The runner

Gal Gadot corre. Mucho, por calles, puentes, corre junto a canales, detrás de trenes, delante de gentes, corre toda la película.


2 Butacas



El problema de The Runner es que la única que corre es Gal Gadot.

La película no va a ninguna parte.

Y es una lástima, porque la idea inicial es formidablemente sencilla.

Maia Marten es una exitosa abogada londinense. Una mañana deja a su hijo Noah en el colegio y sale a correr antes de ir a trabajar.

Entonces le suena el teléfono, un hombre tiene a su hijo y no solamente secuestrado, el chico es diabético y el secuestrador puede controlar su dispositivo de insulina.

Las instrucciones son sencillas:

Seguir corriendo, no llamar a la policía, no pedir ayuda, o parar.

Y llegar dentro de una hora hasta determinado lugar para cumplir una tarea que no conviene revelar acá.

Si se detiene, su hijo muere.

Tenemos protagonista, amenaza, reloj, una ciudad como escenografía, una voz en el teléfono (que reconocemos enseguida) pero...no tenemos película.

Porque The Runner pertenece a una tradición cinematográfica que ha dado cosas muy buenas.

En Nick of Time, Johnny Depp tenía noventa minutos para cometer un asesinato si quería recuperar a su hija.

En Phone Booth, Colin Farrell prácticamente no podía moverse de una cabina telefónica.

Más recientemente Carry-On utilizó una idea parecida en un aeropuerto.

La fórmula funciona por una razón muy sencilla.

Restricción.

El protagonista tiene pocas opciones.

El tiempo se termina.

Y nosotros empezamos a preguntarnos qué haríamos en su lugar.

Acá el director parece convencido de que para transmitir desesperación tiene que mover desesperadamente la cámara.

Cortes, zooms, desenfoques, cámara temblando, imágenes aceleradas, más cortes, Gal Gadot corriendo, corte, teléfono, corte, piernas, Londres, corte, zapatillas, corte, Gal Gadot corriendo y transpirando, corte, .

En determinado momento uno tiene ganas de pedirle al montajista que se siente cinco minutos y tome un vaso de agua.

Porque hay una diferencia fundamental entre movimiento y tensión.

Hitchcock podía generar más suspenso mostrando una llave sobre una mesa que muchas películas contemporáneas haciendo explotar tres edificios.

Porque el suspenso no consiste en que algo se mueva rápido.

Consiste en saber algo y temer lo que puede ocurrir.

Y The Runner parece haber olvidado esa diferencia.

Después está Gal Gadot.

Y acá conviene ser justos.

Gadot probablemente tenga más detractores que casi cualquier actriz contemporánea.

Desde Wonder Woman existe una discusión permanente sobre sus limitaciones interpretativas.

Esta película no va a terminarla.

Pero tampoco creo que sea justo responsabilizarla del desastre.

El guion le pide básicamente cuatro cosas.

Correr, jadear, llorar, hablar por teléfono.

Durante ochenta minutos.

Meryl Streep tendría dificultades para encontrar demasiados matices ahí.

Gadot cumple físicamente.

Uno cree que está agotada.

El problema es que necesitamos algo más importante.

Creer que está aterrada.

Y la película nunca consigue establecer completamente esa conexión emocional.

Del otro lado del teléfono está Damian Lewis.

Un actor formidable.

Y probablemente ésa sea una de las oportunidades más desperdiciadas.

Porque una película construida alrededor de una mujer y una voz necesita que esa voz sea extraordinaria.

Pensemos en Kiefer Sutherland en Phone Booth.

No lo vemos durante prácticamente toda la película y, sin embargo, está presente en cada segundo.

Lewis tiene la voz.

Tiene la inteligencia.

Tiene la ironía.

Pero el guion le entrega un villano genérico que dice cosas amenazantes porque los villanos de estas películas dicen cosas amenazantes.

El secuestrador parece tener capacidades tecnológicas que varían según las necesidades del guion.

Sabe cosas cuando necesita saberlas.

Ve cosas cuando necesita verlas.

Controla cosas cuando necesita controlarlas.

Y cuando alguna de esas capacidades complicaría la siguiente escena...

convenientemente desaparece.

Eso no es suspenso.

Es administración fraudulenta del guion.

Y cuanto más pensamos en lo que está ocurriendo, peor funciona.

La película también intenta introducir algunas ideas sobre inteligencia artificial, teléfonos inteligentes, vigilancia y nuestra dependencia tecnológica.

La película dura solamente 84 minutos.

Y parece más larga.

Eso es casi un logro metafísico.

Deberíamos mirar el reloj de Maia.

Terminamos mirando el nuestro.

Y sin embargo no diría que The Runner es aburrida.

Es demasiado frenética para permitirlo.

Es otra cosa.

Es olvidable.

Una de esas películas de plataforma que aparecen un viernes, ocupan durante algunas horas el primer lugar del menú y quince días después uno encuentra el afiche y piensa:

“¿Esta la vi?”


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