jueves, 20 de junio de 2013

Gambit


Gambit

Gambito, estrategia, trampita.
Todos los ingredientes de las clásicas comedias de Willy Wilder, una presentación con una buena banda de sonido incidental (que será clave, casi un actor más en el desarrollo), títulos mezclados con animaciones, colores primarios.
Estamos a punto de ver (fue directo a DVD) una comedia de estructura clásica, y no hay ninguna intención de ocultarlo.
De nos ser porque sabemos que se trata de una producción de 2012, con un elenco demasiado actual (y bueno) nos dejaríamos llevar por esa atmósfera de época, ese buen primer paso que nos anticipa una comedia de esa que no van a hacerle mal a nadie, y en la que nadie saldrá herido.
Del director conocemos algunas buenas cosas (game 6 de un increíble guión de Don Delillo, el club del emperador, un día perfecto) pero sabemos mucho, muchísimo más de la pareja de guionistas, los hermanos Cohen, que nos anticipan algunas buenas situaciones incómodas, bizarras, divertidas.
Y todo lo que nos anticipa, prometen los títulos, pasará.
Gambit es una comedia blanca, inofensiva, tierna a veces.
Colin Firth (Oscar por El discurso del Rey) es un enorme comediante y está acompañado en el cuarteto actoral por Cameron Díaz, Alan Rickman y Stanley Tucci.
Todos lanzados a sus interpretaciones ricas en matices, en el límite siempre de la bizarría y jugando, principalmente jugando con un guión contundente, a la altura de ellos.
La anécdota es básica y efectiva, un magnate de los medios, británico, millonario y mezquino, un verdadero turro destratador, su especialista en arte, un mayor retirado que es un falsificador, una joven texana una historia que empieza con el abuelo de Cameron y un cuadro de Monet.
Japoneses, intrigas y egos.
Gran cócktail, buen guión en el que ganarán los buenos, ritmo de comedia clásica y  buenas interpretaciones, no hacen todos estos elementos mezclados con pericia a una buena película? Si, claro que sí, y es lo que vemos en Gambit.
Pero además es una excelente muestra de que no hace falta recurrir a lo escatológico, a los guiones rebuscados, a los giros grandilocuentes, para lograr una buena comedia. Nos mete en la atmósfera de los fines de los 50 y 60, pero también en las tardes de Abbott y Costello, y Jerry Lewis.
Buenos recuerdos.

martes, 18 de junio de 2013

The Killing - Quién mató a Rosie Larsen?

The Killing – ¿Quién mató a Rosie Larsen? (temporadas 1 y 2)

 

En el diario Crítica (el de Natalio Botana) los ilustradores y las plumas policiales eran dos cuestiones muy serias. La ausencia de TV generaba que esos dos especialistas mantuvieran a la sociedad informada sobre cuestiones muy sensibles, que cruzaban a todas las clases sociales y alimentaban pulsiones muy profundas a nivel individual.
Ese formato es el de las primeras apariciones de Sherlock Holmes, cuando Connan Doyle lo entregaba en formato folletín, o el de la historia de la sirvienta que se gana la lotería de Roberto Arlt para Crítica (300 millones en su versión teatral) y lo que vemos hoy, salvando las distancias de producción y calidad, con los “especialistas” en policiales de los canales de televisión que intentan recrear este género.

En esa línea de los grandes relatos policiales, sorpresivos, sólidos y estéticamente cuidados vibra The Killing, la serie que emite los domingos en Estados Unidos la señal AMC.
La protagonista central es una detective terca, casi inexpresiva, colorada, demasiado profesional para un medio que no lo valora. Se llama Sarah Linden, está interpretada por la talentosa Mireille Enos y es un personaje con un poder de comunicación de gran poderío.

La estética es opresiva, está filmada íntegramente en Seattle, una ciudad en la que llueve 360 días al año, es demasiado fría y gris, y en la que la gente no usa paraguas para protegerse, es tan natural que llueva que ya no hace falta.

Sarah Linden está a punto de viajar con su hijo adolescente a otra ciudad, deja el trabajo que la perturbó y le hizo perder el equilibrio emocional (después veremos por qué) para iniciar una nueva vida, lejos de los cadáveres de la división homicidios y de las pruebas de laboratorio y de los casos difíciles.
Es soltera, también perdió a su marido en el camino, su hijo no está del todo ubicado en la vida (se cría casi solo) y está soltando amarras en el primer capítulo.

Pero todavía no se fue, y minutos antes de irse de la oficina (mientras la está vaciando) llega un aviso de una persona desaparecida.
Es una joven.
La van a encontrar en el baúl de un auto en un lago.

Se llamaba Rosie Larsen y a partir de ese instante, les aseguro que no podrán dejar de ver la pantalla.

La serie tiene una potencia narrativa envidiable, muy bien filmada y con un ritmo que, aunque con el paso de los capítulos vamos adivinando (no importa que descubrimos el esquema narrativo en el tercer o cuarto capítulo) lo que importa es que es muy efectivo, y mantiene nuestra atención.
26 capítulos tardaremos en descubrir quién mató a Rosie Larsen, 26 increíbles capítulos en el que no sobra nada, ni un detalle, ni un diálogo.

Es como leer una buena novela, que nos da pistas todo el tiempo, y nos mantiene alertas desde la primera página.
Recomendable por todos lados, muy bien resuelta y con una pareja actoral tan despareja, tan apática, tan fría, tan cerebral y a la vez tan vulnerables, que conmueven.

A Linden le asignan caminar esos primeros pasos con un joven investigador, que irá a sentarse a su sillón, se llama Holder, también tiene una historia compleja para llegar ahí y juntos serán imbatibles.
No hay manera de no ver esta serie.

Se puede ver en Netflix las temporadas 1 y 2, la tercera, que acaba de empezar en Estados Unidos, arranca con otro asesinato, con lo cual con las dos primeras van a tener el cuadro completo.
Es otra serie basada en una serie Sueca (como Wallander) y vale la pena por donde la miremos.

Linden retrasará su partida hasta perder de nuevo todo, la obsesionará resolver el caso. Lo va a lograr, con un costo alto, pero los que ganamos somos nosotros.
Incluso en el capítulo final, cuando parece que tenemos todo resuelto, habrá dos vueltas de tuerca más que nos dejarán sin aliento.

 

 

lunes, 10 de junio de 2013

Puerta de hierro (el exilio de Perón)


Puerta de hierro (el exilio de Perón)


Quizá el punto más débil (no es el único) de esta producción argentina sea lo desparejo de las actuaciones. No le faltan nombres, pero hay un esfuerzo por buscar parecidos físicos por sobre buenos desempeños, algo como forzado, que se nota demasiado en la pantalla.
A pesar de este rasgo, a pesar de la lógica con la cual se compactan los 17 años de Perón en el exilio, de lo exiguo de su paso por Centroamérica, de su salida en la cañonera paraguaya y algunas cuestiones de forzado dramatismo, yo celebro que se animen a este tipo de películas. Repito, a pesar de todo.
Lo celebro porque es una manera de conocernos, de saber aunque sea con un rapidísimo pantallazo lo que pasó, de intuir.
Cuánta falta nos hacen estas aproximaciones a la historia, algo así como lo que semanalmente encara el Canal Encuentro, pero con vuelo cinematográfico. Porque eso si que está presente en esta película, hay intención, hay vuelo y hay oficio.
Lo que no hay definitivamente es una historia que pueda hilvanar esos 17 años y el paso de un Perón todavía impetuoso a ese Perón de la vuelta, cansado, con dudas, más rodeado y definitivamente menos dueño de sus decisiones.
Vuelve Víctor Laplace (que también dirige) a ponerse en la piel de Perón, y la verdad es que lo hace bien, sabe, lo ha escuchado mucho, sabe de sus tonos, de su picardía de sus humoradas, de sus inflexiones, de sus tristezas y de su voz acomodada para la ocasión. Lo sabe y lo hace bien, es una presencia absoluta y un brillo que opaca y disminuye a todo el resto.
Ese Perón del final, el que está casi listo para volver, el de las manos y la cara con las marcas, las pecas del paso del tiempo, la próstata hecha pedazos y el cerco de López Rega, ese Perón está compuesto de manera virtuosa.
El tema es el resto, se destacan Javier Lombardo como Jorge Antonio, el amigo, el que compartió esa intimidad y una buena y sobria interpretación de Victoria Carreras como María Estela Martínez. Chabela.
La historia es la que falla. El libro no logra hacer una historia. Hay que suponer mucho, hay que conocer mucho de esa historia del exilio como para entenderla y seguirla.
Si bien el recurso de su amiga española, esa amiga imaginaria que recrea el texto para explicar y poner algunos acentos y corregir la historia, no alcanza.
Son muchos años, como Rosas, como San Martín, los que estuvo afuera, aunque conectado mediante sus cartas, sus grabaciones y el desfile incesante de visitas de sindicalistas, de escritores de periodistas.
Muchos años afuera y una salud que se deteriora como la Argentina misma, con su salud deteriorada. No es el mismo que se fue, y eso se ve en la película y es un buen hallazgo.
La quinta (que desconozco si se parece a la quinta original) y su nueva intimidad están insinuadas en el devenir de la historia, el ir de un lado al otro, su máquina de escribir, sus libros y la ropa, lo único que lo acompañó en esos saltos por países latinoamericanos.
Hay cosas muy bien abordadas como la llegada del cadáver de Eva a la casa.
Me gustó la película. Pero me gustó con una mirada amplia. Me gustó el oficio, la intención de hacerla, el despliegue técnico, la recreación de época. Todo eso, más esa necesidad de filmar lo nuestro que señalé al principio. Por eso mi mirada sobre esta historia es benévola.
Porque si pongo en el balance todo lo que no me gustó, desequilibraría para el lado oscuro.