Gutiérrez is mai neim
Lo primero que sobresale en esta serie de 8 capítulos cortos que Hulu (Disney) estrenó en su plataforma es que no hay dudas que esto es Argentina, y mucha menos dudas que se trata del conurbano bonaerense.
7 Butacas
El desaliño, las cosas rotas o pegadas con cinta, las estrecheces, la tierra, el calor, los vicios de siempre son tan protagonistas del relato, que casi prescindimos de la historia. Solamente acá un tipo puede presentarse ante un norteamericano diciendo “Gutiérrez is mai neim” y considerar que el asunto del idioma ha quedado definitivamente resuelto.
La nueva serie argentina de Disney+, dirigida por Jesús Braceras y escrita por el propio Braceras junto a Gabriel Nicoli, tiene una premisa magnífica: aparece asesinado de un tiro en la frente el embajador ruso en la Argentina. El cadáver, para desgracia de la diplomacia internacional y felicidad de la comedia, aparece en el conurbano bonaerense. Y por una de esas cuestiones burocráticas que suelen decidir el destino de los hombres, la investigación cae en manos del subcomisario Roberto Gutiérrez.
Gutiérrez es Darío Barassi.
Y ahí está la primera sorpresa. Porque Braceras hace algo inteligente: no intenta aprovechar al Barassi que todos conocemos. Hace exactamente lo contrario. Lo ensucia, lo envejece, lo despeina, lo vuelve ordinario, prepotente, bastante desagradable y lo mete dentro del uniforme de un policía del conurbano que conoce perfectamente su territorio aunque no tenga la menor idea de cómo investigar el asesinato de un embajador.
Gutiérrez puede no saber demasiado de geopolítica, pero sabe dónde está parado.
Y para él eso alcanza.
El problema es que aparecen los norteamericanos. La CIA desembarca para hacerse cargo del asunto y Gutiérrez descubre algo mucho más grave que tener un embajador ruso muerto en su jurisdicción: hay unos yanquis queriendo decirle cómo hacer su trabajo.
Entonces comienza una especie de guerra fría versión tercer cordón del conurbano.
De un lado, la CIA, los protocolos, la tecnología, los trajes impecables y Mike Robinson, ese agente insoportablemente correcto que representa todo aquello que Gutiérrez detesta.
Del otro lado están Gutiérrez y el teniente Rubén Torcoletti, interpretado por Yayo Guridi, acompañados por una brigada policial cuya principal virtud no parece ser precisamente la eficiencia.
Y allí aparece lo mejor de la serie: Barassi y Yayo. Funcionan.
Funcionan porque no parecen dos comediantes esperando el momento de hacer un chiste. Parecen dos policías que llevan veinte años trabajando juntos y que, accidentalmente, son graciosos.
Yayo, sobre todo, entiende perfectamente cuál es su trabajo. No compite con Barassi. Lo acompaña. Torcoletti es ese compañero que probablemente sabe que Gutiérrez está equivocado pero que también sabe que discutirle sería muchísimo más trabajoso que acompañarlo.
La serie recupera algo de la vieja comedia de compañeros, de aquellas buddy movies policiales de los ochenta y noventa donde dos tipos podían resolver un crimen mientras discutían sobre cualquier estupidez. De hecho, sus propios responsables reconocen esa voluntad de homenaje al policial de aquellos años.
Pero Gutiérrez is mai neim le agrega algo profundamente argentino: El conurba.
Y no como simple escenario.
El conurbano es un personaje.
Desarmaderos, bingos, cabarets, geriátricos, cortes de ruta, dealers, caranchos, manifestaciones, tomas de rehenes, el Grupo Halcón y hasta una fiesta nacional del higo forman parte del universo por el que avanza la investigación.
Hay algo de sainete policial y costumbrismo en todo esto.
Y también una tradición bastante nuestra de reírnos de las instituciones porque, probablemente, es la única manera que encontramos de soportarlas.
La policía no funciona demasiado bien. La política tampoco. La diplomacia parece bastante inútil. Los servicios de inteligencia no son tan inteligentes.
Y sin embargo todo sigue funcionando.
Más o menos, como el país.
La serie además tiene una decisión estética interesante. No busca hacer una comedia televisiva luminosa. Hay una fotografía gris, áspera, casi sucia, que por momentos parece corresponder a un policial serio. Y sobre esa imagen aparecen personajes y situaciones completamente absurdas. Ese contraste es probablemente uno de sus mayores aciertos.
También hay un problema, Gutiérrez is mai neim quiere ser muchas cosas al mismo tiempo:
Policial. Comedia negra. Parodia. Buddy movie. Costumbrismo.
Y no siempre consigue que todas esas piezas funcionen juntas.
Hay chistes que llegan tarde, situaciones que se estiran más de lo necesario y momentos donde la serie parece confiar demasiado en que Barassi puede salvar una escena solamente siendo Barassi.
La eficacia humorística es irregular y algunos episodios funcionan bastante mejor que otros; esa irregularidad también aparece entre las primeras observaciones críticas sobre la serie.
Pero hay algo que termina inclinando la balanza a favor.
El personaje.
Porque debajo de la caricatura empieza a aparecer un tipo. Gutiérrez es bruto, soberbio, tramposo, desprolijo y maneja una concepción bastante personal de la legalidad.
Pero también tiene códigos. Y ese detalle es fundamental.
Porque los códigos pertenecen a una tradición narrativa mucho más antigua que las plataformas: la del policía imperfecto que conoce la calle mejor que cualquier manual.
Gutiérrez sabe cosas que la CIA jamás podría aprender.
Sabe quién miente. Sabe quién roba. Sabe a quién preguntarle. Sabe cuándo mirar para otro lado.
Y, sobre todo, sabe que en su territorio las reglas escritas son apenas una sugerencia.
Darío Barassi consigue probablemente uno de sus trabajos actorales más interesantes porque acepta desaparecer detrás del personaje. Yayo Guridi encuentra un compañero perfecto, seco y contenido, y alrededor de ellos Jesús Braceras construye una fauna reconocible, exagerada y, justamente por eso, bastante verdadera. El elenco principal se completa con Juli Savioli, Abian Vainstein y Lucas Molina.
Tiene algo que muchas comedias actuales han perdido tratando desesperadamente de ser universales:
tiene identidad.
Y en tiempos donde buena parte de las series parecen diseñadas por un algoritmo para poder ocurrir indistintamente en Madrid, México, Buenos Aires o Seúl, encontrarse con una ficción que solamente podría ocurrir acá tiene cierto encanto.



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