jueves, 29 de septiembre de 2011

The Beaver

The Beaver





Hace rato que dejé de perdonar a Mel Gibson y hace rato que me cuesta verlo en la pantalla haciendo algo creíble.
Sus mohines, sus excesos gestuales, su invariable cara de loco entrañable, creo que a esta altura de su carrera, lo deja en un lugar alejado, en un rincón, del cual solo sus amigos lo rescatan.
No mezclo sus aventuras y desventuras personales, solo me detengo en lo que veo en la pantalla. Ya no le creo. Ya casi no me causa gracia. Me cuestan sus películas.
Me pasa que tienen que ser muy sólidas, muy bien dirigidas, muy contundentes desde el guión y desde la historia, como para sacarlo de foco y verlo como un engranaje en el cuento, en el necesario devenir del relato. Si estos factores no están presentes, simplemente la vista se va al australiano, y si eso pasa, se contamina.
The Beaver es la cuarta película coo directora de la bella, bellísima Jodie Foster. La niña prodigio, la actriz selectiva, la buscadora, se las ve con un guión nada fácil y un tema muy complejo.
La depresión. Los efectos devastadores que produce en la gente cuando la padecen y en sus familias cuando se instala, es abordado en la película acudiendo demasiado rápido al atajo de la mascota. El famoso castor del título.
Mel es el esposo de Jodie, maneja una fábrica de juguetes que heredó de su padre, y hace rato que solo quiere dormir, que no se comunica con sus hijos, uno pequeño que de tan solitario desearía ser invisible y un adolescente muy especial, inteligente y sensible.
Así empieza. Así se presenta la historia.
Ya no lo aguantan, no pueden lidiar con el problema, y Mel se va de casa.
Esa noche, lejos de todos, cuando intenta suicidarse, el castor se presentará en su vida. Un títere viejo, recién salvado de la basura.
Si la misma historia la hubiera interpretado otro actor, nos veríamos desde ese instante inmersos en una situación incómoda, en un límite de lo entendible y de lo deseable, pero con una tensión permanente.
No nos pasa eso. Los gestos, los excesos (aunque hay un esfuerzo por verse pesado y excesivamente cansado de su parte) los tics, hacen que perdamos de a ratos el hilo dramático del caso, y nos dejemos llevar por el camino por el borde que propone Gibson.
Foster se esmera con su dirección en que esto no suceda, que no se traduzca en las escenas, pero es muy difícil. No me convenció.
Y un tema áspero, que está a la vuelta de la esquina, y una vuelta de rosca sobre las terapias y la manera de resolverlo, se vuelve de a ratos grotesco.
Como en la escena en la cual se deshace del castor, de una carga dramática inesperada para la nota general del guión, pero cuya tensión, al menos en mi mirada, se transforma en sonrisa, al no poder creerme el conflicto.
No es una buena película. Termino por sospechar de los motivos de su realización y de la veracidad de lo que cuenta.
Hay un extraño aire a Santaolalla en la banda de sonido (no es él).