The crow girl (T1 y T2)
Los ingleses tienen una extraordinaria capacidad para conseguir que uno mire seis horas de asesinatos, abuso infantil, cadáveres mutilados, corrupción policial y familias destruidas y, cuando termina, piense:
“Qué buena serie para el fin de semana”.
7 Butacas
Es inglesa, transcurre en Bristol, está hablada en inglés y tiene ese maravilloso catálogo de policías agotados, cielos grises y casas donde aparentemente nadie ha pensado jamás en encender una lámpara.
Pero su ADN es escandinavo.
La serie está basada en la trilogía escrita por Erik Axl Sund, seudónimo de los escritores suecos Jerker Eriksson y Håkan Axlander Sundquist. Y eso se nota.
Porque acá no alcanza con encontrar al asesino. Primero hay que descender al infierno.
La primera temporada comienza con el cadáver de un adolescente encontrado en circunstancias brutales.
La detective Jeanette Kilburn, interpretada por Eve Myles (a quien empezamos a seguir desde Keeping Faith), queda a cargo de la investigación. Pronto aparecen otros cuerpos y empieza a dibujarse algo mucho más oscuro que un simple asesino serial.
Jeanette necesita comprender la mente que está detrás de esos crímenes.
Y entonces aparece la psicoterapeuta Sophia Craven, Katherine Kelly.
Y ahí empieza verdaderamente The Crow Girl.
Porque podríamos decir que estamos frente a una serie policial, pero sería quedarnos bastante cortos.
El crimen es la puerta de entrada.
Detrás están el abuso, el trauma, la identidad, la memoria, la violencia transmitida de una generación a otra y una pregunta bastante incómoda:
La primera temporada funciona como un rompecabezas.
Hay demasiados personajes, historias, nombres, policías, pacientes, chicos desaparecidos, familias, instituciones, recuerdos.
Durante los primeros capítulos uno sospecha que quizás debería estar tomando apuntes.
Yo recomiendo resistir.
Porque lentamente las piezas empiezan a acercarse.
Y cuando finalmente comprendemos qué relación existe entre ellas, The Crow Girl deja de ser un policial bastante bueno para convertirse en algo mucho más perturbador.
La crítica británica fue bastante favorable con aquella primera temporada: destacó especialmente su ritmo, oscuridad y capacidad para hacer converger las diferentes líneas narrativas, aunque algunos cuestionaron que confundiera ocasionalmente sordidez con profundidad. Es una objeción razonable.
Porque The Crow Girl es oscura.
No existe prácticamente ningún personaje que no cargue algún trauma.
Uno espera que aparezca el cartero simplemente para descubrir que también tuvo una infancia espantosa.
Pero la serie tiene dos armas formidables: Eve Myles y Katherine Kelly.
Myles construye una detective muy británica, Jeanette está cansada, tiene problemas familiares, su matrimonio se desmorona, su trabajo la consume.
Y posee esa particular capacidad de los detectives televisivos para resolver asesinatos extremadamente complejos mientras son incapaces de organizar una cena familiar.
Katherine Kelly tiene un trabajo todavía más difícil, Sophia Craven empieza siendo aparentemente la figura racional de la historia, la profesional, la mujer que comprende los mecanismos de la mente.
Pero poco a poco descubrimos que quizás estamos observando al personaje más complejo de toda la serie.
Y acá tengo que detenerme.
Porque hablar de la segunda temporada sin revelar el gran giro de la primera es complicado.
Y no pienso hacerlo.
El final de la primera temporada contiene una revelación enorme.
De esas que obligan a revisar mentalmente buena parte de lo que acabamos de ver.
Algunos espectadores la encontrarán brillante.
Otros pueden considerarla tramposa.
Yo estoy un poco en el medio.
Porque la segunda temporada mejora retrospectivamente la primera.
Eso no ocurre muchas veces.
La nueva temporada, estrenada en julio de 2026, comienza prácticamente una hora después de donde terminó la anterior. No reinicia la historia ni inventa otro asesino para justificar seis episodios más: continúa directamente las consecuencias de aquella revelación.
En lugar de utilizar el giro simplemente para sorprendernos, empieza a explicarlo.
A darle espesor psicológico, a mostrar de dónde proviene, y aquello que podía parecer un truco empieza a convertirse en el corazón de la historia.
Mientras tanto aparecen nuevos cadáveres.
Uno momificado dentro de la pared de una iglesia.
Otro en un freezer.
Pero esos nuevos crímenes vuelven a llevarnos hacia el pasado: Instituciones, abusos, secretos enterrados, adultos que durante años consiguieron seguir viviendo porque quienes debían proteger a los chicos prefirieron mirar hacia otro lado.
Y entonces entendemos que el verdadero tema de The Crow Girl nunca fueron los asesinos.
Es el daño.
También crece muchísimo la relación entre Jeanette y Sophia, porque entre ellas existe una intimidad extraña, de atracción, necesidad, sospecha, dependencia.
Cada una encuentra en la otra algo que le falta.
Hay algo que The Crow Girl hace extraordinariamente bien: Nunca nos deja cómodos.
Acá encontrar al asesino no arregla nada.
Las dos temporadas deben verse juntas.
La primera plantea el misterio.
La segunda explica la herida.
Es excesivamente oscura, ocasionalmente manipuladora y tiene algunos giros que obligan a suspender no solamente la incredulidad sino también un par de principios elementales de la psicología.
Pero está magníficamente actuada.
Tiene atmósfera.



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