jueves, 17 de noviembre de 2016

Café Society

Café Society

No hay remedio para los melancólicos. El Allen del corazón ataca de nuevo.


8 Butacas


No hay manera de escapar del embrujo de una historia de amor contada por Woody Allen. Tampoco hay manera de salir ileso. Algo siempre nos va a desafiar, a confundir, a incomodar.

Un neoyorquino de pura cepa, en busca de su destino, decide dejar la inconfundible alteración permanente de la familia judía de Nueva York, para probar suerte del otro lado, en California, adonde van los soñadores y hace calor todo el tiempo.

Es el personaje (si, claro, alter ego del señor Allen) bien interpretado por Jesse Eisenberg, que va en busca de un trabajo con su tío, el señor agente de grandes estrellas de los años 30 de Hollywood, esos años en los que creció el propio Allen mirando cine de continuado.

Ese personaje, distante al principio, que tiene poco en común con la parte de la familia que se quedó en NY, no le dará una bienvenida inmediata, pero a poco que pasen los días, lo incorporará a su oficina y a su vida.

Allí conocerá el mundo de las estrellas de cine, de los negocios, de los productores, de la noche falsa, de las mansiones, de los millones y también conocerá a Vonnie, la hermosa joven secretaria interpretada por Kristen Stewart.

No habrá manera de escaparse al imán de su mirada tierna.

Y ella, del romanticismo, del esmero, de la torpeza y la ternura del personaje de Jesse Eisenberg.

Irán construyendo un enamoramiento a fuerza de contraste con el glamour de esa oficina, y sus escapadas a la playa, a caminar la arena descalzos y a comer en un bodegón de cuarta.

Pero el amor tiene esos giros. Y a poco que la historia entre ellos está por concretarse, ella le confiesa que tiene novio y que no sabe qué va a pasar con él y con su futuro.

Habrá enredos, habrá malos entendidos.

Seguirán su camino separados, les irá muy bien en la vida de manera separada.

Tendrán hijos, amigos nuevos, pero cuando se vuelvan a ver, solo por un segundo, todo volará por el aire de nuevo.

Sin fisuras, descorazonada, intensa, esta última película de Allen va por ese camino que queremos tanto, el de los desencuentros y el de la felicidad a medias. El de las tensiones y la maravilla del jazz y de las personas que piensan demasiado.

No soy nada objetivo con Allen.

Tampoco quiero serlo.

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