más incómoda.

¿Cuánto cuesta convertirse en personaje durante cincuenta años?

¿Qué ocurre cuando el personaje funciona tan bien que ya no sabemos dónde termina?

Porque posiblemente el mayor triunfo de Moria Casán sea también su misterio.

Ana María Casanova creó a Moria.

Después Moria creó a “La One”.

Y finalmente La One terminó devorándose a las dos.

Quizás por eso la serie resulta tan entretenida y al mismo tiempo deja una pequeña sensación de oportunidad perdida. Está muy bien actuada, visualmente es exuberante, por momentos delirante, tiene humor y posee algo fundamental: entiende perfectamente el universo que está retratando. Incluso las críticas más favorables señalan que funciona mejor cuando abandona la reconstrucción histórica convencional y se entrega a ese exceso casi fantástico propio de su protagonista.

Pero cuando termina, uno sospecha que Moria volvió a ganar.

Le encargaron una serie para descubrir quién era.

Y consiguió que ocho capítulos después sigamos viendo exactamente aquello que ella quiere que veamos.

No sé si es una limitación de la serie.

O la demostración definitiva del talento de Moria Casán.

Porque después de cincuenta años frente a las cámaras, todavía conserva el control del plano.

Y para alguien que hizo de sí misma su mejor obra, probablemente no exista un final más apropiado.


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