lunes, 15 de octubre de 2012

Juan y Eva


Juan y Eva

 

Para los desprevenidos, esta es una historia de amor. Nada de enrosques políticos, de devaneos, de manipulaciones, de idolatrías. Es una historia de amor entre un militar en ascenso y una actriz en la Argentina de los 40.

Es tan difícil abstraerse, como imaginar al general besando, semidesnudo en la cama con el ícono. Pero sucedió! Formó parte de sus vidas como en las vidas de todas las parejas que quieren y se enamoran en este mundo.

Paula de Luque, la directora y adaptadora del guión de Jorge Coscia, elije con destreza los climas y los encuadres, recrea una época que los que no tenemos edad imaginamos, sin estridencias, sin despliegues de plazas y de extras, con la misma intimidad de la historia de amor.

Que sucede casi en su totalidad entre paredes, en autos, “de querusa” diría Discépolo para describirla.

Las actuaciones son muy buenas, de hecho sobre esos gestos y diálogos, sin caricaturas, descubrimos a dos personas, ambiciosas, que todavía no sabían adónde podían llegar juntos, enamorarse y dejarnos ver los rasgos centrales de sus respectivas personalidades.

No hay gestos “a lo Víctor Laplace” en el Perón de Osmar Núñez, ni la pasión extrema y delgadez de la Eva de Ester Goris, hay matices, insinuaciones, lenguaje y rostros.

La testadurez  del general que quiere vivir su romance pase lo que pase, aún en contra de los camaradas de armas que no lo aprueban, el refugio en un grupo de amigos incondicionales, de armas llevar, que lo militarán en cada campo, en cada oficina, en cada rincón del País, para sacarlo de la cárcel el 17 de Octubre y para bancar su romance, son de las entregas mejor cuidadas de la película.

Las actuaciones son de cámara, buenas, Pompeyo Audivert como Farrell, Fernán Mirás como uno de los generales que no aprueban el romance, y Alfredo Casero como el embajador de Estados Unidos Branden, son de lo más sólido en términos de interpretaciones.

La pareja central está, como dije, alejada de los estereotipos, no se propone la caricatura, sino la profundidad del momento, la historia de amor, el enamoramiento mutuo que se va convirtiendo en admiración de Eva hacia Juan y crece con el devenir de la actividad política.

Todo comienza con un brindis en un salón de clase alta, en el que brindan con el embajador Braden, y cuando todo tiembla, cuando sucede el terremoto de San Juan, los planetas comenzarán a alinearse para el encuentro que sellará estas dos vidas y a la vez será la piedra fundamental de una filosofía, de un proyecto político, de una nación.

Las referencias a la política no contaminan el relato amoroso, no lo invaden, y eso es una buena noticia.

Me cuesta enternecerme con un general que besa, con una Eva tierna que acaricia, con esos dos enamorados que son capaces de todo para vivir su historia. Me cuesta porque no lo pude ni leer ni ver, ni escuchar por boca de ningún protagonista.

Ellos, en mi mirada de la historia, siempre estuvieron juntos, se conocieron y no se dejaron nunca, eran el uno para el otro. Por eso, la intimidad de esos largos días, meses, entre el famoso terremoto y el ascenso final del general a la presidencia, eran, hasta ahora, una especulación, que imaginaba mucho más corta de lo que realmente fue. Fueron largos días de romance privado, sin luces públicas, sin coletazos para la historia, más que para ellos dos solos, a solas, compartiendo cama y mesa. Sin proyectos de País en la conversación.

Está bien la película, muy bien.

 

martes, 2 de octubre de 2012

El último Elvis










Un reparto corto. Un nieto nacido en el cine. Un ídolo. Una historia conmovedora y una banda de sonido tarareable. El último Elvis es una historia de sobrevivientes, de soñadores, de artistas, de gente que no encaja en el mundo. Tiene todo eso la buena película de Armando Bo, pero a la vez le faltan cosas. Es muy difícil de describir, la atmósfera es justa, los exteriores, el reparto. La historia, si la compartimos en el cuaderno o en la sobremesa, también funciona. Y está bien filmada, pero algo le falta. Algo vital que no l desluce, pero nos deja con ganas de un giro, un guiño, una sorpresa. Tampoco tengo claro si es un relato de perdedores o de ganadores. De esos tipos que se parecen a otros, a famosos deportistas, artistas, políticos, que se rebuscan la vida haciendo de esos a los que se parecen, poniendo el cuerpo. Y este Elvis, John McInerny es increíble. Por lo tierno, por lo ausente y por lo bien que canta como Elvis. Y Elvis, el eterno rey, está presente cada minuto, cada giro, cada respiración obesa, cada tributo. Un operario de Avellaneda es Elvis, su hija es Lisa, claro y su vida, casi tan complicada como la del rey, aunque sin sus millones. Come emparedados de banana y manteca de maní, tiene su peso, viste sus ropas y durante toda la película, eludiendo todas sus obligaciones una a una, salvo en una emergencia, se irá desprendiendo de todo lo que tiene para pagar su gira final. Se despoja todo el tiempo, se deshace, se desvive para vivir su última aventura. Y ejecutará un plan tan perfecto para cumplir con su sueño, que está por arriba de todas sus obligaciones de este mundo, que al final, terminamos por comprenderlo, por quererlo y por comprender que no hay otro final para sus sueños. Ahí está mi dificultad con esta película, a la vez que pasa todo esto, no pasa nada. Entonces se me ocurre que lleno los espacios, que todo es cuestión de insinuaciones, que como el lector in fábula de Eco, hago mi trabajo y completo la poesía del relato. Y las imágenes son bellas, y la música es increíble y la historia es corta, mezquina, y quizá hubiera requerido otros ribetes. Pero es conmovedora, y eso también tiene que ser el cine.