Barreda
EL NOMBRE QUE SE QUEDÓ CON LA HISTORIA
Hay crímenes que terminan cuando detienen al asesino. Y hay otros que siguen ocurriendo, de una manera mucho más extraña, durante años.
El de Ricardo Barreda pertenece a los segundos.
Porque después de asesinar a su esposa, a su suegra y a sus dos hijas aquel 15 de noviembre de 1992, Barreda consiguió algo todavía más perturbador: convertirse en personaje.
Los argentinos que tenemos edad suficiente para recordar aquellos años sabemos perfectamente de qué estamos hablando.
Barreda fue tapa de diarios, tema de sobremesa, protagonista de programas de televisión. Se hicieron chistes sobre él. Circularon remeras, canciones y adhesivos. Su escopeta tuvo nombre propio. Y una parte nada insignificante de la sociedad terminó construyendo alrededor suyo la caricatura del pobre hombre sometido por cuatro mujeres insoportables que, finalmente, un día explotó.
Como si cuatro asesinatos pudieran ser el remate de un chiste.
Treinta y tantos años después, Barreda, la película de Daniela Goggi, viene fundamentalmente a discutir aquella construcción.
Goggi entiende que reconstruir simplemente el crimen sería bastante poco interesante. Todos sabemos quién mató. Todos sabemos cómo terminó aquella tarde en la casa de La Plata.
El misterio es otro.
¿Cómo consiguió Ricardo Barreda convertirse en víctima después de haber asesinado a cuatro personas?
La película busca la respuesta alternando dos tiempos: la vida dentro de aquella casa y el juicio realizado tres años después.
Y entre ambos espacios aparece lentamente la fabricación de un relato.
Porque Barreda habla. Explica.Justifica.
Se presenta como un hombre humillado, despreciado, desplazado dentro de su propia casa.
Y mientras él habla, nosotros vemos.
Y lo que vemos no necesariamente coincide con lo que escuchamos.
Ahí aparece una de las decisiones más inteligentes de la película.
Daniela Goggi no necesita convertir a las cuatro mujeres en santas para demostrar que fueron víctimas. Pueden discutir, ser desagradables, tener miserias, contradicciones y malos días.
Porque ninguna de esas cosas explica cuatro disparos.
Parece una obviedad.
Curiosamente, durante muchos años no lo fue.
Luis Machín construye un Barreda extraordinario precisamente porque evita interpretarlo como un monstruo.
No hay grandes gestos.
Hay algo bastante más inquietante: un hombre pequeño, gris, educado, aparentemente insignificante.
Machín trabaja desde la economía absoluta. Una mirada que demora medio segundo más de lo necesario. Una postura corporal. Una manera de responder. Esa tranquilidad casi administrativa con la que Barreda reconstruye su propia tragedia.
Carla Peterson interpreta a Gladys, su esposa, y consigue darle espesor a una mujer que durante décadas quedó reducida prácticamente a una línea del expediente.
Mercedes Morán, como Elena, la suegra, vuelve a demostrar esa capacidad notable que tiene para apropiarse de una escena apenas entra en cuadro.
Maite Lanata y Margarita Páez completan el núcleo familiar como Cecilia y Adriana.
Y ése es también el gesto político —en el mejor sentido de la palabra— de la película: devolverles nombres, caras, conversaciones y pequeños proyectos a cuatro personas que durante treinta años fueron conocidas simplemente como “las mujeres de Barreda”.
Hasta en esa manera de nombrarlas había ganado él.
La película no es perfecta.
Por momentos el mecanismo del juicio resulta demasiado convencional y hay cierta pedagogía contemporánea que amenaza con explicarnos cosas que las imágenes ya habían explicado bastante bien.
Quizás hubiera sido más potente confiar un poco más en el espectador.
Vista desde 2026, aquella Argentina parece lejana.
Barreda asesinó a cuatro mujeres en 1992.
Después vino el juicio.
Después la condena.
Pero durante muchos años ocurrió otra cosa.
El asesino tuvo biografía.
Las víctimas tuvieron apenas nombres.
Daniela Goggi intenta corregir esa injusticia.
Y cuando termina la película queda una sensación bastante amarga.
Durante décadas creímos conocer perfectamente la historia de Ricardo Barreda.
Tal vez el problema haya sido exactamente ése.
Que conocíamos demasiado bien la historia de Barreda.
Y casi nada la de ellas.



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