sábado, 25 de abril de 2015

Horrible Bosses 2

Horrible Bosses 2



Ya hemos hablado en este espacio de lo efectivo, burbujeante, sano, retorcido y verosímil de la nueva comedia norteamericana. Y lo hemos hecho bien. 

Los productos que funcionan, por lo general, vuelven sobre sus pasos y lo intentan de nuevo, y esta no es la excepción. Después del exitazo que fue la primera parte, se vuelven a reunir los actores, cambian de director pero eligen uno de la camada, y se lanzan con otra historia hilarante.

La base estructural será la misma. Los tres que zafaron de milagro de no ir presos de por vida en la primera por lo que habían intentado hacer (eliminar a los salvajes de sus jefes) ahora ponen e un negocio por su cuenta, un negocio de fabricación de unas duchas muy especiales, que será adquirido por una gran cadena de distribución de productos por catálogo, la más grande.

Pero el supuesto buen hombre dueño de la cadena, que quiere que la juventud progrese y fabrique en los Estados Unidos resultará no ser tan bueno hará una movida para quedarse con su negocio.

Ahí arranca la historia, quizá más lineal y más simple que la primera, pero igual de efectiva (o casi) en gags, en situaciones y en giros dl guión.

Está cimentada (es la clave además de la inteligencia en la construcción de los diálogos) en actuaciones que son la columna vertebral de esta nueva camada de comediantes, encabezado por Jason Bateman y Jason Sudiekis, acompañados por Charlie Day. 

Y de alguna manera, el elenco en seguro plano, el que sufrirá a los jóvenes vengadores, es rotativo pero efectivo y estelar, en este caso con la incorporación de Christoph Waltz, Chris Pine y la vuelta de Jennifer Aniston y Jamie Foxx.

En definitiva, un esquema que funciona y que quizá tenga una nueva versión, se la banca.

Stonehearst Asylum

Stonehearst Asylum




Uno se preparara porque sabe de antemano que nada debería salir mal cuando está frente a un cuento de Edgar Allan Poe llevado al cine. Se prepara bien, se predispone, porque salvo algunos horrores, por lo general se descansa en una historia sólida y solo hay que ir llevándola.

En este nuevo transplante del papel al celuloide hay una sorpresa, y de las buenas. El director es Brad Anderson, y si bien no dice mucho todavía su apellido, si dirá si consigno ue es el director de varios capítulos de la serie The Killing (una de mis series favoritas) de 911 y de Finge, Treme o El Maquinista.Tiene oficio y sabe cómo lidiar con este tipos de historias en donde las cosas en algún momento se ponen patas para arriba y nada es lo que parece.

Un joven psiquiatra llega hasta los confines más fríos del universo, a probarse en un asilo famoso por su desconsuelo y su lejanía. Allí lo recibirían extrañamente sorprendidos ya que no lo esperaban, un director y su séquito, un director nada convencional.

A partir de ciertas sutilezas y cuestiones fortuitas (no hay que pedirle al relato clásico los atajos o las sutilezas propias de una construcción más televisiva de nuestros días) se irá construyendo una historia en la que ninguno de los personajes resulta ser el que dice ser y se irá descubriendo un verdadero submundo debajo de los salones del asilo.

La película tiene un plus, cuenta con un reparto increíblemente efectivo, la belleza (algo inexpresiva, pero a quién le importa) de Kate Bckinsdale, la frescura (y posterior sorpresa) del joven Jim Sturgess (que no loe va mejor porque no elige buenos roles) y una trilogía de monstruos que encabeza Michael Caine y se completa con Ben Kingsley (está muy bien) y Brendan Gleeson.

Habrá intriga clásica, habrá horror (leve) habrá sorpresa, todo ambientado en un clima muy Poe, fabulosamente escalofriante, y habrá algo de romance y traición.

Una mezcla clásica, como tomarse un buen Old Fashioned preparado por la barra del Plaza Hotel, es cierto, se sirve también en el Ponnyline, quizá hasta sea mejor, pero el clásico es el clásico.

En esta película pasa un poco eso, hay mejores guiones hoy, más jugados, más intrigantes, mejor elaborados, pero acá empezó todo, Poe lo inventó todo, y hay que volver a él de vez en cuando. Bien llevados en este caso de la mano del joven director.

domingo, 5 de abril de 2015

Big Eyes

Big Eyes



No, no toque su pantalla, a pesar de lo que parece es una película de Tim Burton! Resulta que hay directores con los que uno va con la guardia alta, intuye, cree saber, apenas le pega una mirada algo minuciosa al póster sabe de qué viene. Y sobre todo con el señor Burton. Pero no es el caso. No nos cruzaremos con Helena Bohnam Carter, ni con Johnny Depp ni con atuendos chillones ni cabezas desproporcionadas.

Apenas unos ojos enormes en unos cuadros increíbles.

Es que la elección del director para contar la historia de los famosos cuadros de la señora Keane es una elección extraña, pero efectiva, porque Burton es, en efecto, un gran director sin importar los artificios ni la fantasía y mundo paralelo llevados al extremo!

Esta manera de contar esta historia, nos hace pensar en varios tramos, si en realidad no estamos viendo una de Clint Eastwood.

El relato es bastante lineal, no hay flashbacks traicioneros, y no se apela a ningún truco narrativos para contar lo que pasa. Sucede, casi en tiempo secuencia, sin sobresaltos.

La ambientación de los años 50 es impecable, y el trabajo de Amy Adams, que cambia varias veces su aspecto y carácter durante la película, también son para destacar

Ella será una mujer sometida, que un día, y así arranca el filme, decide dejar a su marido y escapar de su casa con su hija, una valija, y las telas y las pinturas.

En los años 50 esa osadía implicaba sacrificios y preguntas, ya que no había demasiadas personas dispuestas a emplear a una mujer divorciada, y mucho menos a apreciar su arte.

Es ese arte extraño, que al principio vende por monedas en un parque los fines de semana, lo que la llevará a conocer a un encantador de serpientes, falso artista, falso seductor, falso viajero, interpretado con artificio por Christoph Waltz, un vende humo que la enamorará y se dejará llevar por su egocentrismo potenciado y su propia frustración artística, hasta cometer las atrocidades más crueles.

Pero en medio de esa maraña de apariencias, ella pintará, el firmará los cuadros de ella con su nombre y con su capacidad infinita para hacer negocios, armará un verdadero imperio de la pintura masiva.

Una especie de Warhol de tarjeta de Hallmarks, que le redundará en una cuenta bancaria increíble.

Claro, ella ya no quiere seguir pintando escondida en el ático de su casa, mintiendo a todos, incluso a su hija, acerca de quién es el artista de verdad. Se cansará, intentará pintar otra cosa que no sean los famosos ojos grandes que su marido firmaba, y un día se marchará definitivamente.

Una historia simpática, real, interesante, de las varias que deben existir por ahí y no conocemos, que desenmascara un fraude monumental.

Está bien actuada por Adams, un poco exagerada por Waltz y sus muecas, sobre todo en la escena del juicio. Muy poco a la manera de Burton.

jueves, 2 de abril de 2015

Betibú

Betibú



Claudia Piñeiro tiene oficio. Sabe lo que asusta, lo que conmueve y lo que intriga. Conoce o sabe surfear en las miserias, los pactos secretos, las apariencias de la clase alta que vive en un estado de permanente tensión entre sus verdades ocultas y lo que deben mostrarle al mundo.

Sus libros se leen amablemente, transcurren, atrapan de alguna manera sutil, son relatos que conocemos, o que creemos conocer en su devenir porque todos tenemos a alguien así o parecido a sus protagonistas cerca nuestro. Por eso son relatos verosímiles y cercanos.
El tema es, una vez más, el paso del papel a la pantalla. No siempre se logra.

Betibú tiene encanto, tiene una estética interesante, una cámara que se muestra inquieta e inteligente en planos secuencia bien resueltos y una atmósfera de novela negra (sostenida por un personaje central que es el Brena que interpreta Fanego, una especie de turco Sdrech de la gráfica) que le agrega interés y aire de clásico.

Una muerte en la primera escena, un trío desparejo de dos periodistas y una narradora (ex novelista) compuesta por Mercedes Morán (siempre muy parecida a ella misma) un escenario que Piñeiro conoce bien, las intimidades de un barrio cerrado, gente de buena posición económica, y una trama que habrá que ir deshilvanando como un ovillo enmarañado.

Y se irá logrando bien, hasta que, por el tiempo transcurrido habrá que resolver todo en los minutos finales, como es bastante frecuente en este tipo de relatos.

Es decir, nos entretenemos con el desarrollo de una trama bien plantada, hasta que por falta de tiempo tenemos que recurrir a algo extraordinario, algo sobrenatural, o una trama histórica de lealtades y salvajismos juveniles que, como en este caso, tendremos que revelar por un tercero en escasos 5 minutos.

En este caso no serán marcianos, sino una misterios "organización" que todo lo puede y que es capaz de limpiar de la faz de la tierra a 5 personas mediante el pago de una suma.

La música está muy bien, apoya muy bien el relato, para situarnos mediante un jazz clásico y pegadizo en una atmósfera más de cine negro, es una buena decisión, y de las actuaciones sobresale el oficio de Fanego, no mucho más.

Lito Cruz hace lo que sabe, un comisario que asusta, y le agrega sus mohines y sonrisas socarronas que son tan efectivas. Y Norman Brisky, en el papel de Gato, que a pesar de sus muecas de loco y su atuendo ad hoc, cumple con oficio.

Es un buen intento que entretiene y homenajea a los clásicos.