domingo, 5 de abril de 2015

Big Eyes

Big Eyes



No, no toque su pantalla, a pesar de lo que parece es una película de Tim Burton! Resulta que hay directores con los que uno va con la guardia alta, intuye, cree saber, apenas le pega una mirada algo minuciosa al póster sabe de qué viene. Y sobre todo con el señor Burton. Pero no es el caso. No nos cruzaremos con Helena Bohnam Carter, ni con Johnny Depp ni con atuendos chillones ni cabezas desproporcionadas.

Apenas unos ojos enormes en unos cuadros increíbles.

Es que la elección del director para contar la historia de los famosos cuadros de la señora Keane es una elección extraña, pero efectiva, porque Burton es, en efecto, un gran director sin importar los artificios ni la fantasía y mundo paralelo llevados al extremo!

Esta manera de contar esta historia, nos hace pensar en varios tramos, si en realidad no estamos viendo una de Clint Eastwood.

El relato es bastante lineal, no hay flashbacks traicioneros, y no se apela a ningún truco narrativos para contar lo que pasa. Sucede, casi en tiempo secuencia, sin sobresaltos.

La ambientación de los años 50 es impecable, y el trabajo de Amy Adams, que cambia varias veces su aspecto y carácter durante la película, también son para destacar

Ella será una mujer sometida, que un día, y así arranca el filme, decide dejar a su marido y escapar de su casa con su hija, una valija, y las telas y las pinturas.

En los años 50 esa osadía implicaba sacrificios y preguntas, ya que no había demasiadas personas dispuestas a emplear a una mujer divorciada, y mucho menos a apreciar su arte.

Es ese arte extraño, que al principio vende por monedas en un parque los fines de semana, lo que la llevará a conocer a un encantador de serpientes, falso artista, falso seductor, falso viajero, interpretado con artificio por Christoph Waltz, un vende humo que la enamorará y se dejará llevar por su egocentrismo potenciado y su propia frustración artística, hasta cometer las atrocidades más crueles.

Pero en medio de esa maraña de apariencias, ella pintará, el firmará los cuadros de ella con su nombre y con su capacidad infinita para hacer negocios, armará un verdadero imperio de la pintura masiva.

Una especie de Warhol de tarjeta de Hallmarks, que le redundará en una cuenta bancaria increíble.

Claro, ella ya no quiere seguir pintando escondida en el ático de su casa, mintiendo a todos, incluso a su hija, acerca de quién es el artista de verdad. Se cansará, intentará pintar otra cosa que no sean los famosos ojos grandes que su marido firmaba, y un día se marchará definitivamente.

Una historia simpática, real, interesante, de las varias que deben existir por ahí y no conocemos, que desenmascara un fraude monumental.

Está bien actuada por Adams, un poco exagerada por Waltz y sus muecas, sobre todo en la escena del juicio. Muy poco a la manera de Burton.

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