sábado, 30 de julio de 2011

Winter's bone

Winter’s bone

Nos asomamos muy poco a estos relatos incómodos, fríos, sucios, de los ámbitos rurales y poco educados de los Estados Unidos. Ámbitos helados, gentes extrañas, muy poco sociables, que rara vez sonríen.
Esta es la historia de una adolescente, grande a la fuerza, que tiene sobre sus hombros la responsabilidad de sus dos hermanos menores y su madre enferma, ausente. Su padre, una figura emblemática en el hampa local, se ha ido hace tiempo huyendo de la justicia, y todo tendrá que resolverlo Ree.
En esa parsimonia que impone la sobreabundancia de camperas y gorros por el frío y la poca comida en el plato, el conflicto se desata cuando se enteran que lo único que tienen, que es esa propiedad y el bosque en el que viven, ha sido puesto como fianza por su padre en el juicio que le siguen, y que si no se presenta en unos días en la corte, lo perderán.
Ahí empieza la larga caminata de la protagonista para encontrar a su padre y rogarle que se presente.
En esa caminata se meterá en las vidas de todos los que alguna vez hicieron negocios con su padre (de producción y venta de drogas) y eso será, además de peligroso, revelador de la personalidad del ausente.
Nadie quiere que la chica se acerque, meta sus narices en esas vidas, todos la expulsan, la evitan como una mancha.
Pero ella seguirá el camino, sabiendo que es lo único que tiene en la vida y que a su corta edad tiene que tomar todas esas decisiones en la más absoluta soledad.
La sordidez de las imágenes, contrarrestadas por unos paisajes pelados, áridos, fríos y demasiado iluminados, más los pasos cansados, la suciedad y los perros, son los ingredientes de un relato duro, muy duro, muy conocedor y buscador de esos parajes alejados de todo, que rara vez vemos retratados en las películas americanas.
Candidata al Oscar por su guión original, ganadora de premios en festivales independientes (entre ellos el Sundance) es una película para ver con ciertos reparos.
Nada será grato.
Nada será lindo.
Nara será dulce.
Pero, a pesar de la morosidad en el ritmo de la historia, es profunda y conmovedora.

viernes, 29 de julio de 2011

Un cuento chino


Un cuento chino

Es ocurrente Sebastián Borenztein, no hay dudas de eso, y es hábil con la cámara, con los actores y con los guiones.

Y es un buscador incansable de momentos, de climas y de situaciones absurdas.

Hace unos años vimos “La suerte está echada” una increíble historia de mufas, y esta historia vibra en esa sintonía que tan bien conocemos en Argentina, la del absurdo.

Un moderno Vaccarezza, un absurdo de principio al final, con una historia inverosímil que creeremos gracias al guión y a las actuaciones.

Elige el hijo de Tato a un tría actoral sobre el cual descansa toda la trama, el monumental Ricardo Darín, que maneja esta cuerda con tanta eficacia como lo vemos manejar la de la comedia o el drama más duro, el chino en cuestión y la ascendente y caderona Muriel Santa Ana.

Un chino es arrojado de un taxi en movimiento, en la costanera del aeroparque, justo a metros del lugar que eligió el personaje de Darín para tomarse una cerveza con una picada y ver despegar y aterrizar los aviones. Se conmueve, se apiada de este chino desdichado que ni siquiera puede explicar qué le pasó y qué hace en Buenos Aires, y se lo llevará a la casa para que pase la noche.

Desde ese momento y hasta que deja la casa, este ferretero agreta, solitario y gruñón, tiernamente compuesto por Darín, vivirán como una extraña pareja, como un dúo de mímicas y de sobreentendidos saludables.

El chino parece que va a cambiar todas esas vidas, y casi lo logrará-

Si no fuera por el absurdo de la historia, nos encontraríamos con una de esas películas argentinas que no sabemos si terminaron efectivamente cuando vemos los títulos, con historias menores, bien contadas, con actuaciones sólidas, pero sin guión.

Acá hay guión, hay trama, hay relato y hay ritmo cinematográfico.

Hizo tres películas, muy espaciadas en años, es hora que nuestra industria apueste a estos directores.

Casino Jack


Casino Jack

Basada en vida y obra del lobista Jack Abramoff es otra buena interpretación de Kevin Spacey, del que sabemos cada vez menos cercano a la industria y viviendo en Londres dueño de un teatro.
Es una buena pintura de los delicados equilibrios que sostienen el esquema central de la política de los Estados Unidos. Sabemos, y lo dicen cada vez que pueden, que el lobby es lo que hace que el sistema democrático funcione y que la negociación es lo que hace que funcione el sistema legal en USA.
Y también estamos acostumbrados a ver cómo son las fallas, sobre todo en las películas que trabajan alrededor de los grandes temas legales. Los juicios, las negociaciones, las turbideces.
Pero son pocas las veces en las que se retratan casos de lobby, de mala práctica en el ejercicio de la gestión de intereses.
Ahí vamos, en sintonía con las películas que nos están ayudando a entender la caída de las grandes corporaciones, los cambios en la política, el sensacional crack del sistema de hipotecas, Enron, el nuevo fenómeno del desempleo, Casino Jack se mete con un célebre lobista judío, que, desde su imperio en Washington, influye decisivamente en dos temas complejos, el juego y las minorías indias.
Sus manejos, sus dobleces morales, sus cimientos de enorme debilidad pero de grandiosa apariencia, serán retratados con crudeza. Todo lo que ha construido tiene una base que descubriremos débil, amorfa.
Lo interesante de la película es que no cuestiona el trabajo de los gestores de intereses, no hace balances negativos sobre la actividad, de alguna manera especula con los que hacen mal las cosas, pero las firmas siguen ahí, y lo peor que puede pasarles que perder la licencia para operar en Washington.
Poderosos, influyentes, los lobistas son bien retratados, y dejan claro que lo que salió mal, producto de su falta de ética y do códigos, es la conducta de un tipo inescrupuloso.
Spacey opacará a todo el elenco, será superior y la pantalla se iluminará con sus caras y sus poses y su voz.
Agrega esta vez algo que ya le vimos hacer en entrevistas y en algunas cosas extra pantalla, sus asombrosas imitaciones, hará de De Niro y Pacino y será genial en ambas interpretaciones, que las hará para distender situaciones.
Hay un buen segundo rol para Barry Pepper, que está llamativamente delgado, y no creo que por exigencias del rol.
A Pepper lo vemos encarnando a Bobby Kennedy en la miniserie que están dando en televisión por estos días.
Una película no muy amigable para el gran público, muy interesante y didáctica para los que se dedican al mundo de la gestión de intereses.

Source code


Source code

Mucha publicidad. Expectativa. La industria sabe cómo vender estos productos, y lo hace con eficacia.

Esperamos esta película como cuando se produjeron los estrenos de otras de su género que venían a cambiar la manera de relatar la ciencia ficción, pero en esta nos quedamos a mitad de camino.

Un argumento demasiado rebuscado, que hace que tengamos que estar tres veces más atentos que lo habitual, una idea, que está buena, pero que se plasma de manera artificiosa y una actuaciones no tan sólidas, hacen que la mezcla nos defraude un poco.

Con el éxito entre los adolescentes casi asegurado, una estética de video juego y adrenalina, con buenos efectos especiales es todo lo que puedo rescatar de esta película. No mucho más.

No quiero meterme con la trama, porque en esa explicación voy a cometer más de una torpeza y no suelo revelar (o al menos trato) demasiadas pistas acerca de los argumentos.

El multipropósito Jake Gyllenhall, una belleza insulsa como la de Michelle Morgan componen la pareja central de la película, sobre la que no recaerá el peso del relato, pero si de una buena parte de la obsesión del protagonista.

Párrafo aparte para un rostro y una actriz que puede cautivar, que merece más de lo que hasta hoy ha hecho, aunque ya la hemos visto filmar con directores grossos. Me refiero a Vera Farmiga (a googlearla ya!). Hermosa, camaleónica, intrigante actriz que acá compone al contacto del protagonista con el, digamos, “nivel de realidad” de la trama.

Es del estilo de la Blanchett, capaz de transformarse y ponerse en la piel de cualquier mujer, pero todavía no la hemos visto en su película consagratoria, y aunque acá cumple, y muy bien, seguro que no será esta.

Si no tienen más remedio…

domingo, 17 de julio de 2011

Rabbit hole


Rabbit hole

Dudé mucho antes de ponerme a ver esta película. Uno sabe de qué va por los títulos de los críticos, por los diarios, por los reportajes, y todo lo que dicen es perturbador. Nadie quiere enfrentarse a una historia en la que sabemos de antemano que veremos cómo una pareja joven se las ve con la vida después de que su hijo de 4 años, muere en un accidente.

Demasiada carga previa como para sentarse a verla sin levantar la guardia.

Pero Rabbit hole (agujero del conejo o conejera o el lugar adonde dormía Bugs Bunny) sorprende, no tira ni un solo golpe bajo y trabaja con la ironía, con el paso del tiempo, con las situaciones límite, sin tener que apelar a imágenes que desarmen por lo duras o lacrimógenas.

Es un sólido trabajo de Nicole Kidman, a la que el botox borró algunas de sus más bellas expresiones, pero en la que subyace una buena técnica para el drama y la ironía.

Ella y el cada vez más sólido Aaron Eckhart serán la pareja que sufre la muerte su hijo y veremos a través de sus vidas cómo se las arreglan para no morirse de pena y seguir viviendo.

Pasaremos por todas las dudas, la búsqueda de un nuevo bebé, el retomar del camino del sexo entre ambos, los grupos de ayuda, las distancias, las culpas que se echarán mutuamente, los apoyos, la noticia de un embarazo de alguien cercano, el doloroso desarmado de la habitación del chico.

Todo se irá dando suavemente, sin sobresaltos y sin apelaciones a la sensiblería.

No quiero decir con esto que se edulcora el dolor, quiero decir que está bien tratado todo el tema.

Ella no permitirá que sea la fe la que la ayude, él no sabrá cómo convencerla, intentará todo lo que ella proponga, y parecerá que nada los puede salvar de la disolución del matrimonio.

Pero algo va a pasar, nada estridente, pero contundente.

En el medio de esos intentos, de esas búsquedas, se desarrollará un inquietante vínculo entre Kidman y un chico, que luego sabremos que es el que manejaba el auto que mató a su hijo.

Todo será inquietante, pero todo a la vez se irá desarrollando sin aristas.

Es una buena película, menor en despliegue, íntima, bien actuada y con un guión en el que todas las sensaciones que a priori podemos tener sobre un tema tan complejo, se verán expresadas.

Párrafo aparte para Dianne Wiest, creíble como siempre, madura desde aquella hermosa hermana de Hannah en Hannah y sus hermanas de Woody Allen, acá aportando el equilibrio con Nicole, al ser ella también madre que perdió a un hijo.

Una maravilla de interpretación.

En definitiva, buen relato, que descansa en la idea central de que el amor es lo que salva, en definitiva, a la familia. Lo ponen a prueba varias veces en la película, habrá que ser fuertes para no perder el rumbo.

Ese dolor de la pérdida estará presente todo el tiempo, tironeando con la esperanza de encontrar un camino, será difícil, vendrá por el lugar menos esperado.

Los Marziano


Los Marziano


Ana Katz es una joven promesa del cine nacional. Por su edad, por su formación, se aleja un tanto de aquellas otras jóvenes promesas de hace unos años, cuyos relatos giraban, casi de manera obligatoria, por los barrios de la revisión histórica del pasado de los setenta.

Katz no abreva en esos guiones (nació en el 75) y puede dedicarse con otra frescura a otras historias.

Los Marziano está planteada en tono de comedia, la banda de sonido, los espacios, la composición de los personajes y el absurdo de sus focos y obsesiones nos sitúan en esa cuerda, aunque con el correr de la película nos quedamos un poco a mitad de camino de casi todo lo que el relato se propone.

Nunca nos vamos a reír fuerte, nunca nos vamos a emocionar con intensidad, y los conflictos serán demasiado suaves para que nos pasen cosas.

Quiero decir, están bien, son demasiado parecidos a la vida entre hermanos, cuñados, sobrinos y tíos, pero no hay más que eso, y para eso, está la vida.

Lo mejor de la película son sus actuaciones, hay un cuarteto sobre el que descansa todo el peso de la trama, los hermanos Guillermo Francella, Rita Cortese y Arturo Puig y la mujer de Puig, que hace Mercedes Morán.

Sobrios, insinuantes, medidos, están los cuatro a la altura de la creación de sus caricaturas, pero si un sustento de guión que los haga dar lo que pueden.

La anécdota es muy simple, los tres hermanos toman caminos diferentes, uno es profesional, vive muy bien, los otros dos andan de alquileres y divorcios y poco foco en los trabajos, y en eso uno de ellos, Francella, comienza a experimentar una extraña enfermedad que le impide leer, tiene que tratarse en Buenos Aires, y se da la esperada reunión entre los hermanos varones. Que no se frecuentan, que se deben mucho dinero y que tienen historias sin saldar.

Tengo que confesar que me gusta y me desconcierta esto de ver a Francella en estos roles sin guiños, sin sus miradas y sus suspiros, me gusta porque veo un actor detrás de las morisquetas, pero en algún punto quiero ver alguna de sus cosas características, las extraño. Celebro que tome estos desafíos, pero creo que los directores tienen la obligación de encontrarle un espacio para eso que lo hizo querible, en eso aplaudo una vez más a Campanella, que lo hizo brillar en El secreto de sus ojos sacándole notas dramáticas a su personaje, pero a la vez nos regaló minutos de sus puteadas y sus caricaturas más entrañables.

Los Marziano transita por esos caminos que no terminan de definirse para un lado o para el otro. Están bien contados los conflictos, con sugerencias, está muy bien actuada, pero le falta guión, le falta explosión, le falta alma.