domingo, 15 de agosto de 2010

Carancho


Carancho

Pablo Trapero ya no sorprende. Es contundente, es visualmente impactante y logra que los actores lleguen a lugares que otros directores quizá ni se lo imaginen. Ya no es joven, ya no es una promesa del nuevo cine, ya es un director de industria y como tal, con apoyo y con más presupuesto, los largos que logra son cada vez más completos.

Carancho es una historia de marginales, como le gusta al director, vidas en los bordes. Construye historias a partir de esos momentos en los cuales nosotros nos desentendemos de lo que estamos viendo.

En Leonera, en esta, la película empieza cuando el móvil policial se lleva a la chica embarazada sin que le veamos la cara a la cárcel, acá, cuando ya el noticiero nos mostró el choque y pasó al estado del tiempo.

Mi papá odiaba a poca gente, en realidad creo que a nadie, pero se ponía muy mal cuando alguien era miserable (de pasado de tacaño) o cuando veía a los “lechuza” esos seres despreciables, casi siempre de modales ampulosos, que llegan a uno para ofrecerle los servicios de una cochería cuando acaban de perder a un pariente.

Los caranchos son parecidos, se presentan en esos lugares fríos, impersonales, con olores raros, a los que nunca queremos ver, cuando la gente (casi siempre pobre) está en una situación límite.

A partir de esa esperanza que le dan estos abogados carroñeros, se construye un castillo de cartas de truco, baraja sucia, que se parece mucho a una industria, por los montos que entraña, pero que tiene poco de ético.

Sosa y Luján son dos almas muy metidas en esos barros. Ella es médica de ambulancia, de guardias nocturnas, demasiado acostumbrada a ver la miseria y la violencia. Siempre débil, siempre con sueño, sin poder escapar de esa maraña que se repite todos los días cuando abre los ojos.

Sosa, impecable Darín, es el carancho, el que llega cuando recién pasaron las cosas, el que camina por los pasillos de los hospitales buscando a los clientes, el que sabe todo lo que hay que saber, esperar, para que llegue ese dinero que pagan las aseguradoras por los accidentes de tránsito y del cual los damnificados, los que perdieron, solo verán un 10% si tienen suerte.

Fabuloso negocio que incluye las simulaciones, como cuando monta una escena rompiendo la pierna de un amigo y se van de rosca y muere.

Los dos esperan.

Esperan que cambien las cosas, se saben en un lugar incómodo, en el que preferirían no estar, pero que es necesario para disfrutar lo que viene, aunque desde donde parten no pueden siquiera imaginarlo.

Lo único sano, el único rayo de luz en una película oscura, es el amor que de repente descubren y que será fuerte pero esquivo, como que no hay lugar en esas vidas para el disfrute.

Buscan ese último trabajo que los haga zafar, demasiado parecido al mundo de los que están del otro lado, esperando ellos también ese último golpe para retirarse.

Pero no llega.

Hasta que en un último e inesperado giro, encuentran una salida. Con riesgos, que deciden tomar guiados por la esperanza de una vida lejos, juntos.

Lo van a hacer, aunque si algo sale mal les cueste caro.

Trapero es un creador de atmósferas marginales. Son buenas sus escenas nocturnas, con violencia demasiado parecida a la realidad, golpes secos, ruidos cortos, de huesos que se rompen, gritos desgarradores, amenazas creíbles.

Luces de sirenas, ruidos y músicas que crean un ambiente que oprime y asusta.

El hospital en el que trabaja Luján, con sus pasillos largos, sus ecos, sus silencios, sus momentos de locura y la fiesta de 15 años de la hija de uno al que salvaron, con sus trajes descoloridos, su torta enorme y sonando “…no puedo verte triste porque me mata…” son excelentes momentos de una muy buena película.

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