sábado, 30 de agosto de 2014

Relatos Salvajes


Relatos Salvajes

Damián Szifrón es, ante todo, un buen contador de historias, pero además tiene dominio de la técnica cinematográfica, de los climas, y sabe como usar la música incidental como una voz más en el relato.
Con todo esto en la mochila, no obstante, no siempre alcanza para hacer una buena película. Pero no voy a ser antipático esta vez, Relatos Salvajes es un buen mosaico de situaciones, una buena antología de cuentos cortos de salidas de cadena que, en su conjunto suman y hacen una buena vereda.
Sobre todo una construcción prolija, que tiene más de una razón para caer en las situaciones más fáciles, las que seguro van a provocar la risa o el enojo de la platea, y sin embargo se las arregla para “llegar hasta ahí”, para darles siempre a las historias un pequeño giro inesperado, algo bastante necesario pero a la vez complejo por la estructura narrativa del conjunto.
Son 6 historias bien distintas, pero no desparejas, unidas por todo lo que dije más arriba, pero por sobre todo, sobrevoladas por una argamasa común a todos, la necesidad de revelarse ante la injusticia cotidiana.
Gentes mansas que puestas contra el filo, arrinconadas, no dejan la puerta abierta de su adrenalina y se sumergen en la ira.
Serán inmersiones distintas en cada caso, una dejará hacer, como el personaje de Julieta Zylberberg en la parada de ruta, otro volverá a por su explosión, como el personaje de Sbaraglia que ya no puede volver atrás, otro lo premeditará todo, lo calculará, como el personaje de Darín y otro llevará las cosas al punto en el que parecerá que todo se cae, para luego lograr lo que quiere, como en el caso del personaje que encarna Oscar Martínez.
Pero todos, todos y cada uno de ellos a su tiempo y a su manera, serán atravesados por la ira que despiertan algunas injusticias, temas menores que llegan a veces en el momento que no deberían, cuando uno viene acumulando otras cosas que hacen que esa situación mínima sea la mecha, el encendedor, que marca el inicio de la explosión descontrolada.
Las historias son desparejas, en todo sentido, desde la técnica hasta la actuación. También lo son las anécdotas que dan pie para cada una de ellas, pero están contadas de manera inteligente, con un buen uso (por segundos abuso, porque para mi mirada, los recursos técnicos como la posición de la cámara, las tomas de abajo, cenitales, etc. Deben pasar lo más desapercibidas posible, deben ayudarnos a mirar desde otro lado pero de ninguna manera estar en el centro del recuerdo) y un montaje de música superiores.
Entonces toda la película suma más que cada historia en particular.
Todo el coro, es mejor, más afinado, que las voces que lo componen.
Aunque será inevitable que al salir todos tengamos la tentación de jugar a ver con quién nos identificamos, con quién identificamos a los arranques de ira de nuestros amigos, de nuestra pareja. Todos nos vemos reflejados en algún pasaje, en alguna situación por la que hemos pasado, y en esa identificación está la clave de esta película.
Tengo mi historia, mi relato preferido, claro, pero eso no quiere decir que haya uno menos preferido, o uno que no me haya gustado nada.
Porque a lo largo de los 115 minutos que dura (que no se notan, por la tensión narrativa) nos ofrece un verdadero entretenimiento, aunque no se si es ese el mejor descriptor.
Es una comedia negra, un thriller, un drama, y todo junto a la vez.
Érica Rivas, Darín y Oscar Martínez, aportan lo mejor desde lo actoral (es un elenco muy parejo) pero el verdadero mérito es el del conductor, que hizo que instrumentos de la puna, del clásico y del rock, se armonizaran de manera virtuosa para producir un sonido movilizador.
Hay que verla, es cine nacional del bueno, hay que ir y discutirla y reírse y reflexionar sobre el tiempo que perdemos cuando nos enojamos. Y sobre lo bueno que es a veces, frenar a tiempo.

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