martes, 1 de mayo de 2012

The Iron Lady


The Iron Lady

La dama de hierro, como la apodaron los soviéticos al fin de la guerra fría. Lady Margaret Thatcher.

Qué enorme interpretación la de Meryl Streep, casi no deja lugar a que se narre una historia detrás ya que su caracterización llena toda la pantalla y nos hace hasta prescindir de que tiene que contarse una historia cinematográfica. Es que su interpretación está llena de matices, de miradas, de silencios, de mohines, de sutilezas.

Enorme actriz que pone una vez más un talento increíble al servicio de una película que en términos narrativos es acertada, pero no determinante.

Será una anciana fría, bebedora de whisky, que ve a su marido ya muerto andando por la cas y fastidiándola, la que nos cuente en tiempo presente y apelando a continuos flashbacks que empiezan con solo mirar una foto o recordar una frase, la historia de esta mujer increíble, que tuvo al mundo en su mano en los tiempos en los que gobernó una Inglaterra empobrecida.

Tiempos de ajustes, de privatizaciones, de neoliberalismo, de despidos masivos, de huelgas eternas, que condujo con mano firme, pocos recursos y un sabiendo que, dolerá ahora pero nos lo van a agradecer para siempre, como dice.

Por supuesto que es imposible contar toda una vida en hora y media de película, pero está bien armado el relato, de tal manera que la veremos bajo la influencia decisiva de su padre, político local y almacenero. Saltará la historia sus días de Oxford, adónde irá por una beca, y su inserción en la política grande, dentro del partido conservador, adónde irá ganando espacio a los codazos, fruto de su propia fuerza y voluntad, ya que no cuenta como la mayoría con espalda financiera propia para bancarse una carrera.

Se concentrará tanto en esa lucha, que perderá de vista su rol de madre y de esposa, lo que nunca se reprochará, pero la hará llegar a una vejez semivacía.

Es el precio que paga.

Cuando decide ir por la presidencia del partido cuenta con el apoyo de dos asesores, uno de ellos morirá en el famoso atentado al hotel en el que se hizo la convención, que se atribuye el IRA.

Todo templará a la señora, que se irá endureciendo con los años, hasta transformarse en una mandataria fría e inconmovible.

Todo esto, toda la coloratura de este personaje tan singular, está retratado por los matices interpretativos de la Streep, que nosotros como espectadores, podemos completar con nuestro conocimiento de la historia.

No se si tiene rigor histórico la película. Nos muestra a una primer ministro dueña de la escena y de las decisiones más fieras, bancándose el descontento de sus dirigidos con el convencimiento de que hace falta dolor para poder gozar el futuro.

Fue primer ministro 11 años y medio, y condujo al UK en tiempos difíciles. Casi como Winston Churchill.

También, como Churchill tuvo una guerra, Malvinas, y la condujo con mano dura y convicciones. Tomando las decisiones y teniendo en cuenta la crueldad de sus actos.

Como todo el episodio del hundimiento del Crucero General Belgrano, al que , a sabiendas de la condena internacional que traería aparejado, decide hundirlo sin piedad.

Son pocos minutos en los cuáles la veremos actuar durante la guerra, pero nos quedará clara su conducción. Tomará las decisiones, pondrá en ridículo a Alexander Haig el enviado norteamericano, no tomará en cuenta las propuestas para una solución pacífica (Belaúnde Therry, por ejemplo) y seguirá hasta triunfar y recomponer su alicaída imagen entre su pueblo.

La guerra también le sirvió para seguir con su ajuste colosal.

Es una buena aproximación a una señora muy señora, muy británica, que se convirtió en la primera mujer en acceder al puesto, que se convirtió en la primera mujer para muchas cosas, conducir una guerra por ejemplo, y que fue exitosa a su manera.

No hay chances de conmoverse con ella, ni siquiera con la magistral interpretación de Streep de la vejez de la dama de hierro, no hay chances, pero si de comprender una dimensión histórica y una determinación a prueba de todo.

Queda un sinsabor en la película, no vamos adivinar nunca por qué lo hizo, por qué dejó todo por su carrera política, cuáles fueron las fuerzas, las convicciones, los ideales que la llevaron a convertirse en la mujer poderosa que fue.

Como Chance Gardiner, quizá solo estuvo ahí.

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