Blue moon
A veces hay películas pequeñas, de pocos movimientos, cargadas de sentimiento, que resultan poéticas y mantienen nuestra atención aunque no conozcamos nada de la historia que cuentan.
7 Butacas
Pero nos permiten ponernos en la época, en la situación, en la atmósfera y hasta en el temperamento y los sentimientos de sus protagonistas.
El buen director Richard Linklater logra esto y más con Blue moon.
Para que se entienda, es una noche en la vida de un poeta. Así de romántico. Un letrista de canciones y una estrella del Boradway de los años 30 y comienzos de los 40.
Una noche en un bar (la barra de un restaurante de la zona de los teatros que tengo el gusto de conoce y de ir cuando visito la ciudad) el Sardi's, en la cual se instala Lorenz Hart (Ethan Hawke en uno de los mejores trabajos de su carrera) una especie de Homero Manzi (perdón la licencia) de la canción norteamericana.
Junto con Ricard Rogers son los responsables de buena parte del American Songbook, esas canciones que conocemos aunque no sepamos hablar inglés.
Pero su vida no era tan glamorosa.
De muy baja estatura (medía 1,52) y una sexualidad poco clara, esa noche en esa barra, a la que llegará primero y de la que se irá último, será una confesión desgarradora, picante, inteligente y tierna la que nos ubique en el momento del personaje y su vida.
Está muy bien logrado el efecto de baja estatura, porque no lo exagera y no lo disimula.
Esa noche es noche de estreno, su compañero acaba de estrenar un éxito y ahí se festejará, hace algún tiempo que no compone con el, debido a su falta de disciplina, sus borracheras frecuentes y su inconstancia (el nuevo coequiper del músico es nada menos que Oscar Hammerstein, otra leyenda) y esa noche Larry estará ahí para fingir que le interesa, pero para intentar volver.
En el arranque la confesión con el barman (Bobby Cannavale) y un monólogo extraño para hacer en cine, porque el director elige que sea parecido al teatro y no se mueve mucho mientras el actor lo hace, dándonos una cercanía increíble con lo que nos está contando.
Es una fantasía romántica, con una joven que lo enamoró, pero que lo mantiene en los platónico todavía, una belleza que compone la ascendente y hermosa Margaret Qualley, que solo quiere conseguir ser alguien en ese ambiente.
Hay algo de tango, hay algunas similitudes con esos personajes poetas que poblaban los cabarets de Buenos Aires, que por esos tiempos eran tan cosmopolita como Nueva York.
Y hay melancolía, el retrato de un artista traumado y complejo, que ve como se desploma su vida a pesar del éxito sin poder hacer nada al respecto.
Andrew Scott, el inglés, es Rodgers y lo hace con eficiencia.
Un autor prolífico, exitoso y metódico.
Hay una escena entre los dos en el descanso de la escalera que es una obra maestra en todos los sentidos, ahí los dos paran para hablar y en pocos minutos se enrostran los problemas que han definido sus vidas.
Scott le dice que aún tiene una gran deuda con el hombre que forjó su carrera, pero también no soporta que a menudo estuviera demasiado borracho para hacer trabajar.
Como todas las parejas creativas, esas relaciones se hacen de altibajos; recuerdos profundos y alegres mezclados con las veces que se sintieron decepcionados por alguien en quien confiaban. Pocas escenas han capturado mejor esta dinámica, ya que Rodgers anima a Hart a que se ponga las pilas y sabe que no lo hará. Parece que quiere abrazarlo y golpearlo al mismo tiempo.
Hawke también deja entrever algo de la desesperación de su personaje. Es él mismo su peor enemigo. Todos conocemos gente así.
Richard Rodgers abandona esa conversación para subir a una fiesta a la que Lorenz Hart nunca asiste. Al final de la noche, Rodgers ha ido a una mejor. Lorenz Hart moriría menos de un año después, borracho y solo.
El clima de la película está atrapado en una frase de precisamente Blue moon, una de sus canciones “I heard somebody whisper, “Please, adore me.”
Ojalá alguien pudiera amarlo tanto...



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