lunes, 10 de agosto de 2015

True Detective 2

True Detective 2



Nic Pizzolatto era mozo hace poco. Después fue guionista por 2600 a la semana para el equipo de The Killing (excelente adaptación del policial Danés que se dió hace un par de años en AMC y terminó en Netflix).

Sabe narrar, va a los límites, no tiene problemas ni temores en ser políticamente incorrecto y hace un año sorprendió cambiando el formato del cuento policial con True Detective.

Un policial negro, de asesinatos seriales, pero a la vez una historia íntima de personajes, de psicologías individuales que impactan en el trabajo del detective y en horrores y violencias.

Con esos antecedentes, la segunda temporada cambió no solo los personajes protagónicos, sino que también se situó en otra ciudad y ya no para descubrir a un asesino serial, sino para desentrañar una historia de corrupción política y policial.

Mucha expectativa y poco a poco, después de la lógica decepción inicial al comprobar que las cosas esta vez irán por otro lado, un alivio al encausar las cosas en una trama nueva, que solo guarda de contacto con la anterior la sordidez, la desesperación de los personajes centrales y la buena puesta y actuaciones.

Colin Farrel, Rachel Mac Adams, Vince Vaughn, son los ejes centrales de la historia. 

En un par de condados fuera de la vista de los grandes titulares en California, se entrecuzarán las vidas de tres detectives de distintos niveles de responsabilidad y jurisdicción, un dueño de casinos (Vaughn en un papel totalmente atípico en su carrera, casi como el personaje que compuso Francella en El secreto de sus ojos) y el intendente, el jefe de policía, senadores, hombres de negocio y cuanto malandra ande suelto por el barrio.

La trama es una trama de corrupción política, policial, trata de blancas, y drogas y dominios territoriales, pero lo interesante del relato va por otro lado, va por la desesperación, por la profundidad de esas vidas casi miserables y complejas que se irán entrecruzando cada una buscando una salvación que parece no llegar nunca.

Y es así, en los 8 capítulos que dura la segunda temporada, en solo pocos pasajes habrá respiro para los protagónicos. 

En pocos habrá esperanza.

Hasta el final se mantiene una tensión no ya en el nudo central narrativo, sino en las relaciones entre ellos, que son por lejos, lo más atractivo de la serie.

Bien por Pizzolatto, una vez más logra meternos en ese universo. Esta vez bendecido por el sol de California, pero oscuro por dentro, logrando transmitir esa desesperación de manera asfixiante.

Es un buen y digno segundo capítulo de una saga que vino a cambiar las cosas.

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