Slow horses T6

Nunca hay que subestimar a los perdedores

Mucho menos si ese perdedor se llama Jackson Lamb, bebe demasiado, fuma compulsivamente, tiene hábitos higiénicos francamente cuestionables y está interpretado por Gary Oldman.


8 Butacas



La sexta temporada de Slow Horses, la formidable serie británica de Apple TV, vuelve a demostrar que el espionaje puede ser mucho más interesante cuando sus protagonistas son una colección de fracasados que cuando se trata de impecables agentes secretos vestidos por Savile Row.

Porque, a diferencia de James Bond, Jackson Lamb no necesita un Aston Martin, un martini ni una mujer hermosa para resolver una conspiración internacional.

Le alcanza con su inteligencia, una oficina miserable y una extraordinaria capacidad para insultar a sus subordinados.

Esta sexta entrega, compuesta por seis episodios y basada en dos novelas de Mick Herron, presenta una historia particularmente oscura, donde las cuentas pendientes del pasado comienzan a cobrarse con una violencia que amenaza la supervivencia del propio equipo.

Todo comienza con la muerte sospechosa de un antiguo integrante de Slough House. Lo que inicialmente podría parecer un episodio aislado pronto revela una serie de asesinatos que tienen como víctimas a antiguos agentes relegados por el servicio de inteligencia británico.

Alguien está eliminando a los caballos lentos.

Y esta vez no parece tratarse simplemente de una operación para desprestigiarlos.

Mientras River Cartwright enfrenta las consecuencias de la muerte de su abuelo, el legendario David Cartwright, una conspiración que involucra a viejos enemigos, intereses políticos y operaciones clandestinas comienza a desarrollarse alrededor de los protagonistas.

La reaparición de Frank Harkness, interpretado por Hugo Weaving, introduce nuevamente a uno de los personajes más inquietantes de la saga.

Y el regreso de Sid Baker, a quien da vida Olivia Cooke, recupera una historia que parecía definitivamente enterrada desde la primera temporada.

La gran virtud de Slow Horses sigue siendo su extraordinaria combinación de géneros.

Es una serie de espionaje, naturalmente. Pero también es una comedia negra, un retrato despiadado de la burocracia británica y, fundamentalmente, una historia sobre personajes que han sido descartados por las instituciones a las que dedicaron sus vidas.

En esta sexta temporada, esa condición adquiere una dimensión todavía más inquietante.

Porque una cosa es ser considerado prescindible por tus superiores y otra bastante diferente es descubrir que alguien ha decidido eliminarte definitivamente.

Las conspiraciones se multiplican, las alianzas cambian y algunas resoluciones exigen una generosidad considerable por parte del espectador.

Pero cuando el relato parece perderse en sus propios laberintos, aparece Gary Oldman.

Y todo vuelve a funcionar.

Su Jackson Lamb es, probablemente, uno de los personajes más extraordinarios que ha producido la televisión británica contemporánea.

Un hombre que parece haber renunciado a cualquier forma de cortesía, pero que conserva un código ético mucho más sólido que el de aquellos funcionarios que proclaman defender las instituciones.

Oldman ha convertido la vulgaridad en una forma de elegancia interpretativa.

Su personaje puede resultar repugnante, cruel y deliberadamente ofensivo, pero basta observarlo durante unos segundos para comprender que detrás de esa apariencia se esconde una inteligencia formidable.

Y algo todavía más interesante: una profunda lealtad hacia quienes están bajo su responsabilidad.

En una organización donde todos parecen dispuestos a traicionar a cualquiera para conservar sus privilegios, Lamb continúa siendo el único capaz de reconocer que las personas importan más que las instituciones.

Jack Lowden, como River Cartwright, encuentra en esta temporada nuevas oportunidades para desarrollar la vulnerabilidad de su personaje. La muerte de su abuelo lo obliga a enfrentarse con una herencia personal y profesional que ha condicionado buena parte de su existencia.

Lowden consigue transmitir esa combinación de inseguridad, valentía e impulsividad que convierte a River en el contrapunto ideal de Lamb.

Uno representa la experiencia y el desencanto.

El otro, la necesidad de demostrar que todavía vale la pena creer en algo.

Kristin Scott Thomas continúa construyendo una Diana Taverner formidable. Su personaje encarna una concepción del poder donde la moralidad es apenas una variable de negociación.

Elegante, calculadora y despiadada, Taverner parece comprender que, en los servicios de inteligencia, la verdad no es necesariamente aquello que ocurrió, sino aquello que conviene que los demás crean.

La relación entre ella y Lamb sigue siendo uno de los grandes atractivos de la serie.

Dos profesionales extraordinariamente inteligentes que se desprecian, se necesitan y conocen demasiado bien los secretos del otro.

El Londres de Slow Horses continúa siendo una ciudad gris, burocrática y amenazante, donde los despachos oficiales pueden resultar bastante más peligrosos que los callejones oscuros.

Y aquí aparece uno de los aspectos más interesantes de esta sexta temporada.

La idea de que el verdadero peligro para las instituciones no siempre proviene de sus enemigos declarados, sino de aquellos que utilizan sus estructuras para satisfacer ambiciones personales.

Herron conoce perfectamente la tradición del espionaje británico, pero introduce una mirada profundamente desencantada sobre el poder.

Sus funcionarios no son necesariamente patriotas ni traidores.

Son, muchas veces, simples oportunistas.

La temporada no está exenta de problemas. Algunas situaciones resultan excesivamente inverosímiles y determinados enfrentamientos parecen concebidos para producir impacto antes que para respetar la lógica narrativa.

Pero la serie conserva algo que muchas producciones contemporáneas han perdido: personajes verdaderamente interesantes.

Después de seis temporadas, seguimos preocupándonos por estos espías fracasados, por sus pequeñas miserias y por sus improbables actos de valentía.

Pero en un universo poblado de funcionarios impecablemente vestidos que venden sus principios al mejor postor, este hombre desagradable, sucio y maleducado termina representando algo parecido a la integridad.

Una paradoja maravillosa.

Una serie que conserva su inteligencia, su extraordinario elenco y ese humor británico capaz de convertir una tragedia en una observación sarcástica.


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