domingo, 2 de mayo de 2010

The road


Sin hacer juicios de valor ni bajadas de línea acerca que por qué todo está árido y gris en ese mundo que habitan, la historia de padre e hijo que compone Vigo Mortensen y ese chico en The Road es de tal aridez que incomoda desde el primer segundo hasta el último.

No hay más argumento que ese, dos almas solas en un mundo seco, en el que ya no quedan ni animales ni plantas ni agua transparente y en el que están demasiado borrosos los límites entre los malos y los buenos.

Eso es todo, y alcanza para construir un relato fuerte, sin moralina ni adoctrinamientos acerca de por qué la raza humana hizo que todo eso que se ve suceda.

Hay un par de notas muy fuertes, pero sobre todo hay todo el tiempo en los gestos, en las miradas, en las carnes grises de los protagonistas con sus dientes destruidos, sus dedos flacos y sus huesos demasiado visibles, hay todo el tiempo una mirada animal que asusta.

Cuando se cruzan con otras personas, de las pocas que quedan, cuando los ojos enfocan algo que se parece a comida, cuando se les acelera el pulso ante un insecto que pueden almorzar, todos esos momentos nos evocan al animal que todos llevamos adentro, y que sale de a ratos, en intermintencias, a veces demasiado seguido, a visitar el mundo.

Una religión lejana, hecha a la medida de eso que está sucediendo y sobre todo a la medida de lo que no sucede, y una moral ajustada a la nueva realidad, can conformando los diálogos de estos padre e hijos que están en la aventura de ir al sur, en busca de algo indefinido, muy parecido a un sueño y solo teniéndose el uno al otro.

Y no hay mucho que decir. Aprender a cuidarse mutuamente, a evocar los buenos ratos del pasado en colores y a sobrevivir.

Duro relato de basado en una muy vendida novela, en el que la desesperanza, los páramos y los árboles secos son el escenario perfecto para estas nuevas enseñanzas.

Bien por Vigo, el fana de San Lorenzo que es capaz de componer a estos desclazados de mirada dulce, en medio de la desesperación más absoluta y es capaz también de transformar su cuerpo de acuerdo a las exigencias del relato. Hay una breve pero contundente aparición del eterno Robert Duvall y un pibe que hace de un demasiado sensible pero efectivo hijo, por el que todo el relato se sostiene.

Es árida, dura, agobiante de a ratos, pero está buena para ver y salir a abrazar fuerte a los nuestros, comerse un buen plato de locro y brindar por tenerlo a mano.

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