domingo, 12 de junio de 2011

El Precio (de Arthur Miller)


El Precio (de Arthur Miller)

La nueva versión de este texto de Miller que, con producción de Diego Romay, se puede ver en el teatro Liceo (qué raro es no ver a Pinti en esos pasillos) tiene todo lo que el teatro necesita, un guión fuerte, capaz de hacernos parar durante más de una hora, un elenco de gran oficio y una puesta sin experimentos.

Es, como casi todos los textos de Miller, un relato sin tiempo. Que puede cruzar de la gran depresión del 29 a la gran depresión del 2001 sin escalas, ya que lo que el marido de la Monroe hace es meterse en los estragos que esas catástrofes hacen en las personas, en sus familias.

En El Precio el conflicto, que iremos descubriendo bien a la manera del buen teatro clásico, de forma sutil y lateral (esto es no con alguien que de repente aparece en escena y lo dice de manera explícita, cuidando que todos entiendan) entre dos hermanos y un padre que murió hace 16 años.

Y lo iremos descubriendo a partir de una excusa que es la venta de todo el mobiliario de la casa paterna a un comerciante judío.

Será el (Pepe Soriano) y la esposa de Víctor, el hermano mayor (Selva Alemán) quienes nos ayudarán con sus intervenciones laterales a unir la historia, demasiado desgarradora para dos hermanos que dejaron de verse hace 16 años y tienen cuentas larguísimas que saldar.

Y nada será definitivo, y con los relatos, confesiones, explosiones de cada uno de ellos, nos iremos enterando que siempre nos fue quedando algo en el tintero en la manera en que comprendemos los hechos que vivimos. Como en la vida. Nuestra mirada, lo que creemos que sucedió, si no recibe la otra mirada involucrada, siempre es parcial, incompleta, y se irá haciendo más y más inmodificable con los años.

Miller funciona en Buenos Aires, esta obra fue estrenada aquí a solo unas semanas de su estreno en Broadway en 1968.

Y no es casual que se recurra a este autor en la cartelera porteña y nos encontremos con 3 o cuatro piezas de su factoría de manera simultánea. Funciona, es buen teatro, sus conflictos tienen una asombrosa actualidad y el entorno de una gran ciudad hace que no sea necesario explicar mucho.

Esta vez, la escenografía de Eugenio Zanetti amontona todo lo vendible en la casa paterna en un escenario que deja unos pasillos y tres niveles para el desplazamiento de los actores. Cuando se entra a la sala sin telón será lo primero que llamará la atención, uno piensa ¿cómo se moverán los actores entre tanta cosa? Pero lo van a lograr, y bien, ese amontonamiento será una buena excusa para tocar las cosas del pasado, para sentirse en casa, para jugar con los rincones.

No usan micrófonos, como en una buena cantidad de salas modernas, sin acústica adecuada y sin actores adecuados, aquí no hace falta (tampoco los micrófonos ambiente que escoden en los rincones, creo que hace que haya momentos que suenen artificiales, estos actores no lo necesitan) y la iluminación es correcta para los climas (un buen efecto es la iluminación de una lámpara que está tirada junto a un sillón al final de la obra)

Las actuaciones son parejas, sólidas, de mucho oficio, pero se destaca la de Selva Alemán.

Su papel será el que una escenas, el que nos ayude a entender, el que los haga despertar. Y lo hace con una solvencia y unos matices sensacionales. Llega un poco borracha, no demasiado, y eso hará que su dicción sea arrastrada, reflexiva, pero de una emotividad fuerte, ideal para la obra.

Además, sigue siendo una bellísima mujer.

Puig lleva sobre sus hombros el peso dramático. Lo hará bien, su cuerpo estará cansado y sus matices tienden a ser demasiado parejos, como si todo el tiempo estuviera apesadumbrado, y esto puede parece un poco de sobreactuación.

Soriano es un comerciante judía creíble, histriónico, movedizo y Grimau compone al hermano menor, el médico y empresario de la salud, con soltura, cínico, turro. Aunque al final de la historia quizá lleguemos a pensar otra cosa de él.

En definitiva, una hora y cuarto de buen teatro (si, una hora y cuarto) bien actuado, sin estridencias, con solidez y oficio.

El teatro es magia.

Con esos pocos recursos tecnológicos, parar la pelota y dejarse llevar por una historia contada en vivo, esa transmisión de emociones que nos hace frenar, escuchar, emocionarnos, es pura magia, desde el inicio de los tiempos, y sigue funcionando.

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