viernes, 21 de febrero de 2014

Out of the furnace






Out of the furnace

 


Fuera del horno es la traducción literal de esta película en la que, almas flacas y desoladas, en rincones más grises que el pantalón de franela del colegio, algo sucios también, desolados, viven sus vidas miserables.

Cruzadas por dramas hondos, pero básicamente, por la desesperanza de saber que nada, o casi nada, los sacará de ese horno.

Hay hornos en la película, una fábrica enorme, una fundición, en la que trabaja Christian Bale, y en la que también trabajó su padre.

Dueño de un físico que se adapta milagrosamente a los cambios que exigen los personajes que encara, esta película la hizo un poco antes que escándalo americano, y acá pesa unos 15 kilos menos, Bale es sin dudas un sólido exponente de su generación de torturados mentales, de sufrientes.

Y en esta película encarna a ese trabajador, ese obrero, que vive un romance con una maestra de colegio, tiene un hermano que vino muy mal de Irak (un buen Casey Affleck, muuuuucho mejor que su hermano más famoso) un tío y un padre enfermísimo.

Este núcleo familiar, las rutinas fabriles, las tensiones entre el lugar en el mundo que perdió su hermano y el que está por perder su padre, son el inicio de todo.

Hasta bien entrada la película no vemos más que grisitud. Vidas que se alteran poco, monotonías, tensiones sugeridas pero que no explotan nunca. Hasta que lo hacen.

Y será una sucesión de hechos feos, al límite, la que pongan al personaje de Bale en encrucijadas, en situaciones fortuitas, y en la cárcel por unos largos meses.

Cuando sale, todo será distinto.

Nada mejoró.

Su mujer se irá con un policía y se embarazará (sin dejar de amarlo) su hermano se enfrascará en peleas callejeras por dinero, su padre morirá, y la imagen se agrandará para mostrarnos el cuadro más grande. El foco ya no será la casa ahora casi vacía, sino los andurriales de la ciudad, los márgenes, y en los márgenes los desagradables.

Los que arreglan peleas, apuestas, tiene bares en los que se vende todo, y aparecerán también dos buenos malos, dos malos excelentes. Que nos meten miedo, sobre todo el que compone Woody Harrelson, que logra una composición nada exagerada pero temible (que me hizo acordar todo el tiempo a la tensión que me producía ese personaje que había hecho acá Lito Cruz en TV, “el chancho”) y el otro, un poco más tierno pero igual de lumpen, compuesto por Willem Dafoe.

La película es sucia, es triste, es desalmada, es fría.

No es recomendable para una tarde en la que uno no se sienta bien.

Pero está bien hecha.

Es bella, en términos de imagen, aunque no hay belleza en lo que muestra.

Y está fundamentalmente bien actuada.

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