viernes, 21 de febrero de 2014

Al final del arco iris (Teatro)


Al final del arco iris

 


Cualquiera pensaría que es una osadía poner una obra de teatro, levemente musical, con solo 4 intérpretes, sin bailarines, en plena calle Corrientes, sobre los últimos días de la vida de Judy Garland.

¿Qué expectativas de taquilla? ¿Qué haría que la gente la fuera a ver?

Doy mis razones, si bien los pergaminos que preceden a tres de los factótums de la puesta, me refiero a Karina K, Antonio Grimau y Alberto Favero, son como para hacernos pensar en un acierto de corrección y prolijidad, todo queda reducido a nada, cuando apenas las luces se insinúan, comienza el despliegue y la entrega de Karina K, y ya nada importa.

Transporta, emociona, nos pone nerviosos, nos conmueve y nos da ganas de subirnos a besarla y a darle al mismo tiempo una trompada.

Pocas veces creo que tenemos la oportunidad de ver en un escenario, en vivo, una entrega y una composición semejante.

Todo está equilibradamente desequilibrado.

Todo es profesionalismo y emoción.

Los últimos días en la vida de Judy Garland, en una habitación de hotel en Londres, y en el escenario de su última gira.

Su pianista y director musical de los shows, y su último prometido, que se convertirá en su quinto marido, mucho más joven, ambicioso y con la intención de volverla a poner en circulación, para poder vivir de ella.

El amor y el desamor. La soledad. Los nervios por pisar el escenario cada vez, la falta de dinero y el hastío de la propia vida. Todo está en cada gesto.

Lo fabuloso es que Karina K compone a una Judy en el momento de madurez, pero a la vez de extrema fragilidad. No hace una caricatura de una actriz y cantante ex prodigio de Hollywood en sus últimas borracheras, la hace explotar y llorar, sin excesos, reír de nervios, murmurar todo el tiempo, amar, putear, desesperarse por la droga que le falta y cantar con emoción en las dos horas que dura la obra, sin darnos respiro.

Y además con una voz y un dominio del escenario arrollador.

Las escenas cuando canta en el show esas canciones vacías, desesperadas, peleando contra al cable del micrófono y sus fantasmas son de un nerviosismo exasperante.

Lo mismo que los bajones y la humillación de la vuelta a la habitación del hotel.

Toda la obra es esta maravillosa composición.

Todo el mérito y todo el desgaste.

Está bien, correctamente acompañada por Grimau, en el rol del pianista gay que quiere acompañarla para salvarla, de su joven amante que será pronto su marido (en la vida real Judy se casa con él en Londres a poco de terminar con los shows y muere a los 47 años 3 meses después de la boda) que compone Federico Amador (para la platea tv aficionada) y la dirección musical e interpretación en vivo de un trío comandado por Alberto Favero, eternamente joven y dúctil.

Entonces sí hay que ir a verla.

Porque no son frecuentes estas interpretaciones tan jugadas y a la vez tan límites.

Porque la música y la puesta son sobrias y conmovedoras.

Porque es una apuesta diferente en una cartelera que tiene una salud increíble y auspiciosa (todas las obras, o casi todas, de la calle Corrientes estaban agotadas el viernes por la noche)

Porque hay mucho trabajo, hay profesionalismo, hay un texto bien traducido y hay buena dirección.

12 years a slave


12 years a slave

 


Ya lo escribí otras veces, no siempre una película grande es una gran película.

Y esta es grande, es concebida como grande por su elenco multiestelar, por los desplazamientos las locaciones, la banda de sonido, la duración. Es el gran engranaje industrial al servicio de la historia.

Pero resulta que la historia no resulta.

Al menos no para mí, que ya vi Raíces hace tantos años, y aprendí que había blancos malos malísimos en el sur de Estados Unidos, y que todo valía a la hora de defender las propiedades (entre las que están los negros esclavos).

Es cierto que la película se estrena en un año en el que otras películas abordaron la temática (la del mayordomo por ejemplo, comentada hace poco en Butaca al Centro) y también es rigurosamente cierto que, con Obama en el segundo mandato, hay cuestiones que tienen una resonancia en la audiencia norteamericana que en otras épocas no habría tenido.

Quiero decir, es una película que no cuenta nada que no hayamos visto, que se regodea en algunas crueldades, que hace demasiado foco en las laceraciones físicas y las violencias sexuales y morales, pero sin aportar una mirada nueva sobre el problema.

Es decir, ya vimos eso, pero qué más tenés para contarme.

Si no hay ese “algo más” la película es otra más, y este es el caso, lamentablemente.

Tampoco me gustó el trabajo protagónico, y rescato solamente para mi gusto algunos minutos del “master” que compone Bennedict Cumberbacht.

No el de Fassbender, actor fetiche del director a quien había ya dirigido en Shame, por ejemplo, que es un compendio de excesos y rojedades en la cara.

Hay pasión insinuada no genuina, hay sangre derramada pero sin otro fin que derramarla, hay temas que no cierran nunca, y no hay una mirada que explique el fenómeno desde otro ángulo, lo que sería necesario para entender porqué, la sociedad americana todavía no se cura de esa herida de la esclavitud de su población negra.

No vale la pena contar de qué va la historia.

Ya la vimos por la televisión hace algunos años.

Out of the furnace






Out of the furnace

 


Fuera del horno es la traducción literal de esta película en la que, almas flacas y desoladas, en rincones más grises que el pantalón de franela del colegio, algo sucios también, desolados, viven sus vidas miserables.

Cruzadas por dramas hondos, pero básicamente, por la desesperanza de saber que nada, o casi nada, los sacará de ese horno.

Hay hornos en la película, una fábrica enorme, una fundición, en la que trabaja Christian Bale, y en la que también trabajó su padre.

Dueño de un físico que se adapta milagrosamente a los cambios que exigen los personajes que encara, esta película la hizo un poco antes que escándalo americano, y acá pesa unos 15 kilos menos, Bale es sin dudas un sólido exponente de su generación de torturados mentales, de sufrientes.

Y en esta película encarna a ese trabajador, ese obrero, que vive un romance con una maestra de colegio, tiene un hermano que vino muy mal de Irak (un buen Casey Affleck, muuuuucho mejor que su hermano más famoso) un tío y un padre enfermísimo.

Este núcleo familiar, las rutinas fabriles, las tensiones entre el lugar en el mundo que perdió su hermano y el que está por perder su padre, son el inicio de todo.

Hasta bien entrada la película no vemos más que grisitud. Vidas que se alteran poco, monotonías, tensiones sugeridas pero que no explotan nunca. Hasta que lo hacen.

Y será una sucesión de hechos feos, al límite, la que pongan al personaje de Bale en encrucijadas, en situaciones fortuitas, y en la cárcel por unos largos meses.

Cuando sale, todo será distinto.

Nada mejoró.

Su mujer se irá con un policía y se embarazará (sin dejar de amarlo) su hermano se enfrascará en peleas callejeras por dinero, su padre morirá, y la imagen se agrandará para mostrarnos el cuadro más grande. El foco ya no será la casa ahora casi vacía, sino los andurriales de la ciudad, los márgenes, y en los márgenes los desagradables.

Los que arreglan peleas, apuestas, tiene bares en los que se vende todo, y aparecerán también dos buenos malos, dos malos excelentes. Que nos meten miedo, sobre todo el que compone Woody Harrelson, que logra una composición nada exagerada pero temible (que me hizo acordar todo el tiempo a la tensión que me producía ese personaje que había hecho acá Lito Cruz en TV, “el chancho”) y el otro, un poco más tierno pero igual de lumpen, compuesto por Willem Dafoe.

La película es sucia, es triste, es desalmada, es fría.

No es recomendable para una tarde en la que uno no se sienta bien.

Pero está bien hecha.

Es bella, en términos de imagen, aunque no hay belleza en lo que muestra.

Y está fundamentalmente bien actuada.

Closed Circuit


Closed Circuit

 

Un fino director inglés, John Crowley, que nos había regalado dos buenas películas como fueron Boy A y Is anybody there con Michael Caine, no pudo con la tensión, ni la acción, ni la intriga de un relato concebido para hacernos creer lo que no es.

Una explosión en el centro de Londres, unas cámaras que todo lo captan, un activista preso y un proceso legal que, por el foco de la prensa mundial y las presiones de los gobiernos involucrados, debe ser conducido con máxima celeridad y apego a normas.

Entre ellas, conformar un equipo especial de defensa.

Esa pareja de abogados, que además habían sido pareja amorosa, los desencuentros en la manera de encarar el caso y el peligro que deben enfrentar juntos al tratarse de un caso que no es nada claro y en el que a poco de andar se descubre una conexión del imputado con el servicio de inteligencia británico, todo eso que suena buenísimo para un argumento, no alcanza a transmitirse en esta película.

Demasiado desabrida, morosa, contada bien, pero sin sorpresas ni actuaciones que nos transmitan coas, se queda a mitad de camino de todo.

No nos sorprende, no nos hace tener miedo por la vida de los protagonistas, no hay ni persecuciones ni golpes bajos, no hay belleza, no hay vértigo en la narración, ni siquiera hay buenas tomas de esa ciudad tan hermosa.

Mucho menos hay conexión con el título. Si bien cuando empieza se ven unas imágenes del “gran hermano” inglés que todo lo registra, esas mismas imágenes no son explotadas en el resto del relato, con lo cual, ni siquiera se entiende el porqué de la elección del título.

Eric Bana nunca fue un actor de mi predilección, menos en esta.

El único dato interesante es el rostro y la belleza de la protagonista, Rebecca Hall, esta inglesa maravillosamente hermosa que vemos no tan seguido en las pantallas.

 

viernes, 7 de febrero de 2014

The Family


The Family

 

Besson, De Niro, Tommy Lee Jones no aseguran nada hoy en día.

Los tres en lo suyo, profesionales como son, parece que sobran cada instante entregando lo que ya sabemos que pueden entregar.

En medio la belleza de Michelle Pfeiffer (eterna) y en la base de esta comedia negra los hijos de “la familia”, los adolescentes que componen Diana Agron y John D’Lelo.

Los dos por su lado y cuando se juntan salvan actoralmente el relato. Cada una de sus intervenciones son brillantes y apuntalan los cansancios del resto del elenco.

Lo demás lo vimos todo, a De Niro con su risa que achina ojos saludando capomafias en la calle, los arquetipos de la cossa nostra, el tío que come fideos en prisión, las vendettas, todo.

Esa familia está protegida por el FBI y se tiene que ir mudando de ciudad en Francia cada vez que algo sale mal o tienen alguna chance de ser reconocidos.

Eses es el principal sostén argumental y como no hay mucho más que eso, la película se torna tan previsible que puede hasta aburrir.

El director Besson es multifacético, es irregular, pero tiene un escalón de calidad en lo que ofrece. Ese escalón en esta producción es muy bajo.

Clear History


Clear History

 


Es una película para televisión, que fue a DVD, y se nota.

No es que no tenga profundidad en el relato, muy por el contrario, pero tiene una frescura que hace que uno sospeche que no fue pensada para el cine.

Un señor, un tanto cabrón, muy enamorado de sus ideas y sus razonamientos y sus convicciones, es el compañero de ruta de un innovador en la industria automotriz, una pequeña empresa que está a punto de fabricar en serie un auto totalmente eléctrico.

El día del anuncio, todo funciona, todo es entusiasmo, menos en nuestro protagonista, que se disgusta por una tontería, por el nombre del auto.

Entonces, cabrón hasta en último segundo (cuánta gente conocemos así) le dice al dueño que se baja, que vende el 10% que tiene en acciones porque no le gusta el nombre que eligió para el auto (Howard se llama, como su hijo).

Lo que sigue es que el auto triunfa, que todos los norteamericanos lo quieren, y que la compañía en poco tiempo pasa a cotizar unos 10 mil millones de dólares.

Y el se los perdió.

Una transformación física importante y un exilio autoimpuesto en el interior del País le aseguran el anonimato necesario para rehacer su vida, luego de aparecer varias veces en los noticieros de la tv como “el hombre que se perdió 1000 millones”

Esa nueva vida en un puerto alejado lo hace bajar los humos, aunque vivir con un rencor eterno. Tanto como para no pasar un día sin acordarse del tema, aunque sus actuales amigos, novias, compañeros, ni sospechen que se trata de aquél que lo perdió todo por un enojo.

Todo funciona hasta que un millonario carismático se muda al pueblo a una casona enorme.

Si, es su antiguo socio.

Y todo el pasado se viene encima.

Esa es la anécdota y está muy bien contada.

Y protagonizada.

El elenco es de lujo. Se destacan la pareja protagónica Larry David y John Hamm, pero no se quedan atrás componiendo verdaderos buenos papeles kate Hudson, Michael Keaton, Eva Mendes (irrconocible) y Bill Hader (de SNL).

Galerías de arquetipos de pueblo, gentes obsesionadas con absurdos, planes de destrucción, arrepentimientos, y mamadas a la banda Chicago (figuradas) son los condimentos de esta comedia.

Es interesante, es efectiva, y está bien actuada. Es suficiente.

Aunque, quizá por ser un producto de HBO con ese destino, no ahonda en algunos tópicos que suele explotar el nuevo humor norteamericano que tantas veces he valorado en este espacio.

Desde ese punto de vista, es una comedia clásica.