lunes, 11 de julio de 2016

Hail, Caesar!

Hail, Caesar!

Los Coen, eternos adolescentes virtuosos en un gran homenaje en clave de chiste a ese mundo que formateó nuestras cabezas cinéfilas



8 Butacas


Con solo situarnos en los primeros 15 minutos de película, nos sumergimos en el fantástico mundo de los hermanos Coen y ya no importa nada.

La capacidad para meternos en las historias que cuentan, lo bizarro y a veces inverosímil, se transforma en norma y en verdad absoluta con una destreza que pocas cabezas creativas tienen hoy en el cine.

Por eso se les permite tanto.

Porque todo el tiempo cuentan historias al límite del absurdo, de lo hilarante, de lo confuso, pero con la destreza de los narradores clásicos, y con todo en su lugar.

Por eso nos gustan los Coen (en Butaca al Centro). Porque son capaces de tomarse en broma y a la vez contar el lado oscuro de las cosas, lo no dicho, lo que incomoda, de manera cinematográficamente impecable.

En Hail, Caesar! el centro es la gran industria de los más grandes estudios de cine de la década del 40/50 y sus ejecutivos todo poderosos, que definían con quién se casaba una estrella y cuándo debía hacerlo.

El comienzo del esquema clásico del star system, de los grandes nombres que muchas veces ocultaban vidas pequeñas, desde la mirad de un ejecutivo de Capitol Movies, encargado de, a la manera de un personaje de Los Simuladores, arreglar y encausar las vidas de los actores y directores para que todo fluya.

Todos se toman sus roles en broma, pero con una seriedad que los hace sublimes, ya que lo hilarante, lo bizarro está en la historia y no en en histrionismo o el lucimiento de tal o cual actor.

Los Coen hacen cine coral.

Un retrato de época, de momento de gran crecimiento de una industria que todo lo podía, magníficamente recreado.

Una gran estrella (otra colaboración de George Clooney con los hermanos) es raptada por un grupo de escritores y guionistas comunistas y el personaje que todo lo arregla (gran papel de Josh Brolin, el más latino de todos los actores norteamericanos) deberá mantener todo el sistema funcionando hasta retornarlo al set.

En medio, todo es hilarante, un guión exquisito y unas interpretaciones ajustadísimas de todo el elenco.

Una crítica o mirada retrospectiva muy lúcida sobre una industria que siempre se tiene que reinventar (la amenaza de que con la televisión se iba a terminar su apogeo es todavía latente... hoy con las series?) el sistema de los grandes estudios, los actores universales, la infiltración comunista de la posguerra que tanto sufrió Hollywood (ver Trumbo o The Front de Martin Ritt) y un paneo irónico sobre los géneros que descollaban por esos días en los que está ambientada la película: Los westerns, las películas con nadadoras, los musicales y las películas épicas históricas.

No hay un solo detalle dejado al azar, desde la tipografía de los títulos hasta la banda de sonido.

Es un gran homenaje en clave de chiste, al mundo que formateó nuestras cabezas de cinéfilos.

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