La última casa
Hay películas que empiezan con una historia. Y hay películas que empiezan con una herida. La última casa pertenece a las segundas.
3 Butacas
Wagner Moura, el ascendente protagonista, tiene una cualidad bastante infrecuente: puede quedarse quieto frente a una cámara y transmitir la sensación de que algo está ocurriendo adentro. No necesita discursos. No necesita grandes gestos. Le alcanza con ese rostro cansado, esa mirada de hombre que parece haber vivido un poco más de lo recomendable.
Y esta película entiende perfectamente qué hacer con él.
Porque La última casa es, antes que nada, una película sobre la resistencia. No necesariamente la resistencia heroica, ésa que termina en monumentos y discursos. Hablo de una resistencia más pequeña. Más íntima. La de alguien que decide que existe una última cosa que no está dispuesto a entregar.
Y entonces aparece la casa no solamente como lugar físico, la casa es memoria. Es identidad. Es aquello que queda cuando alrededor todo empieza a desaparecer.
Eso me interesa mucho más que la anécdota puntual de la película, porque el director comprende algo bastante antiguo: las casas en el cine nunca son solamente casas.
No estamos frente al Moura explosivo que buena parte del público conoció como Pablo Escobar en Narcos. Tampoco exactamente frente al hombre político y devastado de El agente secreto. Acá trabaja desde otro lugar.
Desde el desgaste.
Su personaje lleva la derrota encima, pero todavía conserva algo parecido a la dignidad, debe proteger a su esposa (Greta Lee, también ascendente) y sus dos hijos, de esa indescriptible y terrorífica situación en la que están todos.
Un día no pudieron abrir las puertas de la casa, ni las ventanas, no pudieron salir, todo el barrio así, y se tuvieron que rebuscar para todo durante años (cultivar adentro de su casa, inventar trampas para cazar por la chimenea animales salvajes para comer, etc.).
Es una película sobre el confinamiento (hija de la pandemia) pero también de la resiliencia (no puedo no pensar en El Eternauta).
Y adentro están Greta Lee y Wagner Moura.
Dos actores demasiado buenos para una película que, lamentablemente, no siempre sabe qué hacer con ellos.
El problema comienza cuando The Last House decide que tiene que explicarnos demasiado.
Porque mientras no sabemos qué ocurre afuera, la película funciona.
El miedo es extraordinariamente sencillo:
hay algo del otro lado de la puerta. No sabemos qué. Y nuestra imaginación siempre dispone de un presupuesto de efectos especiales bastante superior al de Netflix.
Pero cuando finalmente la película empieza a mostrarnos sus cartas, pierde parte de su misterio.
Aparecen las criaturas.
Aparecen las explicaciones.
Aparece la ciencia ficción más convencional.
Y aquella película claustrofóbica, casi psicológica, empieza a convertirse en una película de monstruos.
Floja y mucho menos interesante.



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