domingo, 12 de julio de 2015

La grande belleza



La grande belleza



Viajar es útil, ejercita la imaginación

Todo lo demás es desilusión y fatiga.

Nuestro viaje es enteramente imaginario

Ahí reside su fuerza

Va de la vida y la muerte

Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado

Es una novela, nada más que una historia ficticia

Lo dice Littre, él no se equivoca nunca

Y además, cualquier puede hacer otro tanto

Basta cerrar los ojos

Está en la otra parte de la vida


A partir de esta frase nos vamos a meter con sigilo y brutalidad en un viaje hacia las profundidades de un hombre que ha perdido el sentido de su vida, que ya no es capaz de imaginar, de crear, de sentir, y que se ha refugiado en la nada, en el vacío. Un vacío ('il vuoto') que se explicitará muchas veces a lo largo de una película que está recorrida por las constantes preguntas, por el cuestionamiento interior, por la lucha de encontrar un sentido que permita seguir adelante.

Roma es el escenario de esta desmesura de película, intensa, compleja pero a la vez tan íntima. Roma y sus museos, sus palacios, su vida moderna vacía en ese lugar de tanta riqueza. Y Jep Gambardella  (un soberbio Toni Servillo) el rostro (siempre en planos de sonrisa lánguida) de esa búsqueda y esa decadencia.  Jep es escritor, pero ya o escribe. Ha hecho la parábola del aprendizaje y no se gusta, no le gusta lo que encontró en el viaje.
Conoce la fatiga, el desencanto, pero no puede reaccionar. Esto es una constante que en la película se traduce en planos cercanos y melancólicos, y silencios.
Jep vivió y gozó de los privilegios de una vida artificiosa, de artista, de dinero,  pero nunca olvidará aquél halo de belleza inspirador que se quedó clavado en su mente y del que jamás ha podido escapar.
Jep tiene todo y no tiene nada.
El y sus amigos son despojos y también son sobrevivientes, vestigios arcaicos como muebles desvencijados pero erguidos, que solo caben y se lucen en una ciudad: Roma.

Todos los personajes más jóvenes que interactúan con Jep van muriendo a su lado, como si se tratara de un réquiem interminable en el que solo las cosas perpetuas terminan quedando. Jep y sus amigos son como los monumentos de Roma: Siempre están ahí. No se mueven, están estancados, embalsamados. También están profundamente perdidos, desorientados en sus propios marasmos personales, en sus propias contradicciones. Pero no se mueven. ¿Para qué? Son como esos trenecitos que hacen en las fiestas de Jep que no van a ninguna parte. Todo inmóvil.

El desencanto. "Roma me ha decepcionado", dice uno de los personajes, el interpretado por un soberbio Carlo Verdone en una de las escenas más maravillosas de la película, en la que mediante un truco ilusionista desaparece una jirafa y al mismo tiempo también él se va diluyendo más allá de los límites de la pantalla. El desencanto lo inunda todo, como la crisis creativa de Jep por la que reiteradamente le preguntan: "¿Por qué no ha vuelto a escribir otro libro?". ¿Por qué?
Sorrentino con su estilo exagerado y operístico nos lleva de la mano y nos habla un rato largo sobre la muerte, y el final, y el cansancio, y de seguir viviendo y transcurriendo como cada uno crea conveniente.
Volviendo una y otra vez a ese mágico momento de belleza insuperable, al que regresamos cuando cerramos los ojos y que está ahí siempre a mano, pera recordarnos que lo otro existió y nos visitó con su plenitud.


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