domingo, 26 de junio de 2011

Cedar Rapids


Cedar Rapids

Los norteamericanos tienen un sugénero de comedia en cine, que explota el absurdo, los contrastes, en algunas películas, lo bizarro, que puede ser un poco agresivo y áspero para nuestra manera de encarar la comicidad, pero que si uno entra en ese mood, es insuperable.

E la línea de Best in show y un poco menos de Napoleon Dynamite, Cedar Rapids nos lleva a la vida de Tim, un vendedor de seguros que hace de su profesión un canto de hidalguía a la vida (lo hace para proteger los sueños de la gente, y se lo cree) que nunca salió de su pueblo natal.

Campesino, rural, sin alteraciones, su pueblo es un típico pueblo rural americano, muy tranquilo, en donde todos se conocen, absolutamente todos.

La vida pasa para Tim sin preocupaciones más allá de las domésticas.

Esta pre comprometido con su maestra de séptimo grado (una impecable Sigourney Weaver) con quién tiene sexo una vez a la semana (ella se acaba de separar) y no hay nada que parezca alterar esa sonrisa inmaculada y ese asombro por las pequeñas cosas que salen de su mundo.

Su compañía, su trabajo, sus amistades, todo será siempre igual.

Pero un día la tranquilidad se altera. Tendrá que viajar a representar a su empresa a una convención anual de aseguradoras.

Será su primer viaje a una gran metrópoli (Iowa!!!) y su primer viaje en avión y su primera vez para un millón de cosas.

Todo será complicado, desde dar su tarjeta de crédito en el front desk para eventualidades, hasta compartir el cuarto.

Su candidez, su manera campesina de ver la vida, se verán alteradas para siempre en la compañía de tres asistentes a la convención.

Serán John Reilly (siempre dúctil) y Anne Heche los culpables del desbarranco de Tim. Desbarranco que incluirá alcohol, drogas, y hasta sexto en la pileta del hotel.

Ese es el centro del relato, la pérdida de la inocencia de un hombre grande, la pérdida de la candidez y descubrir que no todo es “asombroso” como está acostumbrado a decir.

En el transcurso de ese recorrido, los gags serán inteligentes, las actuaciones serán sólidas y la historia no se detendrá nunca.

Es un estilo de comedia que no te deja respiro, y que cuando menos lo esperás, una situación absurda te saca de foco.

El protagonista es Ed Helms, cara muy conocida de las dos Hangover, éxito de taquilla en todo el mundo y con fanáticos confesos.

Su sonrisa inmaculada, su peinado, su mirada, son esenciales para comprender el mejor momento de la película.

Del sub género que mencioné es quizá la más accesible de todas las que llevo vista, no es solo para público que vibra en esa sintonía, puede disfrutarse desde varios ángulos.

Hay que verla.

All good things


All good things

Cuando está Frank Langella es porque va a haber algo siniestro. No es cierto?

Poco recorrido para su director, buenas intenciones, buena ambientación y una trama que, de hacerlo bien, se contaría sola.

Basada en un hecho real (así nos dicen) producido en el seno de una de las familias dueñas de la mitad de los edificios de Manhattan, cuenta la historia del hijo mayor de Langella, un vago consuetudinario y drogón que, como su padre no podía hacerlo entrar a lo grande en el negocio familiar, lo hace hacer trabajos menores, como ir a revisar los cueritos de las canillas de los departamentos que alquila.

En esas bajezas estaba cuando va al departamento de Kirsten Dunst (alguien me aclara que tiene esta rubia que le dan tanto trabajo?) y enamora.

Por supuesto que la familia se opondrá a la relación, el tipo no despierta, se sigue drogando y todo se irá por la canaleta.

Habrá una desaparición, algunas muertes, y mucha sordidez.

La reconstrucción de época es quizá el rasgo mas interesante, está ambientada en los 70 y es un mérito.

EL protagonista, Ryan Gosling con sus anteojos de margo metálico finito, parece una caricatura flaca del asesino de Lennon, pero está bien logrado su ambiente de opresión psicológica y drogas.

Es una buena película hasta la mitad, desde ahí, como suele pasar, el apuro por contar lo que se sucede hasta el final, los hace meter en problemas, saltos en la historia, cambios de planes repentinos, la aparición de personajes secundarios que tendrán aportes fundamentales a la trama y demás trucos.

Era una buena historia, pero no está bien contada.

Es más, aburre de a ratos.

EL tráiler, a veces pasa, es muy superior a la película.

Tiene algunos datitos que son guiños para los amantes del género, como cuando el protagonista, sin que lo veamos pero lo adivinaremos, mata al perro de su esposa, en un homenaje al bueno de Hitckock.

Se podrían haber esmerado más.

Hanna


Hanna

Hanna es otra película de esas en las cuales un secreto guardado por años, sin razón aparente, se destapa y hay que matar a todos los que lo saben.

Lo digo de manera muy simple pero no hay otra.

Una organización secreta, que nunca quedará claro cuál es, trabaja en un proyecto científico de manipulación genética para modificar embarazos, cambiar las cadenas de adn y producir bebés súper fuertes, que no tienen ni miedo ni piedad ni nada.

Cate Blanchett, tantas veces elogiada en Butaca al Centro, es acá una mala caricatura del Sigfrid del Súper agente 86. Eric Bana, un buen joven actor, acá compone a un padre, o tutor, o entrenador, salvaje, que pasa sus días con Hanna para prepararla para no se sabe bien qué, y será devoto y cariñoso.

Hanna es una muñeca, quizá sea el único acierto de la película, es una muñeca rubia, con pelo desmarañado y una frialdad a toda prueba.

Como se entrenó en medio del bosque, sin luz eléctrica, sin nada, irá descubriendo el mundo a medida que se mueva (cuando decide que ya es hora de empezar su misión, que no es tampoco muy claro cuál es) pero lo hará de manera poco creativa, desordenada.

En fin, poco por aquí y poco por allá.

Estos argumentos en los cuales tenemos que suponer tantas cosas, adivinar el resto e imaginar algo, son un poco fastidiosos.

Otra de conspiraciones, algunas buenas coreografías de acción, pero no la salva nadie.

Extraño traspié en un director británico de la nueva camada, que había tenido dos buenos intentos como lo fueron Orgullo y prejuicio y El solista (fue comentario en Butaca al centro) que si bien tampoco tenían grandes despliegues de creatividad y cayeron en lugares bastante comunes, estuvieron bien realizadas. Aquí, ni eso.

Está todavía en cine.

Por milagro.

Nada la justifica.

sábado, 25 de junio de 2011

Barney's Version


Barney’s version

Si un día simplemente nos dijeran ¨contáme tu vida, cómo pasó todo…¨y solo tuviéramos eso como provocación, ¿por dónde empezaríamos? ¿por los fracasos amorosos? ¿por los amigos, las obras, el trabajo, el equipo de fútbol preferido?

En esta sintonía Barney Panofsky elige contarla por la relación con sus dos o tres amigos del alma, sus elecciones amorosas, sus hijos, su padre y dos o tres elementos constantes en su vida, los cigarros Montecristo, la malta MacCallan de 12 años, el Hockey sobre hielo y poco más.

Barney es a veces entrañable, a veces insoportable, nunca ingenuo, generoso y muy judío.

Vivirá en Italia a mediados de los 70, con algunos rebusques (siempre le irá mejor que al resto) en el mundo del arte, crecerá intelectualmente se casará con Clara (inestable, demasiado atorranta, frágil) de quién se separará al descubrir que el hijo que dará a luz es negro, dejará todo de lado para ir a trabajar con su tío Abe a Montreal y hará su espacio en la comunidad judía.

En ese ambiente de judíos adinerados conocerá a su segunda esposa, se acuerdan de Minnie Driver? Está increíblemente bien en su madurez aunque su rostro sigue pareciendo un rostro tallado en algún material no humano.

Pero la noche de su casamiento, mientras se debatía con los pequeños desaires de clase que le propinaba la rica familia de su esposa que todo lo pagaba, a su padre (magistral Dustin Hoffman) la ve a Miriam en la fiesta y no podrá dejar de mirarla.

Todo lo que sigue es su fastidio en el matrimonio, sus amigos que vuelven a América, sus obsesiones, su crecimiento en el trabajo y su búsqueda minuciosa, paciente, esmerada, del momento de volver a verla.

Paul Giamatti, que se ganó el Golden Globe por este papel, nos regala un trabajo impecable, casi sin fisuras, y muestra todo su registro actoral.

Cuando digo todo quiero ser más preciso, será constante en sus adicciones y obsesiones, será despiadado, tierno, nos hará reír y emocionar y encima lo veremos envejecer sin aspavientos. Qué más le podemos pedir a un actor?

Despliegue, emociones, arranques ira, enamoramiento, torpezas. Tan complejo es Barney y tan bien lo encarna Giamatti, que a esta altura está entre los mejores.

Los secundarios son buenos, pero destaco a Hoffman y su oficio, papá de Barney en la película, le da un toque de nostalgia, de padre comprensivo, de humor, necesario para salir de las situaciones más complejas del relato.

Y está Rosamund Pike, que es un rostro y una voz y una delicadeza y una sonrisa de la que difícilmente puedan escaparse en la película.

Hermosa actriz que está para mucho más (todavía no le vimos en un papel que recordemos) y que será la dueña de la segunda mitad de la vida de Barney, la más rica en situaciones, en la que vendrán los hijos y el amor devoto del que solo se es capaz después de tanto y tanto para conseguirlo.

Toda la vida será de desmesuras, de ir y venir, de inconformismos y nuevos sueños, pero algo la pone siempre fuera de foco, la destempla.

El foco llegará con el amor de Miriam y la vejez, en la que, sin moralinas ni arrepentimientos forzados, verá las cosas con más claridad, las que ganó, las que extraña, las que perdió definitivamente.

No hay vuelta atrás y su salud empieza a traicionarlo.

Cuando se da cuenta de esto, cuando descubre una noche que ya no es capaz de acordarse del número de teléfono de Miriam, será una de las escenas de más dramatismo y desafío para el actor.

Llegará el ocaso, que siempre llega, se develarán algunos viejos misterios de la vida, que son muy bien entremezclados con el hilo conductor central de la historia, y por un momento, nos vamos a ver tentados de ponernos del lado de Barney.

Es un buen guión actuado con solvencia y gran entrega, no se le puede pedir más al cine de estos días.

Va a llegar a mediados de Julio, justo cuando estemos con hijos, sobrinos, ahijados, en medio de Cars 2 y Harry Potter, cuando necesitemos un respiro, nos espera Barney. Acudamos a la cita.

lunes, 20 de junio de 2011

Jack goes boating


Jack goes boating

Algunas consideraciones, esta película difícilmente llegue al cine, aunque es de reciente producción y recibió buenas críticas, tiene destino de festival o estreno en pocas salas, así que, vayan por el DVD.

Otra aclaración necesaria, cualquier historia contada en Nueva York ya tiene algo que me gusta, si le agregamos nieve, suburbios y piano suave, es una combinación que me gusta mucho. Es cierto, sobre esos datos fundamentales habría que subir alguna historia que merezca la hora y media de imágenes, y esta película lo logra.

Es la opera prima de Philip Seymour Hoffman y es todo lo que esperamos de él. El mismo de Capote, de Before the devil knows you are dead de Lumet (esa escena inicial con Marisa Tomei por favoooor). El mismo actor secundario de tantas, que vimos gordo, flaco, gordísimo y siempre interesante.

Esta era la otra aclaración que tenía que hacer, PSH me parece uno de los mejores actores de su generación, dueño de un registro íntimo, una capacidad increíble de contagiar y una carrera envidiable, con solo 43 años es uno de los grandes, y con esta etapa de dirección que empieza (en realidad dirige teatro) todavía no nos dio lo mejor.

Esta historia es simple, demasiado simple, tierna y melancólica. Jack, el papel que encarna Seymour Hoffman, es un chofer de limusinas (de las clásicas de Manhattan) y tiene un amigo.

Ese amigo (co productor y amigo en la vida del rubio) tiene una esposa y también maneja una limo.

Le presentarán a una amiga de la mujer, no sabremos bien de dónde vienen sus problemas, pero se la verá frágil, problemática, casi antisocial.

Los dos son solitarios hasta conocerse.

Los dos, que ya son maduros, se saben de memoria lo que les gusta y lo que no les gusta, por la experiencia de las parejas que los rodean.

Lo que no saben, es cómo llega, cómo luce el amor cuando se presenta.

Y el frío, el trabajo en el tráfico de la ciudad, la nieve y el piano (que entra siempre en el momento justo) serán el telón de fondo de la aventura de enamorarse.

Frases sueltas, lentas, casi como atragantando las palabras, serán disparadores de epopeyas, como pasa con el amor. Si ella dice, qué lindo sería ir a navegar en bote, él la invitará aunque falten seis meses para el verano, y como no sabe nadar, tomará clases hasta aprender.

Cuando la ataquen en el subte, la irá a ver al hospital y le pondrá sus auriculares (escucha música todo el tiempo con un viejo walkman) para escuchar música que le cambie el humor, y la invitará a comer una cena que él va a preparar.

Ella le dirá que nunca nadie cocinó para ella, y él, que no tiene idea de cómo se pela una papa, aprenderá con un cocinero del Waldrof Astoria, que en la madrugada le enseñará a pelar, a machacar los ajos, a llevar las cocciones a su punto justo.

Sus amigos son raros. Son frágiles, y a la vez que crezca su amor, verán languidecer el de sus amigos que los presentaron.

Cocinará en casa de sus amigos (Jack vive en el sótano de tío y no tiene horno) fumarán de un narguile para aclimatarse y el hachis los hará reír, y dejarse llevar. Tanto, que será el comienzo de una noche en la que todo lo malo que puede pasar, les va a pasar.

Hay escenas hilarantes en esta secuencia, imperdibles.

Es una película de cámara, solo cuatro actores que llevan la responsabilidad del relato, hay una molesta presencia de las “drogas sociales” que produce ciertas alegrías y algunas miserias.

Y el amor en una pareja extraña, nada sexy, serena, profunda, verdadera.

Ya en Butaca al Centro comenté Synecdoche New York, una extraordinaria interpretación de PSH, también ambientada en Nueva York y también extraordinariamente bella.

Jack goes boating es para aquellos que quieren ver una historia de amor más real que las habituales, en la que todo se va construyendo de a poco, con pequeños esfuerzos, con gestos, con silencios y miradas.

Dura 84 minutos, lo que es otra buena noticia, y tiene una banda de sonido que incluye canciones de Mel Tormé y Cat Power (where is my love? Deliciosa) y está Manhattan de fondo, qué más se puede pedir?

sábado, 18 de junio de 2011

Nunca me abandones (Never let me go)


Nunca me abandones (Never let me go)

Debí leer toda esa novela en un par de días. Y debió ser en invierno, y todos los días fueron fríos, grises, húmedos, sin sol.

Es que la novela de Kazuo Ishiguro (del mismo nombre) es una de esas cosas bellas que te regala la vida. La atmósfera, los climas, el lento pero implacable descubrimiento de lo que les pasa a estos niños, después adolescentes, internados de un clásico colegio inglés, lejos de todo.

Llevar relatos tan densos, tan emotivos, a la pantalla no siempre funciona bien. Y esta no es la excepción, aunque cuando estaba en medio de la película, me reprochaba (raro reproche) haber leído y disfrutado el libro.

No me voy a meter en detalles que después sean cargosos a la hora de verla, pero imaginen por un instante un colegio inglés en esos paisajes desolados, muy verdes, muy árboles añosos, muy plomizo, como los de Harry Potter, y una narradora en primera persona que nos introduce en sus vidas sin familias que reclaman por ellos.

Visitas de proveedores que les traen cosas.

Deportes.

El despertar del amor.

Reglas demasiado estrictas. Reglas básicas para algunas cosas y sofisticadas para otras.

En medio de todo, cuando no terminamos de entender bien qué es lo raro (porque algo raro hay) se revela la verdadera naturaleza de los personajes. Su misión en la vida. De dónde vienen y hacia dónde irán hasta que ya no puedan ir más lejos.

La película conmueve aun sin haber leído el libro.

Imaginen un laboratorio, un proyecto científico, un reservorio de órganos listos para trasplantar a los que lo necesitan.

Esos clones sin vida y una profesora, a cargo de uno de esos depósitos, que está convencida que, si a esos seres se los educa en el arte, en los sentimientos, serán capaces de tener mejores hígados, pulmones y córneas.

Ellos no lo sabrán nunca. Pero y si alguna vez lo sospechan?

En todo el relato el amor, ese extraño amor, será el hilo conductor de toda la historia.

Es bella por donde se la mire, ideal para estos días de otoño. Deja también un residuo para pensar. Para pensar en la ciencia, en la ética, en lo que estamos haciendo para el futuro.

Andrew Garfield hace rato que es un actor para seguir de cerca (el nuevo hombre araña, red social) y Keira Knightley (Seda, los Piratas del Caribe, Orgullo y Prejuicio) tiene esa cara especial, esa chispa increíble, esa delgadez infinitamente inglesa. Es etérea. Es adorable. Es perversa.

Una película es otra cosa que un libro, otros planos, la interpretación de un director, los rostros que imagina, la música, los escenarios. Confieso que imaginé otros lugares, otros tiempos. Pero hay algo que captó sin dudas, una sensibilidad especial una dulzura y una melancolía que la hacen única.

Eso está logrado.

No esperen ritmos escénicos estridentes, la historia se va a contar suave, se va a ir develando con sutileza.

Van a pensar. Se van a emocionar.

domingo, 12 de junio de 2011

El Precio (de Arthur Miller)


El Precio (de Arthur Miller)

La nueva versión de este texto de Miller que, con producción de Diego Romay, se puede ver en el teatro Liceo (qué raro es no ver a Pinti en esos pasillos) tiene todo lo que el teatro necesita, un guión fuerte, capaz de hacernos parar durante más de una hora, un elenco de gran oficio y una puesta sin experimentos.

Es, como casi todos los textos de Miller, un relato sin tiempo. Que puede cruzar de la gran depresión del 29 a la gran depresión del 2001 sin escalas, ya que lo que el marido de la Monroe hace es meterse en los estragos que esas catástrofes hacen en las personas, en sus familias.

En El Precio el conflicto, que iremos descubriendo bien a la manera del buen teatro clásico, de forma sutil y lateral (esto es no con alguien que de repente aparece en escena y lo dice de manera explícita, cuidando que todos entiendan) entre dos hermanos y un padre que murió hace 16 años.

Y lo iremos descubriendo a partir de una excusa que es la venta de todo el mobiliario de la casa paterna a un comerciante judío.

Será el (Pepe Soriano) y la esposa de Víctor, el hermano mayor (Selva Alemán) quienes nos ayudarán con sus intervenciones laterales a unir la historia, demasiado desgarradora para dos hermanos que dejaron de verse hace 16 años y tienen cuentas larguísimas que saldar.

Y nada será definitivo, y con los relatos, confesiones, explosiones de cada uno de ellos, nos iremos enterando que siempre nos fue quedando algo en el tintero en la manera en que comprendemos los hechos que vivimos. Como en la vida. Nuestra mirada, lo que creemos que sucedió, si no recibe la otra mirada involucrada, siempre es parcial, incompleta, y se irá haciendo más y más inmodificable con los años.

Miller funciona en Buenos Aires, esta obra fue estrenada aquí a solo unas semanas de su estreno en Broadway en 1968.

Y no es casual que se recurra a este autor en la cartelera porteña y nos encontremos con 3 o cuatro piezas de su factoría de manera simultánea. Funciona, es buen teatro, sus conflictos tienen una asombrosa actualidad y el entorno de una gran ciudad hace que no sea necesario explicar mucho.

Esta vez, la escenografía de Eugenio Zanetti amontona todo lo vendible en la casa paterna en un escenario que deja unos pasillos y tres niveles para el desplazamiento de los actores. Cuando se entra a la sala sin telón será lo primero que llamará la atención, uno piensa ¿cómo se moverán los actores entre tanta cosa? Pero lo van a lograr, y bien, ese amontonamiento será una buena excusa para tocar las cosas del pasado, para sentirse en casa, para jugar con los rincones.

No usan micrófonos, como en una buena cantidad de salas modernas, sin acústica adecuada y sin actores adecuados, aquí no hace falta (tampoco los micrófonos ambiente que escoden en los rincones, creo que hace que haya momentos que suenen artificiales, estos actores no lo necesitan) y la iluminación es correcta para los climas (un buen efecto es la iluminación de una lámpara que está tirada junto a un sillón al final de la obra)

Las actuaciones son parejas, sólidas, de mucho oficio, pero se destaca la de Selva Alemán.

Su papel será el que una escenas, el que nos ayude a entender, el que los haga despertar. Y lo hace con una solvencia y unos matices sensacionales. Llega un poco borracha, no demasiado, y eso hará que su dicción sea arrastrada, reflexiva, pero de una emotividad fuerte, ideal para la obra.

Además, sigue siendo una bellísima mujer.

Puig lleva sobre sus hombros el peso dramático. Lo hará bien, su cuerpo estará cansado y sus matices tienden a ser demasiado parejos, como si todo el tiempo estuviera apesadumbrado, y esto puede parece un poco de sobreactuación.

Soriano es un comerciante judía creíble, histriónico, movedizo y Grimau compone al hermano menor, el médico y empresario de la salud, con soltura, cínico, turro. Aunque al final de la historia quizá lleguemos a pensar otra cosa de él.

En definitiva, una hora y cuarto de buen teatro (si, una hora y cuarto) bien actuado, sin estridencias, con solidez y oficio.

El teatro es magia.

Con esos pocos recursos tecnológicos, parar la pelota y dejarse llevar por una historia contada en vivo, esa transmisión de emociones que nos hace frenar, escuchar, emocionarnos, es pura magia, desde el inicio de los tiempos, y sigue funcionando.

domingo, 5 de junio de 2011

Whatever Works


Whatever Works

Ya lo saben, los que siguen Butaca al Centro ya lo saben, no puedo ni siquiera empezar a escribir acerca de una película de Woody Allen.

Es difícil encontrar las frases para contar lo que me produce cada nueva entrega de ese enorme legado de Allen.

Las vi todas, leí más de 10 guiones, dos biografías, lo fui a ver al mítico Michel´s Pub tres veces (en los malditos 90) conozco de memoria sus obsesiones, sus miedos, sus remates. Caminé tres horas hace ya muchos años, a la vera del Hudson para encontrar esa foto, ese instante eterno del afiche de Manhattan.

Si hay culpables de mi amor por el cine, uno de ellos es Allen Stewart Konisberg.

Whatever Works retoma sus piezas de cámara, pero de las que trabajan los textos y las situaciones, no los gags.

Todos los personajes cambiarán sus parejas, encontrarán el amor, verán cambiar sus vidas de manera más o menos dramática. Lo harán si darse pena, sin proponérselo, casi como una lógica consecuencia de su entorno. Y todo estará bien para ellos, siempre “que la cosa funcione” como es la traducción más o menos literal del título.

No esperen ver una trama, un mecanismo como en Match Point, o la puesta en escena operística del Sueño de Cassandra. Van a encontrar en esta película mucho de Hannah y sus Hermanas, y quizá algo de Interiores.

Hay tanto en ese repertorio que siempre podemos irnos unos años atrás para explicarnos algo.

En definitiva el amor, la vida, el sexo, la religión, el sentido de las cosas son la paleta de colores con el que siempre compuso sus cuadros, aún aquellos más inocentes, más cómicos, más simples.

Y vuelve a filmar en Manhattan, y recorre caminando el downtown y compra en los mercados y las vidrieras se adornan con los pollos colgantes de Chinatown.

Boris, el protagonista es, para mi gusto, uno de los tres mejores alter egos que Allen eligió en toda su carrera para interpretarse, los otros son Kenneth Brannagh en Celebrity y John Cusak de Bullets over Broadway.

Con el hombre la cosa es así, si lo aman, si les gusta, si les da curiosidad, si alguna vez se dejaron llevar por sus historias, esta les va a gustar, como todas las demás. En cambio si arrancaron con Bananas y nunca volvieron a darle una chance, ni lo intenten.

A los fanáticos, a los enamorados de siempre, solo piensen en las veces que una vieja melodía de jazz, la pantalla a negro con los nombres de los actores siempre en la misma tipografía y el written and directed by Woody Allen del final no los lleva de inmediato a un mundo único. Melancólico, reflexivo, poético y mundano.

Dice Boris: “Love, despite what they tell you, does not conquer all, nor does it even usually last. In the end the romantic aspirations of our youth are reduced to, whatever Works”.

Limitless


Limitless

Dicen que solo usamos el 20% de las capacidades de nuestro cerebro.

SI, como con los aparatos electrónicos que adquirimos, del que solo sabemos las cuestiones elementales, con el cerebro y su capacidad dicen que sucede lo mismo.

Qué pasaría si un día, por alguna razón, alguien nos ofreciera la llave para usarlo todo? Qué seríamos capaces de hacer?

Es el centro de esta película.

Menor, por cierto, una buena idea que traducida al relato cinematográfico se queda corta, le faltan giros, situaciones. Solo una idea original mal resuelta.

El ascendente Bradley Cooper es el frustrado y sucio escritor o casi escritor, que es convenientemente abandonado por todos, vive casi en la marginalidad y un día, justo después de una humillación más, se encuentra con un viejo conocido, su ex cuñado que, de ser un traficante de poca monta en pueblo natal, es ahora un acaudalado traficante de la gran ciudad.

Y lo que vende es más especial que lo que solía vender.

En ese encuentro, cuando el casi vencido escritor le dice que tiene un contrato para un libro, pero que no pudo escribir ni una página, el ex cuñado le ofrecerá la solución.

Le cuenta que trabaja para un laboratorio, que tienen una pastilla muy especial, que todavía no está a la venta, que trabaja con las sinapsis del cerebro, que permite que el que la toma lo use todo y más.

Desconfía, nunca le creyó a este tipo, pero como está en el fondo se la toma.

Y a partir de ese momento todo cambia. Se hace la luz, es capaz de relacionar, recordar pequeños detalles, todo lo que lo rodea tiene algún sentido y se siente dueño del mundo.

Irá por más. Se verá envuelto en algunos líos. Las conseguirá de manera compleja.

Hasta se da cuenta que puede usar todo ese poder para hacer plata, y no parará de hacerla.

Tanto brillará, que va a llamar la atención de un Warren Buffet de la bolsa, un De Niro de manual, y empezará a jugar en las grandes ligas.

Cómo se complicará la historia?

El ex cuñado morirá de manera trágica. Las pastillas las toman más personas.

Cuando uno deja de tomarlas el deterioro es grande.

Al final, como suele ocurrir, pasan demasiadas cosas juntas y no comprendemos cómo, los desenlaces se dan tan rápido.

La idea central es buena. No así la factura.

Unknown


Unknown

Vimos esta película muchas veces, incluso en nuestras telenovelas, el golpe en la cabeza que hace que el fulano no recuerde nada, y cuando lo empieza a hacer, las piezas no terminan de encajar.

Ambientada en la Berlín de hoy, con un elenco ajustado, Liam Neeson encarna a un científico botánico que viaja a una conferencia mundial con su esposa Jannuary Jones (si, Betty Draper de Mad Men, será que los empezamos a reconocer en todas las películas?). Cuando llega al hotel se da cuenta que una de sus valijas (después sabremos que la más importante) se ha quedado en el aeropuerto.

Se toma un taxi, le pide ir rápido, hay un accidente en el que el auto cae al río y desde ese punto, nos vamos a poner de su lado para tratar de reconstruir una historia que nunca, a partir de ese momento, será lo que parece o lo que el relato nos intenta contar.

Hay dos apariciones alemanas estelares, al estilo de las coproducciones. Están Bruno Ganz (el Hitler de La Caída o uno de los alados de Las Alas del Deseo de Wenders) y Sebastian Koch, inolvidable en La Vida de los Otros.

Es una película de oficio, esas que los grandes estudios hacen con precisión industrializada, pero nada más.

Hay una buena persecución por Berlín, con buen sonido, y hay algunos buenos climas, logrados por el oficio enorme de Neeson.

Su voz quebrada, su enorme humanidad vencida, valen sus momentos de flaqueza.

No hay mucho más.

Vidas que nos son lo que parecen ser, un golpe que lo cambia todo, un final diferente al que se venía construyendo.

Entretenimiento puro, para sábados a la tarde.

jueves, 2 de junio de 2011

The adjustment bureau








The adjustment Bureau


(en el vuelo 088 de Avianca, Buenos Aires - Bogota)









Interesantísima película. Rara vez en los últimos años nos encontramos con estos relatos que tienen su costado sobrenatural y no se desbandan hacia el final con tonterías poco creíbles, apariciones de personajes o cuestiones ajenas a la trama, o grandes explosiones que todo lo justifican.




No es el caso en esta, y damos gracias.




Lo que nos enteramos apenas arranca la historia es que todos tenemos un plan, que hay un superior que lo diseña y que lo guardan celosamente en unas libretas Moleskine cuyas lineas están animadas.




Bastante parecido con lo que creen muchos de ustedes, seguro.




Aca el supremo tiene unos agentes especiales, un equipo de tareas muy bien entrenado, que son los encargados de hacer losmajustes que sean necesarios hacer para que, cuando el azar, la casualidad interviene cambiando algo, todo vuelva a su curso.




Esto es, si esta escrito que en ese colectivo me tengo que encontrar con alguien, y por algún hecho fortuito me retraso en otro lado, ellos se encargaran de ajustar las cosas.




Este grupo GEO del supremo esta liderado por John Slattery, el condal Roger Sterling de Mad Men, usan sombreros (nos dirán porque en el transcurso de la peli) y unos sobretodos muy coquetos. Ok, en algún lado recordaran a Los Simuladores.




Resulta que el bueno de Matt Damon (que gringo es por favor!) será el candidato a senador por el estado de Nueva York y un día, por un error de uno de los guardianes que se queda dormido en un parque, subirá al autobús en el que viaja Emily Blunt, y ya no podrán estar sin verse por el resto de sus vidas.




Emily Blunt, preciosa, buena actriz, buena bailarina, que te paso Michael Bubble?




La Moleskine que tiene la hoja de ruta de Dammon termina muy arriba en la administración publica, y esa chica puede hacer que todo se desmorone.




Pero el amor, si, el amor, hará que el trabajo de estos angeles sea imposible.




No hay mucho mas en el relato, pero esta tan bien contada, los diálogos son tan buenos, que no se puede prescindir de nada, y la fluidez de la narración es muy buena.




Ellos, los hombres del superior, saben que un beso puede cambiar todo, y trataran de que no suceda. Un beso puede cambiar todo?




Dice uno de ellos cuando Dammon lo interroga sobre la pobre capacidad para decidir lo que haremos a la luz de estos planes maestros, que cuando el superior dijo que reine el libre albedrío vinieron las guerras, el holocausto, la crisis de los misiles.




Párrafo aparte para los autores del libro con la buena resolución de la historia, no apelaron a la llegada de naves espaciales (que no hubiera desentonado) sino se apegaron a cosas simples, el porque del uso de los sombreros, el agua que los debilita, una vuelta de tuerca con las puertas, todas las puertas, si se las abre de la manera adecuada, se conectan entre si por un estrato, que hace que si uno las estudia, se pueda recorrer toda la ciudad en minutos.




En definitiva, hay que verla, es muy entretenida, deja pensando, esta muy bien actuada, dura lo justo. Que mas les pedimos a las películas?