The invite

CUIDADO CON LO QUE INVITAMOS A ENTRAR

Hay matrimonios que se terminan con una infidelidad. Otros con una discusión.


4 Butacas



Algunos, más discretamente, se terminan un martes cualquiera cuando uno pregunta qué comemos y al otro ya no le importa demasiado la respuesta.

Y después están los matrimonios que, para intentar salvarse, invitan a cenar a los vecinos.

Mala idea.

The Invite, dirigida por Olivia Wilde, parte de una situación que podría haber salido de una comedia francesa de los años setenta: una pareja instalada en esa zona incómoda donde todavía hay cariño pero ya casi no queda deseo descubre que sus vecinos viven una relación sexual bastante más libre que la propia.

Hasta ahí, problema de los vecinos. El inconveniente empieza cuando aparece una invitación.

Seth Rogen y Olivia Wilde interpretan a Joe y Angela, un matrimonio que lleva suficiente tiempo junto como para conocerse demasiado y, al mismo tiempo, haber dejado de mirarse.

Frente a ellos aparecen los vecinos, interpretados por Penélope Cruz y Edward Norton.

Y entonces comienza el juego.

Uno que parece sexual, pero que en realidad tiene bastante poco que ver con el sexo.

Porque The Invite habla fundamentalmente del matrimonio.

De esa institución maravillosa, y resistente que consiste en despertarse durante años al lado de la misma persona esperando que, de alguna manera, siga sorprendiéndonos.

Olivia Wilde filma todo esto como una comedia de adultos.

Una especie cinematográfica que durante mucho tiempo fue bastante habitual y que hoy parece casi en peligro de extinción. Woody Allen sabe de esto y es una evocación permanente.

Acá hay diálogos. Hay silencios.

Hay cuerpos que ya no tienen veinte años.

Hay deseo, celos, inseguridad y fantasías.

Seth Rogen hace algo particularmente interesante.

Durante años construyó buena parte de su carrera alrededor del adolescente que se negaba a crecer. Aquí ese adolescente envejeció.

Y descubrió algo mucho peor que hacerse adulto: convertirse en marido.

Rogen conserva su enorme capacidad para la incomodidad y esa forma extraordinaria de parecer culpable incluso antes de haber hecho algo.

Olivia Wilde, en cambio, trabaja desde otro lugar.

Angela siente que algo desapareció.

No necesariamente el amor.

Quizás algo más difícil de recuperar.

La mirada del otro.


Porque hay un momento terrible en las relaciones largas en el que uno puede seguir queriendo profundamente a alguien y, sin embargo, haber dejado de verlo.

Y ahí entran Penélope Cruz y Edward Norton. No solamente como personajes.

Como posibilidad.

Ellos representan todo aquello que Joe y Angela imaginan haber perdido: espontaneidad, deseo, libertad, peligro.

Pero el cine —y la vida— suelen desconfiar bastante de las parejas perfectas que viven en la casa de al lado.

Cuanto más se abre aquella puerta, más evidente resulta que nadie tiene exactamente la relación que los demás imaginan.

Y entonces la película empieza a ponerse interesante.

Porque la verdadera invitación no es sexual. Es emocional.

Cuando deja que cuatro excelentes actores se sienten alrededor de una mesa y empiecen lentamente a quitarse las máscaras.

No todas las máscaras son sexuales.

Algunas son bastante más íntimas.

Porque somos modernos hasta que aparecen los celos.

Olivia Wilde demuestra además algo que ya había insinuado como directora: sabe trabajar con actores y entiende el ritmo de una escena.

La cámara no necesita hacer demasiadas piruetas porque el verdadero espectáculo está en las miradas.

Hay momentos en los que la película parece temerle a la incomodidad que ella misma construyó y busca refugio en una comedia más convencional.

Porque cuando The Invite se permite ser cruel resulta mucho más interesante que cuando simplemente quiere ser simpática.

Al final, The Invite no pregunta si una pareja puede acostarse con otras personas.

La pregunta es bastante más difícil.

Pregunta si después de muchos años dos personas pueden volver a encontrarse entre ellas.

Y quizá ésa sea la verdadera provocación de la película.


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