Mis muertos tristes

Cuántos muertos tiene que acumular una sociedad para empezar a verlos? 

Los muertos de Mariana Enriquez no saben irse y nosotros no sabemos qué hacer con ellos.


6 Butacas



Los escondemos, los olvidamos, los enterramos.

A veces debajo de una ciudad, de una familia, de una dictadura, de una villa, de una noticia policial que ocupa tres días los noticieros hasta que aparece otra.

Mis muertos tristes, la miniserie de Netflix de 4 capítulos dirigida por Pablo Larraín sobre los cuentos de Mariana Enriquez, empieza precisamente rompiendo ese pacto.

Porque acá los muertos vuelven.

Aunque sería más correcto decir que nunca se fueron.

Ema, interpretada por Mercedes Morán, es una médica a la que acaban de jubilar por algunos problemas durante la pandemia y tiene una particularidad bastante incómoda:

ve muertos.

No como en El sexto sentido.

Estos muertos están ahí.

Conviven, molestan, se quejan, gimen, esperan, son como espectrales.

Ema aprendió durante años a ignorarlos.

Incluso al fantasma de su propia madre, que continúa circulando por su casa con esa extraordinaria capacidad que tienen algunas madres para seguir opinando incluso después de muertas.

Pero llega Julie, su sobrina que nació en Estados Unidos (viene con sus padres Portaluppi y Flechner) y también puede comunicarse con los muertos.

Sólo que de una manera completamente diferente.

Donde Ema puso distancia, Julie se acerca.

Donde Ema construyó una defensa, Julie abre una puerta.

Y detrás de esa puerta hay demasiada gente esperando.

Entonces aparecen tres chicas asesinadas.

Todo en esta miniserie tiene el toque sutil de un director que sabe de climas, que sabe cómo contar vidas de mujeres (Jackie, Spenser, María Callas).

Todo será sepia, gris, húmedo, todo está rodeado de basura, de incomodidad, de estrechez. 

El escenario es Piedrabuena, un conurbano extraordinariamente conurbano pero con una impronta brutalista que lo hace distinto, casi que es lo único bello en esta historia, gris, pero bello.

También hay violencia callejera, drogas, pobreza, familias desesperadas que llevan sus dramas eternamente, abandono de todo tipo.

Y los muertos empiezan a hablar. Todos. Son un coro de dolor y lamento.

Ahí comprendemos qué clase de historia estamos viendo.

Porque Mis muertos tristes tiene fantasmas.

Pero el terror no está en los fantasmas.

Está en por qué hay tantos.

Mariana Enriquez lleva años trabajando sobre esa idea.

Su literatura toma elementos clásicos del terror —casas, apariciones, cuerpos, brujería, cementerios— y los instala en lugares reconocibles.

Una calle, una estación, un barrio, una casa que se desmorona por falta de mantenimiento pero que resiste, la periferia de Buenos Aires, un enorme tanque de agua en medio de los edificios.

Y consigue algo extraordinariamente incómodo.

Que lo sobrenatural parezca menos aterrador que la realidad.

Pablo Larraín entiende perfectamente ese universo.

Y probablemente no sea casual, porque Larraín también lleva buena parte de su carrera filmando fantasmas. Pinochet es un fantasma en su cine. Jackie Kennedy convive con el fantasma de su marido. Lady Di con el de una monarquía que la devora.

Larraín parece obsesionado por una pregunta:

¿qué hacemos con un pasado que se niega a convertirse en pasado?

Mariana Enriquez también.

Era difícil que no se encontraran.

Y el encuentro funciona especialmente cuando Larraín comprende que no necesita ilustrar a Enriquez.

Necesita construir su propio mundo a partir de ella.

Por eso Mis muertos tristes no es una adaptación convencional. Toma personajes y situaciones de distintos cuentos y los mezcla.

El resultado tiene algo de criatura cosida. Un pequeño Frankenstein narrativo.

Y se le ven algunas costuras.

Hay historias que funcionan mejor que otras.

Personajes que aparecen con enorme potencia y después parecen perderse.

Alguna subtrama reclama un desarrollo que cuatro episodios no terminan de darle.

Y por momentos se siente la operación de intentar hacer convivir relatos que originalmente no nacieron juntos.

Pero también es cierto que las costuras forman parte de su personalidad.

Porque todo este universo parece construido con pedazos.

Pedazos de historias, pedazos de familias, de una ciudad, de muertos.

Mercedes Morán es fundamental.

Porque hace algo dificilísimo.

Le quita solemnidad al horror, tiene una especie de humor.

Ema puede estar hablando con una aparición y reaccionar con el fastidio de quien encontró nuevamente una pérdida de agua en el baño.

Eso es profundamente argentino.

Si mañana apareciera un fantasma en un departamento de Buenos Aires, probablemente después del tercer día alguien le preguntaría si va a colaborar con las expensas.

Morán entiende ese tono.

Su Ema está cansada, no asustada.

Y esa diferencia modifica todo.

Porque para ella lo sobrenatural no es extraordinario.

Lo extraordinario sería conseguir que la dejaran tranquila.

Dolores Fonzi aporta otra energía, más nerviosa, más terrestre. Sabe lo que puede hacer la madre y la fastidia, hasta que le pide ayuda para comunicarse con un muerto muy importante de su pasado.

Y alrededor de ellas Larraín construye un universo predominantemente femenino donde madres, hijas, hermanas y sobrinas cargan con cosas que los hombres muchas veces dejaron atrás.

O dejaron directamente sobre ellas.

Y aparece entonces algo que atraviesa buena parte de la obra de Enriquez.

El cuerpo de las mujeres.

El cuerpo deseado, castigado, violentado, desaparecido, muerto.

Y, finalmente, el cuerpo que vuelve.

Porque los fantasmas de Mis muertos tristes reclaman algo elemental.

Ser vistos.

Hay personas que pueden morir dos veces.

La primera cuando dejan de respirar.

La segunda cuando nadie recuerda que existieron.

Y quizás por eso la serie coloca sus fantasmas donde los coloca.

Vienen de barrios olvidados.

De asesinatos, de violencia doméstica, de adicciones, de vidas que para buena parte de la sociedad son apenas estadísticas.

Larraín filma todo eso con una belleza extraña.

Fría, azulada, a veces casi irreal.


Hay una tensión acá. Porque Mariana Enriquez escribe con mugre.

Uno casi puede oler sus cuentos. Hay humedad. Transpiración. Basura. Sangre seca.

Paredes descascaradas.

La Argentina de Enriquez tiene textura.

Larraín, en cambio, tiene una tendencia inevitable a embellecer incluso aquello que filma como pesadilla.

Y por momentos uno siente que la pobreza quedó demasiado bien fotografiada.

Que la fealdad se volvió hermosa.

Y cuando la miseria adquiere una composición visual perfecta puede perder justamente aquello que debería incomodarnos.

Sin embargo, hay imágenes poderosísimas.

Y hay una atmósfera que pocas series argentinas consiguen construir.

Mis muertos tristes no trabaja con el susto.

No está esperando detrás de una puerta para hacernos saltar.

Trabaja con algo bastante peor.

La contaminación.

Poco a poco el mundo de los muertos invade el de los vivos hasta que ya no sabemos exactamente dónde termina uno y empieza el otro.

Y ahí está, para mí, la mejor idea de la serie.

Porque quizá nunca estuvieron separados.

Buenos Aires es una ciudad construida sobre capas.

Una casa reemplaza otra casa.

Un edificio reemplaza una fábrica.

Una autopista atraviesa un barrio.

Una generación intenta olvidar lo que hizo la anterior.

Pero abajo queda todo.

Por eso Mis muertos tristes funciona mejor cuando deja de intentar asustarnos.

Porque no necesitamos que aparezca un fantasma.

La idea verdaderamente aterradora es otra.

Que alguien pueda morir y que a nadie le importe.

Ahí Mariana Enriquez es implacable.

Y Larraín, cuando consigue no imponerse sobre ella, también.

La serie no es perfecta.

Tiene algo fragmentario.

Algún subrayado innecesario.

Algunas historias que parecen pedir más aire.

Y sospecho que quien conozca profundamente los cuentos encontrará en ellos matices que inevitablemente se pierden cuando la literatura pasa por la maquinaria de Netflix.

Pero tiene personalidad.

Y eso hoy no es poco.

Una serie argentina que decide que nuestro terror no necesita importar demonios.

Tenemos los nuestros.

Y quizás por eso el título sea tan hermoso.

No se llaman Mis muertos aterradores.

Se llaman Mis muertos tristes.

Porque cuando finalmente conseguimos mirar a esos fantasmas, debajo del miedo aparece otra cosa.

Dolor, abandono, solidad, una injusticia que quedó sin reparar.

Los muertos no siempre vuelven para vengarse.

Algunos vuelven simplemente porque nadie los escuchó cuando estaban vivos.


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