domingo, 12 de julio de 2015

Kingsman The secret service


Kingsman, the secret service 



Están todos los condimentos, los actores, la trama, la música, la historia. Los ingleses saben como hacer películas de espías.
Michael Caine, que ya hizo este papel de jefe en películas serias, en comedias, en sátiras y en todas las hizo bien, está Colin Firth, que alguna vez debería considerar ser Bond y está el perfecto Mark Strong, tantas veces elogiado en este blog, cho un todoterreno gerente general de esta organización de agentes secretos sofisticados, que tienen su cuartel general den una sastrería del centro de Londres desde 1849.
Son los agentes de Kingsman, elegantes, despiadados, sofisticados, súper sigilosos y bajo perfil, que se encargarán de los asuntos más complicados del mundo, aquellos que ni el MI5 ni la CIA ni el Mossad pueden controlar.
La película es entonces una gran parodia, de las películas de espías, de las películas inglesas y de las historias que cuentan, pero a la vez está contada de tal modo que parece verosímil.
Como si a partir de ahora cuando veamos una de Bond tengamos esta presente.
Hay lealtades, obviamente códigos, hay planes y tramas secretas y un villano, perfectamente encarnado en el límite de la farsa por Samuel Jackson.
La película ofrece entonces un equilibrio entre lo clásico, la sátira británica y la sorpresa.
Bien filmada, ágil, con los efectos especiales, las coreografías de peleas y sangre brotando y buena banda de sonido.
Hay historias de códigos y de hijos de agentes muertos que se convierten en los salvadores de un mundo demasiado lineal, pero efectivo a los términos de una película de espías.
Lo británico estará siempre, en la acidez del humor, en el estoicismo, y en un final a toda orquesta, un final bizarro y desubicado, que termina de configurar la farsa en la que estuvimos metidos.




La grande belleza



La grande belleza



Viajar es útil, ejercita la imaginación

Todo lo demás es desilusión y fatiga.

Nuestro viaje es enteramente imaginario

Ahí reside su fuerza

Va de la vida y la muerte

Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado

Es una novela, nada más que una historia ficticia

Lo dice Littre, él no se equivoca nunca

Y además, cualquier puede hacer otro tanto

Basta cerrar los ojos

Está en la otra parte de la vida


A partir de esta frase nos vamos a meter con sigilo y brutalidad en un viaje hacia las profundidades de un hombre que ha perdido el sentido de su vida, que ya no es capaz de imaginar, de crear, de sentir, y que se ha refugiado en la nada, en el vacío. Un vacío ('il vuoto') que se explicitará muchas veces a lo largo de una película que está recorrida por las constantes preguntas, por el cuestionamiento interior, por la lucha de encontrar un sentido que permita seguir adelante.

Roma es el escenario de esta desmesura de película, intensa, compleja pero a la vez tan íntima. Roma y sus museos, sus palacios, su vida moderna vacía en ese lugar de tanta riqueza. Y Jep Gambardella  (un soberbio Toni Servillo) el rostro (siempre en planos de sonrisa lánguida) de esa búsqueda y esa decadencia.  Jep es escritor, pero ya o escribe. Ha hecho la parábola del aprendizaje y no se gusta, no le gusta lo que encontró en el viaje.
Conoce la fatiga, el desencanto, pero no puede reaccionar. Esto es una constante que en la película se traduce en planos cercanos y melancólicos, y silencios.
Jep vivió y gozó de los privilegios de una vida artificiosa, de artista, de dinero,  pero nunca olvidará aquél halo de belleza inspirador que se quedó clavado en su mente y del que jamás ha podido escapar.
Jep tiene todo y no tiene nada.
El y sus amigos son despojos y también son sobrevivientes, vestigios arcaicos como muebles desvencijados pero erguidos, que solo caben y se lucen en una ciudad: Roma.

Todos los personajes más jóvenes que interactúan con Jep van muriendo a su lado, como si se tratara de un réquiem interminable en el que solo las cosas perpetuas terminan quedando. Jep y sus amigos son como los monumentos de Roma: Siempre están ahí. No se mueven, están estancados, embalsamados. También están profundamente perdidos, desorientados en sus propios marasmos personales, en sus propias contradicciones. Pero no se mueven. ¿Para qué? Son como esos trenecitos que hacen en las fiestas de Jep que no van a ninguna parte. Todo inmóvil.

El desencanto. "Roma me ha decepcionado", dice uno de los personajes, el interpretado por un soberbio Carlo Verdone en una de las escenas más maravillosas de la película, en la que mediante un truco ilusionista desaparece una jirafa y al mismo tiempo también él se va diluyendo más allá de los límites de la pantalla. El desencanto lo inunda todo, como la crisis creativa de Jep por la que reiteradamente le preguntan: "¿Por qué no ha vuelto a escribir otro libro?". ¿Por qué?
Sorrentino con su estilo exagerado y operístico nos lleva de la mano y nos habla un rato largo sobre la muerte, y el final, y el cansancio, y de seguir viviendo y transcurriendo como cada uno crea conveniente.
Volviendo una y otra vez a ese mágico momento de belleza insuperable, al que regresamos cuando cerramos los ojos y que está ahí siempre a mano, pera recordarnos que lo otro existió y nos visitó con su plenitud.


domingo, 5 de julio de 2015

Woman in gold

Woman in gold



Cuando parece que ya vimos todo, que el nazismo no pueden entregarnos nada nuevo al horror y a la barbarie, contada de una manera violenta o satírica o desgarradora o íntima o masiva, aparecen relatos contando un costado, un detalle, y con la carga que traemos, se convierte en una historia que había que contar.

La Dama de Oro, como se llama en el estreno local, cuenta una historia menor, pero enorme. La historia de un cuadro robado por la ocupación Nazi de Viena, robado a una familia como tantas, pero que el tesón, el cariño de una sobrina testaruda (Helen Mirren, siempre correcta) y una abogado idealista (Ryan Reynolds) y sobre todo un resquicio legal del intrincado modelo legal de Estados Unidos (donde parece que todo se puede) logran la vuelta a su dueña natural, después de haberse pasado más de 50 años exhibido como gran tesoro en el museo principal de Viena.

Y es una historia real, filmada en escenarios reales y con un relato al servicio de la historia, sin estridencias, sin gris cinematográficos extraños o que distraigan, y con actuaciones correctas.

El director inglés Simon Curtis ya nos había obsequiado una película exquisita, Mi semana con Marilyn, y aquí vuelve a la recreación de época, a la intimidad de una familia desgarrada, al dolor y a la fechoría de alto nivel.

Es correcta, hace pensar, no es tan visualmente bella como La Ladrona de Libros que vimos hace un par de años, y mucho menos militarizada que la del escuadrón recuperador de obras de arte que dirigió George Clooney hace poco también. Esta tiene textura de documental, porque lo que interesa es la épica de la recuperación, de la restauración moral y de la reflexión acerca de los complacientes con la ocupación alemana.

Está bien, no es una película ni visual ni cinematográficamente atractiva, es simple, porque deliberadamente deja paso a la narración.

sábado, 4 de julio de 2015

What append, miss Simone?

What happened, miss Simone? 



Este documental recién estrenado por Netflix es oportuno. Es oportuno para el negocio ya que es una especie de adelanto de un par de películas que se están cocinando sobre Nina, y es oportuno porque siempre es bueno ver más sobre esta enorme pianista, peleadora en todos los sentidos, símbolo de la lucha por los derechos civiles en estados Unidos, además de la gran cantante que era.
Su vida fue una vida de lucha, de hacerse lugar a los codazos, y de establecerse en medio de los turbulentos años 60 en el lugar privilegiado al que solo pueden acceder los artistas, ese lugar en el que no importa lo que dicen, si lo que hacen está bien, son bienvenidos.
Pero claro, el origen negro, el orgullo del origen negro, el virtuosismo al piano, el cantar porque no le queda otra, lo ecléctico de su repertorio, pero sobre todo, su lucha cada vez más notoria y despiadada (hay que revisar sus letras, lo que se nimbó a cantar!) la desplazaron definitivamente de los escenarios y de los discos.
Hoy estamos un poco más acostumbrados a compartir el arte con la lucha, pero en los 60, una mujer, negra!! que tocara el piano como ella y se animara a cantar "young, gifted and black" en el escenario de la universidad de Massachussets, en donde solo 300 de los 16 mil alumnos eran negros, eso es tener huevos, y Nina, más allá de todo, tenía huevos.
Su vida fue tortuosa, muy tortuosa, y esto está reflejado sin piedad en el documental, que tiene de bueno, además de su construcción muy llevadera y bastante distante del mito Nina, la cantidad de fotos, grabaciones de audio ye imágenes inéditas de recitales, que lo hacen imprescindible.
Uno puede quedarse con momentos al contar nada menos que una vida.
Todos somos seres contradictorios, tiernos, peleadores, hábiles y torpes, la magia está en saber qué contar y en qué orden.
Nina fue pésima madre, buena amiga, enorme peleadora (digo peleadora y no luchadora, porque queda claro en el documental que estuvo a punto de calzarse la de cuero y un fusil y salir a pelear con los Panteras Negras) gran pianista, mejor intérprete del sentimiento negro, del blues en su mejor expresión y una artista de su tiempo.
Eso es, una artista de su tiempo, que lo capitalizó e hizo básicamente lo que su corazón le dictó.
Podría haberse quedado feliz, contando billetes en su buena casa de Vermont en el Nueva York, con su esposo que la cascaba a la noche y su vida de película cantando un par de veces al año en el Carnegie Hall, pero eligió la pelea, la lucha, las raíces, y la locura la eligió a ella.
Vale la pena repasar su vida.
Es la vida de una artista.
Que hizo lo que un artista tiene que hacer, reflejar su tiempo, tomar partido, contar la vida.