martes, 26 de noviembre de 2013

Adore

Adore



Es una producción australiana perturbadora. Una de esas películas en las que la incomodidad te gana, se hace parte del relato y fluye, pero se encarga de reforzar a cada rato que lo que estás viendo tiene un costado complicado.
Un paraíso privado. Dos vidas perfectas, apacibles. Dos amigas bellas, muy unidas, tanto que habrá tensión sexual entre ellas, y chistes, y suavidades.
Son Robin Wrigth y Naomi Watts, muy rubias. Muy flacas, muy cuarenta y pico ambas.
Y en ese paraíso privado, en el que se puede vivir yendo de casa al trabajo y del trabajo a casa porque las casas quedan justo frente al mar, y el trabajo a unas pocas cuadras, estas amigas viven una vida de pies descalzos y vistas espectaculares.
Son amigas, tienen las dos un hijo varón cada una, y así como crecieron juntas ellas, ellos también lo harán, compartiendo secretos y juegos. Vida.
Naomi enviuda.
Robin (qué linda está! Con el pelo corto como en House of Cards) decide no mudarse y quedarse en la casa a pesar de que su marido consigue un buen empleo en Sidney.
Y en esas tardes de brisa, de ventanas abiertas, de paisajes infinitos, un día sucede algo que desencaja. Un beso robado, un arrebato, un roce, y todo cambiará en el curso de las cosas.
Es que el hijo de su amiga la besa, y ella no puede evitarlo, y entre los dos surge una pasión extraña, dulce, incómoda.
Y su propio hijo, que ve cómo su madre sale de la habitación donde dormía su amigo, emprende entonces un camino que lo lleva a la seducción de la mamá de su amigo, solo, al principio, para que sienta lo mismo.
Pero sucede que todo es demasiado dulce y perfecto.
Y raro.
Ellas de casi 50, ellos de un poco más de 20.
Compartieron todo en su vida.
Hasta esto.
Ese es el nudo central de esta película dirigida por una mujer, y narrada en tono moroso, pero perfecto desde el punto de vista de las imágenes y de los planos y la sugerencias.
Pero el relato carece de sorpresa.
Los diálogos son fuertes e interesantes, pero no traducen en situaciones cinematográficas acordes.
No está mal.
Pero nos da la sensación de que podemos anticiparnos al final, a todo lo que sucederá, porque no hay esfuerzos por evitar las obviedades.
Plantea un dilema moral, es cierto, y lo lleva hasta el límite de lo aguantable.
Quizá desde ese punto de vista pueda correr alguna suerte y hacerse un lugar.
Y hay mucha belleza, ese no es un dato malo a la hora de contar una historia.


Paranoia

Paranoia



Con dos columnas, con solo dos columnas sólidas se sostiene un relato a la medida de los nuevos tiempos.
Tiempos de tiburones del mundo virtual. En el que los poderosos no son ni industriales ni financistas. Son los creadores de aparatos de gran tecnología, de programas, de proyectos para cambiar al mundo virtual.
Los dos pilares son Gary Oldman (siempre bien) y Harrison Ford (qué grande está) y fueron socios, y tocaron el cielo con las manos, y se separaron mal para detestarse de por vida, y ahora no pararán hasta sacarse los ojos.
Son dueños de empresas enormes, los dos, y están en la carrera por la tecnología como dos chicos.
Son taimados, tiburones en aguas complejas, y saben jugar el juego.
Cuando llega a sus vidas el joven Liam Hemsworth (ascendente australiano al que nos vamos a tener que acostumbrar) y con su ambición y su osadía, se mete entre ambos para que las cosas se compliquen demasiado.
Uno de ellos, con una artimaña simple pero efectiva, lo hará meterse en la organización del otro para nada menos que robarle su última invención.
Es decir, una historia clásica. De espionaje clásico, con las reglas del juego clásicas. Pero ambientada en la actualidad de las empresas de tecnología.
Está claro que los dueños de las empresas no son tan hijos de puta, ni las cosas están en ese nivel de paranoia, pero la historia está bien contada, es ágil, tiene todos los condimentos del género, y es atrapante.
No faltan el romance, el padre del joven que es bueno y la reserva moral de la película, el arrepentimiento clásico del que pisa el palito en el cine americano, y el comienzo de nuevo, de cero, con sus amigos para comerse al mundo desde un garaje de Brooklyn.
Lo que estoy describiendo la hace un plomo, ya lo se.
Pero es bueno decir que tiene todos los condimentos del clásico del género, y con eso se evitan las sorpresas desagradables. Uno sabe a lo que va cuando se mete en la aventura de una película de género. Hasta se puede sonreír con alguna escena que parece exagerada, pero lo que es cierto es que, si está bien hecha, uno prescinde de todo eso y se mete en hora y media de pura diversión.
Y en eso la película es efectiva.
Nada más que en eso, claro.

Two Guns

Two Guns



A comprar pochoclos.
Un clásico de tiros. Bien para desenchufarse. En el que si no es porque hay gente que se muere (yo en estos casos de películas que vibran en la cuerda de la ironía haría que la gente no muera, como en Brigada A) parecería que estamos frente a una serie de TV de la hora de la leche.
Pero es Hollywwod, y son Mark Wallberg (que es siempre correcto) y nada menos que Denzel Washington, que también es bueno en comedia.
Creo que debe ser uno de esos guiones en los que hay mucha plata y no se puede decir que no. Que vienen con despliegue de producción y se termina de rodar en 4 semanas. Si no es así, que alguien explique cómo consiguen a Denzel W para este tipo de películas.
Es una industria, y esta es una película industrial.
No hay búsquedas, no hay dobles intenciones, ni sentidos ocultos, todo está en la pantalla de manera llana y frontal.
Hay dos agentes encubiertos que no saben uno del otro que son agentes encubiertos y trabajan juntos. Hay jefes malos y jefes malísimos de esos agentes.
Hay narcotraficantes (latinoamericanos, el teniente Castillo de División Miami!!!) y hay dinero.
Hay venganzas y muchos tiros y explosiones.
Una de tiros como debe ser.
En la que los malos son pésimos y los buenos tiene buen corazón y valoran la amistad.
Nada más.

Pero divertida.